Miedo

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Rastros de Tinta


01 Dic 2020

Por: Lilia Susana Ramírez Lara

 

 

La tristeza logra traspasar la pantalla de una desgastada televisión en la sala de una casa, de la pantalla de un celular o la bocina de un radio. La tristeza provoca un sentimiento que llena el aire de un dolor que a su paso te carcome por dentro, un nudo en la garganta que se deshace en el momento que se suelta una lluvia de lágrimas bajo tus ojos y el característico dolor de un miedo abismal en la parte baja del estómago, pues cada día, sin falta, aparece la rutinaria noticia del día: “Se busca”, “La encontraron muerta”, “Su novio la asesinó”, “Desaparecida”. Estos titulares son el pan de cada día. 

 

Estas noticias vienen acompañadas de una fotografía de una mujer. Dentro de sus ojos me es posible apreciar el brillo de su alma y el reflejo de los sueños que imaginaba cumplir con el paso de los años.

¿Quién diría que le arrebatarían la luz de su semblante? Me provoca escalofríos pensar en la posibilidad de que pude haber sido yo, alguna de mis amigas, familiares o conocidas a las que les podrían robar la emoción desconocida de un futuro emocionante y fantasioso.

Asusta el simple hecho de que, en este preciso instante, hay una madre, amiga o hermana sufriendo por la injusta partida de un ser lleno de vida. Familias repletas de un dolor indescriptible que grita desde lo más profundo de su alma y que les quema el pecho cuando cierran los ojos, mientras las imágenes, ahora desgastadas, se proyectan dentro de sus mentes.

 

La conocida sensación del nudo en el estómago llamada miedo, incrementa su intensidad con el transcurso de los días, y se aúna al hecho de la constancia de las devastadoras noticias sobre feminicidios. Salir a la calle sola es dar un paso hacia la oscuridad de lo desconocido, con el terror de que sea la última vez que escuche la voz de mi mamá o tenga un abrazo de mi papá, mientras grito y lucho desesperadamente contra los brazos que prometen quitarme mi libertad y los sueños que había planeado toda mi vida.

Lo que más me da miedo, es la impotencia de mis seres queridos cuando les digan que fue mi culpa que diera mi último respiro a los 16 años, pues la ropa que llevaba había sido la responsable de mi cruel destino a tan corta edad.

 

Me da miedo vivir en un país que no me protege y que, al contrario, es parte de un sistema que me violenta. Vivo en un país donde mi vida es menos valiosa que un monumento, un lugar en donde mi muerte es más digna para hacer memes que para que le hagan justicia.

 

Tengo miedo de que si me toca ser la próxima, la gente que quiero no exija justicia por mí porque simplemente no son las formas de pedir las cosas a un gobierno que ignora la crítica situación que existe en nuestro país ya que diez mujeres son asesinadas cada día.

 

Simplemente pido un poco de empatía hacia aquellas mujeres a quienes injustamente se les arrebató la vida. Empatía a sus familiares y conocidos que ahora cargan con el dolor de la partida de una persona que estaba llena de sueños. Dejemos de ser insensibles ante una situación tan alarmante y seamos capaces de darnos cuenta de la realidad. 



 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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