Y por cierto, el Brexit sigue pendiente...

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La agenda mediática internacional de los últimos meses dejó a un lado un tema que, hace tiempo, tenía su lugar garantizado en los noticieros: el famoso Brexit, neologismo ahora bien conocido que designa la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

En junio de 2016, el referéndum sobre este tema dio este inesperado veredicto. Cuatro años y medio después, las etapas en el largo proceso de salida se han sucedido, sin que faltaran las dificultades imprevistas y múltiples extensiones de plazo.

El 31 de enero del presente año, cuando el coronavirus seguía siendo visto de lejos como una enfermedad exótica, se anunció oficialmente que el Reino Unido dejaba de ser uno de miembros de la Unión Europea. Concretamente, este paso implicaba que el bloque volvía a ser conformado por 27 miembros, y que todos los británicos que laboraban dentro de las instancias europeas veían sus funciones terminadas.

Lo anterior pudo haber significado que el divorcio entre Londres y Bruselas había sido consumado, y que en adelante cada uno podía seguir su propio camino independientemente del otro. Sin embargo no fue así, porque las partes aún no se ponían de acuerdo sobre las modalidades de su nueva relación.

La interacción entre miembros de la UE es tan estrecha que una brutal interrupción de las mismas tendría un profundo efecto desestabilizador, en primer lugar para el Estado que se retira, y en segundo lugar para el mismo bloque europeo. Para mitigar estas consecuencias, resulta indispensable encontrar una forma de organizar las interacciones dentro de este nuevo contexto.

Un ejemplo se utiliza con frecuencia para ilustrar este punto: los vínculos comerciales dentro de la UE son tan intensivos que el flujo de mercancías es ininterrumpido, facilitado e impulsado por el “mercado interior”, que permite su circulación sin ningún tipo de control al momento del cruce de fronteras.

Salir de la Unión Europea a secas (lo que en el caso presente se designa como hard Brexit) significaría que, de un día para el día siguiente, se reintroducirían los trámites aduaneros en ambas direcciones, provocando filas interminables en las autopistas, puertos, aeropuertos y centrales de trenes y trastornando profundamente las cadenas de suministro existentes.

Fue para evitar semejante situación que se acordó que, para el resto del año 2020, se aplicaría una fórmula híbrida: si bien el Reino Unido ya no era miembro de la UE, en el sentido en que ya no participaría en los procesos de toma de decisiones, iba a seguir aplicando las reglas que derivan de la pertenencia al bloque. Esta forma de proceder, fundamentalmente esquizofrénica, se consideraba como una manera de ganar el tiempo suficiente para por fin llegar a este acuerdo tan necesario, es decir, algún tipo de tratado de libre comercio.

Casi once meses después, las negociaciones no han rendido frutos: la fecha del 31 de diciembre, y con ella el espectro de un Brexit duro, se están acercando peligrosamente. Tres temas representan, en la actualidad, los principales obstáculos en el camino: los derechos de pesca, las reglas para una competencia equilibrada entre empresas británicas y europeas, y la creación de un mecanismo de resolución de conflictos. Para Bruselas, se trata de evitar ceder al Reino Unido un acceso a su atractivo mercado interior sin obtener protecciones y medios de acción contra posibles prácticas desleales de su parte. Para Londres, se trata de restablecer un pleno control sobre sus políticas domésticas, sin sacrificar las relaciones comerciales existentes con sus vecinos europeos, de las que tanto depende su propia economía.

Michel Barnier, el jefe del equipo de negociadores del lado europeo, acaba de remarcar que las últimas reuniones entre representantes de ambos bandos no han producido resultados alentadores. Ahora tres posibles escenarios se están vislumbrando para el corto plazo: sigue viva la remota posibilidad de un acuerdo de último momento, pero, incluso en este periodo decembrino, conviene no colocar demasiadas esperanzas en lo que sería un auténtico milagro navideño. En el otro extremo, pero más probable, se podría dar el intento de negociación por fallido y enfrentar las temidas consecuencias de un hard Brexit.

Como punto intermedio entre lo que no se puede razonablemente esperar y lo que se debe razonablemente evitar, está el acordar una enésima prolongación del proceso de salida, manteniendo por unos meses adicionales esta fórmula chueca de un Reino Unido que, sin ser miembro, sigue aplicando la normatividad europea – la pesadilla de cualquier brexiter, porque implica seguir dependiendo de la UE, pero esta vez sin tener la capacidad de participar en las decisiones.

Por paradójica que sea, la continuación de la situación actual es, por mucho, el escenario más probable. Presenta, por lo menos, la ventaja de ser la más pragmática, al dejar para más tarde la resolución de los problemas prácticos que se ven ahora inminentes.

Uno de estos problemas resulta especialmente emblemático de lo que está en juego: muchas de las vacunas contra la COVID que el Reino Unido recién adquirió, pero que todavía siguen pendientes de fabricar y de entregar, están producidas en Bélgica. Sin duda, un Brexit duro complicaría considerablemente su exportación al otro lado del Canal de la Mancha.

Claramente, las crisis han demostrado su capacidad para aprovecharse una de la otra, pero ni siquiera estas circunstancias parecen ser un incentivo suficiente para resolver de una vez este tema sin fin del Brexit.

 

Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey en Puebla, en la carrera de Relaciones Internacionales – bmichalon@tec.mx

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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