Aportaciones infantiles a la idea de la soledad

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Luis J. L. Chigo


29 May 2020

Quiero suponer que en algún lugar de esta ciudad alguien espera mi opinión. Esta disposición a querer ser escuchado es una especia descubierta por la soledad, simpleza salpimentada. Podríamos afirmarlo como un tema de moda, de alguna manera ahora todos corren de un lado para otro dando soluciones al repentino descubrimiento del aislamiento. Y ya lo encuentro cansado y repetitivo.

El lunes una nueva normalidad, cimentada en una vieja normalidad. Y por vieja debemos entender actual. Y por actual, futura. Casi ninguna medida se llevó a cabo. Entiendo todas las proposiciones elaboradas bajo el axioma del pueblo bueno pero, quienes estamos de este lado, continuaremos lidiando a diario con quienes esperan vernos con la mirada gacha. He ahí el problema, queremos vernos juntos pero en una comunidad nada solidaria. Estas estructuras jerarquizadas de la voluntad no obedecen a ningún romanticismo alemán: son hidras, si les cortas una cabeza les nacerán dos más y así sucesivamente. Recuerde todas las veces en que se ha jactado del ingenio mexicano.

Y no, ser ingenioso no está mal. Al contrario, permite a este país sostenerse de la economía informal. Pero existir para que otra persona quiera convencerme de acercarme a sus principios, me orilla a la soledad. Ni siquiera hablamos de principios universales o argumentados, sino la selección personal de lo bueno y lo malo.

“Los hombres huyen de la soledad como si fuera una peste.” Esta sentencia de Ruvalcaba leída hace unos meses, hoy se ríe a carcajadas de nuestras sociedades. Es un bucle: huimos de la peste y nos topamos con nuestras silenciosas existencias. Encontramos el silencio y, sin ninguna fortaleza, retamos a la peste, para huir de la soledad. Sobra satirizar una semana más esta fórmula. Lo contundente es lo siguiente: “Preguntarse qué harán en los próximos minutos quiebra su estructura”.

En efecto, doy vueltas organizando el tiempo, las actividades a llevar a cabo, idealizando los próximos meses. Cuando pueda salir lo primero que haré será… Las conjugaciones en futuro sólo ahondan en la insatisfacción porque, al tumbarme en el sofá con las tareas terminadas, sólo quiero saber qué haré ahora. No es cuestión de productividad, es el encuentro con la más inmediata de las condiciones de finitud.


Y sí, cuidado con lo dicho al otro en cuarentena. Nuestros chats de WhatsApp son ahora portadores de un pensamiento desnudo, el verdadero yo y el verdadero usted pulverizados por el privilegio de poder quedarse en casa. Retomando al autor jalisciense, esta etapa no acepta sobornos de ningún tipo: si se siente fuerte, es fuerte. Si se siente débil, realmente lo está siendo. No hay espejismos, estamos frente a frente con la imagen más nítida del entorno y de nosotros mismos.

Aquí viene lo que nadie me pidió. Esta vulnerabilidad nos devuelve al estado de gracia infantil. Compartimos mensajes de optimismo en redes porque somos pequeños niños experimentando el desamor del otro. Ya sea física o emocionalmente, estamos ávidos de reencontrarnos con y en el otro. Y cuando el otro calla, cuando la cuarentena lo ha insertado fuera de lo que usted consideraba una relación esencial, viene la derrota de mi yo exterior –el yo de la proyección del espejo, el yo trabajador, el yo columnista y demás fabulaciones– ante el más atroz de todos sus y mis yoes: el yo mismo.

Escalera de la angustia: 1) primero sintió aburrimiento y se río de muchos memes en Facebook, intentando guardar la compostura. 2) Probablemente en poco tiempo comenzó a sentir nostalgia por ver a la indeseable sociedad, 3) entonces se buscó en los demás y quizá hasta contactó con muy –hágase un fuerte énfasis en el superlativo– viejos amigos. 4) Se miró desprotegido al ver cómo ellos también buscaban a alguien que no era usted. 5) Sintió, aunque fuese sólo por un instante, la fuerza demoledora de la sentencia que hasta entonces había ensayado como parte de un guion chantajista: “estoy solo”.

El siguiente paso es el ejercicio de la comprensión de la soledad y la iluminación. Pero sin ilusiones: si no se pudo mantener el orden ante la amenaza global de muerte, no esperemos ver santos o grandes misterios de la humanidad resueltos por quienes “sí supieron aprovechar la cuarentena”.


“Soledad: sol que se llega por la edad”. El aforismo de Ruvalcaba colma la existencia de sapiencia. Si ha llegado hasta aquí, primero, gracias. Segundo, no hay regla que lo dicte, pero preferiría la abstinencia a las etiquetas optimismo y pesimismo.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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