Tú, Yo y el Rayo

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Jesús RAMOS


06 Ago 2020

–El sábado asaltaron el ingenio La Constancia de Tezonapa –comentó el munícipe desde el inicio de la partida para romper el hielo.

–¡Santo Dios! –exclamó el cura Manuel visiblemente consternado–. ¿Quién se habrá atrevido a cometer tan pecadora acción?

–No padre, no se trató de un individuo, sino de muchos –añadió Aarón que también conocía la noticia, sin quitar la vista de encima a sus fichas.

El alcalde terció:

–Dicen que fueron como cuarenta sujetos los que perpetraron el robo, todos bien armados, a bordo de automóviles y camionetas. Se llevaron completita la Raya de los cañeros.

–Pues sí que estuvo grave –porfió el sacerdote–. ¿Usted escuchó algo al respecto, profesor? –involucró en la plática al maestro.

–Lo único que escuché fueron las olas del mar embravecido golpear las barreras de roca de la playa y el silbido del viento en las hojas de los cocoteros, porque han de saber que la casa de mi madre está construida casi a orillas del mar abierto, hacia el rumbo de Mocambo.

–¿Cree usted que los detengan? –preguntó de nuevo el cura, pero no al maestro, sino al presidente municipal

–No, no lo creo… Los van a matar. Eso es lo que hacen con los asaltantes.

–¿Quién cometería semejante aberración? –quiso saber el jefe de ferrocarril.

–El gobierno o los dueños del ingenio –contestó el alcalde con obscena naturalidad.

 

Unos a otros se miraron como queriendo ponerse de acuerdo. Era cierto. Quién mejor que el alcalde para saber cómo se solucionaban ese tipo de problemas. Piedras Negras era un pueblo chico con chismes muy variados. Y en cada partida de dominó, compartían las últimas novedades.

El tercer fin de semana que el profesor José Luis se fue al puerto de Veracruz volvió a ocurrir un robo similar al de La Constancia, sólo que esta vez en el ingenio azucarero de San Miguelito, ubicado al oriente del municipio de Córdoba; cerca de ochenta sujetos armados con rifles de alto poder, a bordo de camionetas de la marca Ford incursionaron en las oficinas administrativas y contables, se llevaron el dinero que la empresa le daría a los cañeros por el importe de la caña entregada. Lo mismo que en el asalto anterior, el equipo de seguridad del ingenio azucarero fue insuficiente para contener a los maleantes. Temerosos depusieron las armas, se rindieron sin dar la batalla, no tenía caso que lo hicieran, los ladrones los superaban en número, igual que en armamento. Un detalle no pasaría inadvertido para los empleados de San Miguelito.

Los del robo, en lugar de referirse al jefe como jefe, lo llamaron Tomasín Victorero, nombre que días después las autoridades señalarían de autor intelectual del par de atracos, sin más investigación que simples suposiciones. La ligereza con que los responsables de impartir justicia le endilgaron a Tomasín Victorero los dos robos y la toma de la estación de trenes de Córdoba fue sorprendente. La recompensa por su cabeza: “Vivo o Muerto”, decían los nuevos carteles que se pegaron en las comandancias municipales, ascendió de cinco mil a treinta mil pesos. Pero con lo que no contó el gobierno, fue que la población en vez de etiquetarlo de delincuente, lo asoció con el Robin Hood mexicano que robaba dinero a los ricos para darlo a los pobres. ¿Cierto o falso? La percepción se generalizó. Hasta ese momento nadie sabía cómo era físicamente el audaz ladrón que le había declarado la guerra a las autoridades centrales del país, a los ricos, empresarios y magnates azucareros, incluido el Presidente de la República. La partida de dominó del miércoles, en la casa del alcalde de Piedras Negras, tuvo el mismo matiz que la última.

Tomasín Victorero era ya una leyenda viviente y tema de conversación en cantinas, francachelas, bohemias, reuniones sociales y centros de trabajo. De la noche a la mañana se volvió un tipo con tanta fama que opacó a las estrellas de la farándula. Su obra a favor de los miserables lo hizo un ídolo regional. El célebre ladrón fue motivo de plática en las veladas del alcalde, el jefe de la estación de trenes, el cura y el maestro. Aarón lamentó que hubiese usurpado el control de la estación del ferrocarril de Córdoba en cierta ocasión, porque al hacerlo, puso en peligro a cientos de pasajeros que se desplazaban en trenes.

–Si un tren hubiese chocado o descarrilado, él habría sido el responsable –dijo en tono reprobatorio.

La razón le asistía, coincidieron los otros dos:

–Fue una acción temeraria y estúpida.

El alcalde, en su oportunidad, hizo la observación que mezclar la ideología con la delincuencia era una pésima manera de querer cambiar el modelo de gobierno, porque desvirtuaba la nobleza del objetivo.

–Una guerra civil o una revolución se distinguen por lo justo de sus preceptos – reforzó.

–Coincido en lo dicho –subrayó José Luis con la certeza de que Tomasín Victorero se había equivocado en poner en peligro a los usuarios del ferrocarril–. Pero, ¿estamos de acuerdo en que para un país tan grande como el nuestro son demasiados pobres y contados ricos?

–Lo estamos. Nadie discute esa parte –afirmó el alcalde a nombre suyo, del cura y de Aarón sin el ánimo de abundar ni de interferir en la disertación del amigo.

–Quitar a los ricos para dar a los pobres –retomó José Luis–, en un principio me pareció buena idea, pero ahora que lo dicen creo que tienen razón. Mas habría que ponerse en los zapatos de este sujeto para comprender qué algo debía hacer para llamar la atención del gobierno. Supongo que quiere hacer algo parecido a lo que hizo el cura Miguel Hidalgo en el Movimiento de Independencia, o de Emiliano Zapata y Francisco Villa en La Revolución.

En la rúbrica de su participación dejó perplejos y con la boca abierta a los amigos del dominó:

–¡Oigan bien –repuso–, no debemos ser tan duros con él, no seamos mezquinos ni nos erijamos en la Santa Inquisición por ser un rol que no nos corresponde! ¡No lo juzguemos sin saber a ciencia cierta lo que persigue! ¡El sueño de país, de nación, de mundo, que propone a todas luces me parece digno de resaltar! Veamos. Si reparte el botín con los desprotegidos y pelea por una mejor distribución de la riqueza, no creo que sea tan malo o que sea un mal nacido. ¡No lo creo!

Las palabras del profesor hicieron pensar a sus tres colegas de juego que quien disertaba no era el apóstol de la enseñanza de Piedras Negras, el tipo timorato, debilucho, insignificante, débil visual y aburrido que el pueblo tenía puesto en un nicho, sino el bandolero que asaltaba ingenios azucareros y que le quitaba la operación de los trenes a Ferrocarriles Nacionales de México y al Gobierno de la República. Un par de días después, a escasos minutos de que José Luis abordara el tren con rumbo al puerto de Veracruz, llegó presuroso un enviado del presidente municipal a comunicarle que el gobernador visitaría y comería en Piedras Negras al día siguiente.

La gira del gobernador a Piedras Negras fue de provecho. El sacerdote y el profesor lograron beneficios a sus respectivas causas: la iglesia tuvo el apoyo económico y material del Estado para su restauración y la escuela Miguel Hidalgo logró que fueran enviadas cuatro cuadrillas de albañiles, pintores, carpinteros y herreros para dejarla como nueva. Cosa rara, por primera ocasión en un mes, ese fin de semana no hubo noticias de Tomasín Victorero. En la partida de dominó se percibió ese ambiente de aburrición. Hizo falta la pimienta, el elemento que subiera de tono la plática, lo picoso de una buena velada.

Los días transcurrieron.

Si ese fin de semana Tomasín Victorero les quedó a deber, el siguiente se los pagó con creces. Resulta que medio regimiento de militares incursionó a la sierra de Veracruz y Oaxaca, en la última pestaña de la presa de Temascal, vaso de agua alimentado por el caudaloso Río Tonto cuyos remolinos ocultos son capaces de voltear una embarcación, lo hicieron en lanchas de motor.

Su objetivo era matar al ladrón de ingenios azucareros de la comarca, al sujeto que con actos vandálicos pretendía desentronizar al Presidente de la República. El servicio de inteligencia nacional ubicó a Tomasín Victorero en la isla de La Raya (nombre alusivo al pago de dinero). Por órdenes de alto rango, la milicia fue tras él. El operativo consistió en tomarlo por sorpresa en su guarida, acabar con él y con todos sus hombres, llevar su cadáver a Córdoba para que la prensa regional y nacional le tomara fotografías y divulgara el abatimiento.

Pero las condiciones de terreno no fueron las idóneas para los militares, pues la isla se encontraba varios kilómetros de agua adentro y un desembarque en ella, podía ser visto por los isleños cuando menos diez minutos antes de su arribo. Una lancha llama poco la atención. Dos o tres ponen en alerta. Casi cincuenta auguran peligro. Eso fue lo que ocurrió. Tomasín Victorero y su gente tuvieron el tiempo necesario para tomar las armas, ubicar posiciones y recibir a los invasores.

Metros antes del desembarque de militares, la jungla vomitó fuego desde la maleza, ni la gracia tuvieron de cortar cartucho, el infierno los alcanzó sin que pudieran ver la silueta del diablo que les disparaba desde mil sitios diferentes; cayeron como moscas en el agua, y los pocos que se salvaron fue porque saltaron de las lanchas mientras acribillaban a sus compañeros.

Muchos murieron por la lluvia de plomo que les cayó encima y les agujeró el cuero, otros por aventarse al agua sin saber nadar, y los contados que salvaron el pellejo fue por la orden expresa de Tomasín Victorero de no rematarlos, pues la distancia de la isla de La Raya a la orilla de la presa era prueba suficiente para saber si Dios los quería vivos o muertos. Sobraron dedos de la mano para contar a los sobrevivientes de aquella masacre. Para enojo y vergüenza de las autoridades civiles y militares, la noticia fue publicada a ocho columnas en los periódicos del triángulo geográfico de Córdoba a Veracruz y de Veracruz a Tierra Blanca. La comarca entera supo lo acontecido. El ejército se convirtió en el hazmerreír del pueblo. Y si antes infundía temor, a partir de entonces inspiró lástima. El colmo del asunto fue que cuando los poquísimos nadadores llegaron a la orilla, exhaustos y desfallecidos, después de sortear la distancia de siete kilómetros de agua, los rebeldes, a nombre de su líder, les encomendaron decir a sus superiores que los esperarían el sábado próximo al mediodía, en la misma isla, para que ellos en persona fueran o les mandaran a los efectivos que les viniera en gana.

Nuevos corridos musicales inspiraron la narrativa sangrienta de los hechos.

En la partida de dominó del miércoles posterior a los acontecimientos, el cura preguntó al presidente municipal de Piedras Negras, por ser quien tenía los detalles más precisos de primera mano, lo que creyó sustancial:

–¿Cuántos murieron?

–Doscientos cincuenta.

Aarón sacó el pañuelo de la bolsa del pantalón, se limpió el sudor de la frente y pidió le fuera reiterado el dato:

–¿Cuántos?

–¡Doscientos cincuenta! Sólo unos cuantos se salvaron.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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