Ética y Ciencia

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Por:Dra. Adriana Erika Martínez Cantón

Profesor Escuela de Ingeniería y Ciencias

ITESM-Puebla

En pleno siglo XXI y más exactamente en este 2020 tan atípico, debemos de detenernos a pensar entre la frágil relación que existe entre la ética y el que hacer científico. Durante muchos años ha surgido la idea de que la actividad científica está dominada por una ausencia de escrúpulos éticos por parte de mujeres y hombres de ciencia.

Esta idea no es del todo errónea si pensamos en la actividad científica como una “institución” que incluye: el tipo de racionalidad instrumental, y no de fines, que presuntamente le compete; la determinación y consolidación de proyectos de investigación realizados en institutos de investigación y que, las más de las veces, están motivados por intereses económicos y/o de éxito personal más que en un enfoque humanístico en su conjunto; las prácticas negligentes realizadas en nombre de los avances científicos y/o tecnológicos con fines exclusivos de lucro, así como la enseñanza de la ciencia como una práctica perfectamente lógica y objetiva, ajena a la realidad social y desinteresada del dolor o destrucción de los seres sintientes y de la naturaleza en general que ella misma es capaz de causar.

En la década de los setentas del siglo pasado una nueva disciplina llamada bioética surgió en el horizonte académico y científico, su principal objetivo: llamar la atención a la comunidad científica y tecnológica sobre la necesidad de orientar éticamente su quehacer en general. Sin embargo, si bien es cierto que entrado el siglo XXI los alcances de la bioética han sido fructíferos, también lo es que no han terminado de llegar a todos los ámbitos de la actividad científica. La bioética se ha quedado corta en ofrecer una luz inteligente y crítica en los menesteres que competen a las ciencias más abstractas, como la física y la matemática.

Nos encontramos, pues, con un horizonte en donde la investigación y la actividad de la ciencia se hallan en cierta forma deshumanizadas y en donde la investigación y la actividad humanística, y propiamente la que tiene que ver con intereses de fundamentar la acción ética, hallan su caldo de cultivo en espacios mitificados, pre-científicos o anti-científicos. Pensamos que esta mitificación del discurso ético y la deshumanización de la actividad científica representan un problema por dos razones.

La primera es que, si bien es cierto que gracias a la ciencia la humanidad ha alcanzado conocimientos del mundo natural que han permitido generar formas de vida más largas y cómodas (pensemos, por ejemplo, en la medicina o la biotecnología), estos alcances de “beneficio” humano no sólo no son completos en cuanto que sólo muy pocos seres humanos de los millones y millones que habitan el planeta tienen posibilidad de alcanzar; tampoco lo son en cuanto que los fines que interesan para la producción de estos bienes no están principalmente determinados por conceptos que se remiten a bienes humanos, como la justicia y la libertad, sino por bienes o valores que más bien responden a intereses económicos y de poder o de dominio (piénsese, por ejemplo, en la investigación química-farmacéutica o las investigaciones físicas con fines bélicos o militares).

Y la segunda razón tiene que ver con lo que hemos subrayado hace un momento: la actividad científica y el discurso filosófico-moral. ¿Cómo puede ocurrir -- siendo que la ciencia se hace con el conocimiento humano y el conocimiento ético se construye como condición de posibilidad para motivar a la gente a la acción ética--, que la acción científica esté separada de la ética y el conocimiento ético separado de la teoría científica? Es, pues la paradoja presente en esta interrogante lo que se nos manifiesta como problema. (Recuperado de: Ética y ciencia: ¿divorcio inminente? Iracheta Fernández F:J:,Martinez Cantón A.E.VIII encuentro de participación de la mujer en la ciencia, CIO). Irónicamente, tuvo que ser una pandemia mundial quién nos obligará a tomar conciencia de la importancia que es realizar investigación científica, dentro de diferentes áreas científicas y tecnológicas, pensando en un bien colectivo cuyo fin es la salud física y mental de las personas, así como responder a necesidades tecnológicas que surgieron debido a la pandemia.

Podemos concluir comentando que la ciencia no es buena ni mala (falta de ética) lo que la define es el uso que como individuos hagamos de echa y los fines últimos con que se aplique y se transforme en tecnología.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad del autor y no refleja el punto de vista del Tecnológico de Monterrey. 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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