Google, un monopolio en aprietos

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El departamento de Justicia de Estados Unidos acaba de iniciar un proceso contra Google. ¿Bajo qué cargos? Ser demasiado grande. O, más precisamente, abusar de su tamaño para aplastar a sus competidores en varias de las áreas en las que esta empresa tentacular se despliega.

El gobierno estadounidense ya llevó a cabo procesos similares en el pasado, con profundas consecuencias en las empresas implicadas y el sector donde operaban. A finales del siglo XIX Estados Unidos aprobó una legislación antitrust, que buscaba corregir un famoso efecto adverso del capitalismo: el crecimiento desmedido de ciertas empresas que, después de consolidarse, llegan a una posición tan dominante dentro de un mercado determinado que terminan por controlarlo por completo. De esta manera, cuentan con los medios que les permiten impedir el surgimiento de empresas rivales y gracias a ello seguir cosechando los beneficios de su situación monopolística. Más notablemente, gozan de una plena libertad al momento de determinar los precios de sus bienes y servicios, es decir, no tienen que tomar en cuenta el nivel de precios manejados por algún competidor.

Standard Oil fue la primera víctima de esta legislación, al ser desmembrada en 1911 en más de tres decenas de empresas independientes, que en adelante competirían entre sí. En la década de 1980, AT&T tuvo que ceder sus operaciones regionales, mientras que en los noventas Microsoft estuvo cerca de quedar separada en dos entidades distintas. Sólo logró evitar este desenlace gracias a un acuerdo con el gobierno que le obligó a emprender profundos cambios en su estrategia corporativa.

Dentro de poco tiempo, Google podría encontrarse en una situación similar, pues su posición dominante es indiscutible en varias dimensiones del mundo digital, como la búsqueda en línea (Google Search), los navegadores (Chrome), los vídeos en línea (YouTube), o los sistemas operativos para dispositivos móviles (Android).

Los defensores de Google señalan que hay una diferencia notable con los casos descritos anteriormente: como sus servicios son gratuitos, no tendría sentido sostener que sus prácticas causan un daño económico a los consumidores. Además, argumentan que los servicios de Google son tan prácticos y bien concebidos que los usuarios los escogen “naturalmente”.

Estos dos puntos no son tan convincentes como puede parecer a primera vista.

Primero, la “gratuidad” de los servicios de Google no es tal cosa: si bien es cierto que los internautas que los utilizan no desembolsan nada para ello, los ingresos brotan de la publicidad en línea, otro sector donde la empresa controla una cuota de mercado sin equivalente – aunque en este ramo sí tiene que lidiar con la competencia representada por Facebook. Estos mensajes publicitarios están entregados de manera “personalizada”, es decir, teniendo en cuenta los intereses de cada internauta. Esta práctica descansa en la existencia de una cosecha constante y masiva de informaciones personales sobre cada uno de nosotros, hasta llegar a un nivel de detalle preocupante para las libertades individuales. Por ende, si bien no se puede demostrar un daño de carácter “económico” para el consumidor, sí existe un perjuicio, de alcance todavía mayor.

Segundo, si bien la calidad de los servicios proveídos por Google es difícil de discutir, son mucho más cuestionables los medios empleados por la empresa para alentarnos – o incluso condicionarnos – a utilizarlos a expensas de cualquier otro. Por ejemplo, se ha descubierto que los teléfonos equipados del sistema Android tenían a fuerza que incluir las principales aplicaciones de la empresa de Mountain View. También se reveló que Apple recibió cantidades astronómicas para que sus propios dispositivos preinstalaran Google Search como su buscador por default. Si los usuarios escogen voluntariamente estos servicios por sus cualidades propias, ¿para qué sirve apartarlos de posibles alternativas?

Al igual que muchas otras empresas digitales surgidas cerca del inicio del nuevo siglo, Google se ha beneficiado del espacio competitivo que Microsoft tuvo que dejar libre como consecuencia del proceso antitrust que estaba enfrentando. Este contexto favoreció la aparición y el crecimiento de nuevas compañías, que impulsaron de forma espectacular la innovación en el sector de las tecnologías digitales. Paradójicamente, ahora son estas mismas empresas las que están restringiendo el acceso a nuevos entrantes, con consecuencias negativas en términos de dinamismo económico, innovación e incluso libertades individuales.

Si bien Google atrae ahora los reflectores por el reciente inicio del proceso judicial en su contra, es muy probable que Apple, Facebook y Amazon correrán la misma suerte tarde que temprano: sus CEOs tuvieron también que responder de las acciones anticompetitivas de sus gigantes corporativos ante el Congreso estadounidense en julio pasado, y sus explicaciones dejaron más dudas que aclaraciones.

Por lo tanto, es buen momento para librar la economía digital del control de unas cuantas empresas: deben ser colocadas en una situación en la que sólo podrán escoger entre quedar desmanteladas o apegarse a las reglas básicas de competencia.

 

* Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey en Puebla, en la carrera de Relaciones Internacionales – bmichalon@tec.mx

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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