El gladiador, un esclavo dispuesto a morir

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Se dice que los humanos son esclavos de sus pasiones, porque viven sometidos a cualquier vicio innombrable: el “amor” por una mujer o por un hombre; el deleite por los placeres efímeros; o simplemente el gusto de encontrarse en el estado de esclavo o amo, ¿Usted, cuál prefiere?

En realidad, la mayoría de las personas repudian ambas condiciones debido a que destruyen la dignidad humana.

Superar la esclavitud ha sido una de las luchas más fuertes a las que se enfrentan las sociedades modernas.

Y remarcamos, es una lucha de las sociedades modernas, ya que durante la antigüedad la esclavitud era una práctica cotidiana.

Ya sabemos que los poetas y literatos son expertos en inventar nuevos escenarios, donde crean dramas y comedias que nos muestran eventos que pudieron o no haber acontecido, o que podrían ser o no el reflejo de nuestras realidades.

El Barón de Teive, heterónimo de Fernando Pessoa, en su minicuento “Otra lección”, narra:

«El gladiador en la arena, donde lo puso el destino que de esclavo lo expuso condenado, saluda, sin que tiemble el César que está en el circo, rodeado de estrellas. Saluda de frente, sin orgullo, pues el esclavo no puede tenerlo; sin alegría, pues no puede fingirla el condenado. Saluda para que no falte a la ley aquel a quien toda la ley falta. Pero, tras acabar de saludar, se clava en el pecho la daga que no le servirá en el combate. Si el vencido es el que muere, y el vencedor quien mata, con esto, confesándose vencido, se declara vencedor.»

Pessoa hace ver, cómo el gladiador es un esclavo que entra a la arena dispuesto a morir.

Lo que se adapta perfectamente bien a la célebre frase: «Salve, César, los que van a morir te saludan», que pronunciaran los gladiadores —condenados a muerte—, en un encuentro naval, en honor del emperador Claudio, en el año 52 d.c., según informan los historiadores.

Volviendo al cuento que, no es histórico, sino una verdadera paradoja inventada por Pessoa, indica que el emperador recibe el saludo, sin que su gesto delate ninguna clase de alarma ni desasosiego.

Cabe recordar que, en la época de los romanos, el combate de gladiadores era un espectáculo destinado a entretener al pueblo con motivo de sus fiestas religiosas o para afianzar la popularidad del gobernante. Representaba, pues, un momento de alborozo.

De esta clase de luchadores, los hubo de muchos orígenes, tanto en la República como en el Imperio, pero los más eran esclavos.

¿Cómo eran esos gladiadores que enmascaraban a verdaderos esclavos?

Desde luego, lo primero que viene a nuestra mente, es el famoso actor Russell Crowe, quien interpreta al general hispano, Máximo Décimo Meridio, en la película “El gladiador”, del realizador Ridley Scott.

En esta producción del año 2000 —ganadora al Premio Óscar 2001 por mejor película—, el general Máximo es acusado de traición por el hijo del emperador. En su huida, el protagonista queda reducido a la esclavitud.

Aunque es un caso extraordinario, lo cierto es que, según los historiadores, a lo largo de la República y en buena parte del Imperio, todo prisionero de guerra devenía en esclavo.

Al efecto, eran catalogados según su edad, sexo, destreza física y sobre todo educación; esto determinaba su valor en el mercado.

Los ciudadanos romanos los compraban dependiendo de sus necesidades. Los había dedicados a las labores rurales, como sirvientes de la casa; y como educadores, administradores y escribas.

Pero, no todo era color de rosa. Carecían de derechos, por ejemplo, no tenían nombre ni apellido, sino el que el propietario quisiera darles.

Igualmente, no tenían posibilidad de casarse; debido a lo cual, ninguno tenía hijos, ni familia; y toda descendencia nacía bajo la misma situación jurídica.

Tampoco tenían bienes, ni siquiera la ropa que vestían era de ellos.

En suma, eran “la propiedad” de un amo. Eso ya supondrá la clase de abusos a los que eran sometidos, sin importar su edad ni sexo.

Así mismo, toda persona caída en poder de Roma, durante la guerra, adquiría la condición de esclavo, y designarlo gladiador, significaba su condena a muerte.

De modo que, en el cuento de Pessoa, estamos ante un prisionero de guerra sentenciado a muerte; por lo que, probablemente se tratara de un militar o de un hombre que, entrenado para estas suertes, es capaz de saludar con dignidad al autor de su sentencia: el emperador.

Empero, habiendo sido vencido, no puede estar orgulloso de sí mismo; aún más, siendo injusta su condena, no puede tener ninguna clase de orgullo, porque éste es un bien que corresponde al hombre libre.

Condición que tampoco le genera ninguna clase de sentimiento positivo; en consecuencia, la alegría no está dentro del catálogo de sus atributos.

No obstante, todas estas adversidades e ignominias, el esclavo creado por el brillante escritor portugués, no está sometido del todo.

Tiene presente que él nació libre; por consiguiente, es dueño de sí mismo, calcula los beneficios y perjuicios que puede obtener con lo que el destino le ha preparado.

El héroe de Pessoa se apodera de las dos únicas armas que tiene a su alcance: su ingenio y el puñal que clava en su corazón, quitándose la vida.

Ante esta aparente contradicción, Pessoa expone que la dignidad del hombre es indestructible; por esta razón, cuando el personaje toma en sus manos su propio destino, elimina el azar y decide cómo y en qué momento ha de pasar a la eternidad.

De suerte que, opta por el derecho de morir libre. Y como tal, deja este ejemplo de vida y muerte a sus descendientes, a su nación y a la humanidad.

Por otra parte, al actuar de esa manera, niega al pueblo y a su ambicioso emperador —sedientos de más muertes—, el derecho a divertirse a costa de su precaria existencia.

Aunque no se crea —de acuerdo a los estudiosos de las costumbres y leyes de Roma—, el gladiador moría con dignidad, cuando actuaba conforme a la disciplina y ética militar, con lo que inspiraba a los romanos.

En ese caso, se le declaraba “hombre libre”; por lo cual, obtenía el derecho a recibir los funerales propios de su nueva condición; por ejemplo, ser enterrado en una fosa con su nombre, en ataúd con aceite y vinos, con el cuerpo embalsamado.

Tanto para Pessoa como para Roma, el emperador sabe que el hombre nace y muere libre, no hay modo de impedírselo.

En la película “El gladiador”, el protagonista Máximo se afanará en derrotar a todos sus oponentes para recuperar su libertad. Por su lado, el Emperador hará lo necesario para impedírselo.

Tanto el cuento de Pessoa, como la película de Ridley Scott, nos dan una lección de vida. Y nos ayudan a entender la importancia del 2 de diciembre de 2020, Día Internacional de la Abolición de la Esclavitud, en todas sus formas.

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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