Muertos que deben lidiar con varios sepelios antes del descanso eterno

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Jesús RAMOS


02 Jul 2020

A las siete de la tarde, Aarón pidió la cuenta con la idea de retirarse del Restaurante del Muelle para ir a rumiar el coraje que le amargaba la boca después de que Atenea lo dejara plantado en el lugar de la cita, pero el camarero que lo atendió hizo de su conocimiento que el costo de los alimentos había sido cubierto por un par de ancianos que desde hacía horas estaban sentados muy sonrientes en el rincón del establecimiento.

Volteó y los vio. Lo saludaron a la distancia. No le parecieron conocidos. En su vida creyó haberlos visto. Hizo esfuerzos ágiles por recordar su fisonomía. Los asoció con la gente de Piedras Negras, con familiares suyos poco frecuentados de la comarca, pero no, no les reconoció, fracasó al desempolvar el recuerdo.

Aarón iba a enfilarse a la puerta de salida, pero se arrepintió de último minuto por considerarlo una grosería. Los esperó de pie. Les devolvería el importe en ese instante, por ser aquello una equivocación.

–¿Nos recuerdas? –preguntó la anciana cuando llegaron hasta donde se encontraba parado.

–No. No los recuerdo. –respondió con franqueza, fijándose detenidamente en sus fisonomías–. Estoy convencido de que se equivocaron de persona. En este momento les devuelvo su dinero –metió la mano al bolsillo para sacar efectivo.

La anciana soltó tremenda carcajada; y luego de ella, el anciano.

–¡Claro que te conocemos –dijo el viejo– !Nos ayudaste a ganar mucho dinero en la carrera de caballos de la feria de Tierra Blanca. Dejamos de ser pobres por ti. Somos los andrajosos que apostaron su fortuna al caballo azabache que nos recomendaste. Si hubiéramos apostado al retinto de carnes gruesas, como originalmente mi esposa lo quiso, habríamos perdido hasta el último centavo. Quisimos darte las gracias después de que nos pagaron, incluso recompensarte con una parte del premio, pero en medio de la balacera nos fue imposible.

Te buscamos muchas veces, preguntamos por ti, contratamos un detective privado, ofrecimos dinero a quien nos diera informes de tu paradero. Nadie nos dio razón. Creímos que el tipo de la pistola te había matado o que te había tragado la tierra. Mira lo que es el mundo de pequeño y el destino de caprichoso: hoy que no te buscamos, te encontramos en el sitio menos esperado.

Los ancianos fueron hacia él visiblemente emocionados. Con los ojos llenos de lágrimas, lo abrazaron por la cintura como se abraza al hijo que se ama. Aarón era un sujeto alto y los viejos demasiado pequeños. Sólo trepados en sillas le habrían alcanzado los hombros. Hasta entonces los recordó. Vestían bastante bien. De andrajosos no tenían ni pizca. Ciertamente eran ellos. Los notó muy cambiados. Aquella, vez antes de la carrera, vio en sus arrugados rostros risas de angustia y miedo; hoy en cambio, reían de felicidad y gozo. Si no le hubieran dado los detalles que le dieron, no los habría reconocido.

Le insistieron en que se sentara a conversar con ellos, que les obsequiara algunos minutos. Aarón aceptó por curiosidad y porque los viejos en verdad le agradaron desde la primera vez que los vio. Sin embargo, no pidió sus nombres ni les dio el suyo. Con la inocencia de dos niños, los viejos le contaron ser originarios de un bello pueblo enclavado en el corazón de la comarca.

–¿Y cómo se llama su pueblo? –preguntó Aarón para simular interés en la plática.

–Acatlán de Pérez –alardeó la viejita.

El nombre del pueblo le sobrecogió. Los recuerdos de agradecimiento hacia un hombre en especial se agolparon en su cabeza. De ahí había sido originario su maestro del ferrocarril, el mismo al que suplió después de muerto. Los ancianos dijeron conocer a la familia del difunto y haber asistido al sepelio. Se enteró que la tumba fue adornada con centenares de flores silvestres y que sus amigos de la infancia le cantaron Las golondrinas mientras bajaban el féretro a las entrañas de la tierra.

La narración, tan bonita y emotiva, hizo que le remordiera la conciencia y se le pusiera la carne de gallina; le hubiera encantado asistir, pero la orden de sus superiores fue que atendiera las actividades propias de la estación del ferrocarril de Piedras Negras y no se distrajera en asuntos sentimentales.

La invitación para visitar Acatlán de Pérez fue puesta sobre la mesa por los viejos. Se comprometieron a llevarlo a la tumba de su exjefe, mostrarle los paisajes naturales que por allí abundan y a ser extraordinarios anfitriones.

La idea le agradó sobremanera. Conocer lugares nuevos, gente distinta y el sitio donde reposaban los restos de su mentor le vendría de maravilla para olvidar el tremendo golpe emocional que ese día le propinó Atenea, quien, a su modo adolorido de ver las cosas, no quería tener vínculo alguno con él en lo subsecuente.

Dos semanas consecutivas Aarón dejó de asistir a las partidas de póquer del puerto de Veracruz, para no encontrarse con ella. A la tercera, se embarcó antes del amanecer en el tren de ida a Acatlán de Pérez con un tremendo ramo de lirios blancos y amarillos, colores preferidos del difunto, para depositarlos en su tumba.

Ya se las arreglaría, pensó, para dar con el par de ancianos de quienes desconocía su domicilio. Todo el camino fijó la vista en la ventanilla, ignoró la realidad de su entorno. Sus acompañantes creyeron que disfrutaba del paisaje, cuando no era así. Todavía le dolía que Atenea lo hubiese plantado sin ningún recado ni aviso; en eso pensó la mayor parte del trayecto.

Miró por la ventanilla sin mirar. Físicamente, Atenea era una mujer muy atractiva a pesar del velo. Su brevísima cintura y redondeadas caderas, su cara bonita y nariz afilada le gustaron desde la primera vez que tuvo contacto con ella en la partida del Naipe de Plata. La imaginaba en todo lo que veía.

Sin embargo, no admitió que el abandono en El Restaurante del Muelle le provocara dolores de amor; prefirió asociar la dolencia por el lado de la amistad.

Jamás supo por qué los ancianos estaban ahí cuando descendió del tren en Acatlán de Pérez, pero lo condujeron a su casa y se dejó conducir. Se desvivieron en atenciones con él, le dieron de almorzar y le prometieron una comida de antología por la tarde con tepache, cerveza y “mucha, pero mucha gente”. Aarón no entendió la expresión: “mucha, pero mucha gente”, ni tampoco que alrededor de veinte mujeres prepararan cerdos, gallinas, arroz y frijoles como para noventa regimientos; después lo entendería.

Al pueblo, como a la mayor parte de los pueblos del sureste mexicano de los años cuarenta, lo trazaba una sola calle principal con casas de medio muro de ladrillo y medio muro de madera, techos de teja o de palma, piso de tierra, amplios patios traseros y suficientes árboles de sombra. Después de la calle principal, todo era monte y yerba.

El par de viejos lo presentó con los deudos de su exjefe del ferrocarril de Piedras Negras como un doliente sincero. Fue un encuentro emotivo con el mejor amigo del difunto. Un encuentro que demoró poco, porque luego de cruzar unas cuantas palabras a vivo rayo de sol de mediodía, lo pusieron a la cabeza de una caravana que se fue nutriendo de personas conforme avanzaban por la calle principal para presentarlo al carnicero Vicente, al tendero Toño, al cantinero Núñez, al panadero Fortino y a todo aquel que salía de casa a presenciar la multitud que avanzaba sin prisa hacia el panteón.

Para cuando llegaron al pie de la tumba de su exjefe, más de la mitad de los pobladores de Acatlán de Pérez lo acompañaban. Aunque resulte extraño, hay muertos que deben lidiar con varios sepelios antes del descanso eterno, y su exjefe fue uno de ellos.

La banda de viento, que se había quedado rezagada durante el recorrido, pasó al frente de la multitud para interpretar música ranchera y boleros de la época. Alguien sacó una botella de aguardiente y la botella circuló entre hombres y mujeres por igual, hasta acabarse.

Como por arte de magia, aparecieron más botellas. Surgieron como los mosquitos en los bochornos húmedos. Hacía casi cinco años de la partida del difunto, pero los deudos, amigos, integrantes de la banda y hasta los que no lo conocieron en vida, lloraron como si lo estuvieran sepultando en ese momento.

De pronto la banda enmudeció. Todos levantaron la oreja. Después del breve silencio, se escuchó la carrera a la distancia de dos persona acercándose. Era el cura Manolo que para dar la zancada más larga, en aspecto cómico, se levantaba la sotana hasta la rodilla con ambas manos; el monaguillo, atento a la tarea de llevar el agua bendita lo secundaba atrasito de él, sin despegársele.

Y así como llegó el cura, le dio el requiescat in pacem al muerto, le obsequió cinco Aves Marías fingiendo consternación, le aventó el agua del Jordán al montículo y, tras barrer con la mirada a los presentes, jaló a Aarón del brazo para que le cubriera los honorarios.

La multitud hizo como si no se diera cuenta de lo que sí se dio cuenta. El sacerdote no vio el billete que el visitante le puso en la mano, pero siendo billete era mejor que una devaluada moneda de baja denominación. En el mismo plan que el clérigo llegó, se fue. Y atrasito de él, el monaguillo pisándole los talones.

Enfloraron la tumba como cuando el muerto estrenó el agujero, le distribuyeron veladoras alrededor del montículo de tierra, y para cerrar con broche de oro, los músicos volvieron a dedicarle Las golondrinas, para que la gente se retirara del panteón llevándose la melodía en el alma. Todos sabían que con el primer estribillo había que iniciar la ruta hacia la casa de los deudos, para dejar descansar al residente del camposanto.

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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