La ofrenda, de Herrán y Xokoyotsij

  • URL copiada al portapapeles

En México, la gente se alista para poner “las ofrendas de día de muertos”. En ellas no han de faltar las flores, la sal, el agua y las calaveritas de azúcar. Esta tradición se manifiesta en versos, juegos, pintura y en todas las expresiones del arte. ¿Cuál es su favorita?

 

Según la creencia azteca, con la ofrenda se conmemora a la muerte; entendida como un medio para viajar al “más allá”. El hombre se dirijirá al Mictlán, o sea, el inframundo. Por lo que los vivos realizarían una serie de obsequios, para acompañar al que ya murió hasta su última morada: la eternidad.

 

Sin embargo, esa idea de los aztecas no quedó intocada, con la llegada de los españoles, ocurrió un sincretismo. Así, nacieron el conjunto de costumbres, creencias y leyendas que, del 28 de octubre al 2 de noviembre, de cada año, se practican por toda la nación.

 

Dada su trascendencia, su protagonismo en el arte ha sido inevitable. Probablemente, “La Ofrenda”, óleo sobre lienzo, de Saturnino Herrán, sea una de las más representativas.

 

En efecto, Saturnino Herrán, nacido en Aguscalientes, México, en 1887, trazó a los personajes y elementos que implican a dicha festividad.

 

En el primer plano, se observa una barca (conocida como trajinera), que surca los canales de Xochimilco, en 1913 —misma época de la manufactura de la pintura—. En ella, viajan cuatro adultos: tres sujetos masculinos y una mujer; una niña, y un bebé, quien sostenido por un rebozo, va pegado a la espalda de la mujer.

 

Destaca el individuo situado en el centro de la obra, vestido de blanco —indumentaria tradicional del indígena—, quien lleva flores de Cempasúchil sobre los hombros. Otras, del mismo género, saturan toda la trajinera; incluso, la niña lleva un ramo de estas flores.

 

El Cempasúchil es indispensable en los altares u ofrendas y en los panteones, porque signficaron para los aztecas: la vida que nace de la muerte. Su color amarillo representa la luz del sol; la que ha de guiar a los difuntos para que encuentren su camino. Por otra parte, para los españoles, las flores espantan a la muerte. De esta forma, para ambas culturas, la flor resume la vida; de ahí que se comprenda su importancia, tanto en la obra de Herrán como en los altares.

El poeta Natalio Hernández Xocoyotzin, conocido por su seudónimo José Antonio Xokoyotsij, en su poema “Principio del canto”, lo expresa de la manera siguiente:

 

 

Canto a la vida

al hombre

y a la naturaleza,

a la madre tierra;

porque la vida es flor

y es canto:

es, en fin,

flor y canto.

 

 

Natalio Hernández Xocoyotzin, poeta nahua, oriundo de Veracruz, logra sintetizar el sentido de la vida, en una flor, como representante de la naturaleza.

 

Regresando a la pintura, debemos señalar que los rostros de todos los personajes se muestran melancólicos, porque van al panteón a poner la ofrenda. Ello los obliga a recordar a sus seres queridos que ya han partido, y a reflexionar sobre el trance final común todos los seres. Por otra parte, aunque un bebé y una niña pequeña los acompañan, tienen consciencia de que para dejar este mundo, no hay edad mínima ni máxima.

 

El poderoso simbolismo de Herrán, no escapa tampoco a la poesía de Natalio Hernández Xocoyotzin, quien en “No quiero morir” manifiesta:

 

 

No quiero morir,

quiero ser partícipe del nuevo dia

y del nuevo amanecer.

No quiero morir,

quiero disfrutar los nuevos cantos floridos,

los nuevos cantos del pueblo.

No quiero morir,

anhelo leer los nuevos libros

y admirar el surgimiento

de la nueva sabiduria.

No quiero morir,

quiero que sea vigorosa mi propia vida,

ansio recuperar mis raices:

no deseo abandonar mi vida en la tierra.

 

 

 

Es decir, el hombre teme a su defunción, desea continuar disfrutando de la creación de Dios, y quiere conocer el porvenir. Tal vez, por ese motivo, en la obra de Herrán, la niña mira al espectador; pues ella y el bebé son la pervivencia y futuro de la humanidad.

 

En la obra pictorica de Herrán, en segundo plano, se observan otras trajineras que siguen a la descrita en primer término. Todas llevan flores de Cempasúchil y la gente viste con la indumentaria de los pueblos originarios. En la superficie del agua se forman hondas, se refleja el azul del cielo y de los volcanes; así como el amarillo del sol y de sus rayos, que auxilian, por igual, a vivos y a difuntos, tanto en esta vida como en la otra.

 

De manera impecable, Herrán cumple, al representar con fuerza, color y forma, los símbolos del día de muertos; pués la verdadera ofrenda del humano es su vida misma, cuando goza de su trayecto por este planeta; que, por cierto, es lo único que se ha de llevar a la otra dimensión.

 

 

El veracruzano, Natalio Hernández Xocoyotzin, en su poesía “Xokoyotsin diáloga con su corazón”, comparte lo siguiente:

 

 

…Ya no estés triste

ya no llores de sentimiento,

tu corazón es bello

es bello tu sentimiento y tu pensamiento.

 

Ríe nuevamente

que tu corazón ría nuevamente,

despierta, mira lejos,

mira con alegría.

 

Mira el amanecer,

contempla la belleza de las flores;

observa los pájaros, las mariposas

y todas las cosas que hay en la naturaleza.

 

Todos somos fugaces

todos nos iremos…

 

…vive con alegría

que no te invada la tristeza .

De estos versos se concluye que, en México, la gente más que reírse de la muerte, demuestra su júbilo y contento por la belleza que le rodea, que lo asombra, que lo maravilla y mueve.




Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

  • URL copiada al portapapeles