La presidencia Trump, un fascinante experimento político

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Este sábado, el Senado cerró el proceso en impeachment contra Trump. Cincuenta y siete de los cien senadores votaron a favor de su destitución: una mayoría clara pero debajo de los dos tercios requeridos. Otra vez, el ex presidente se salió con la suya.

Pero veamos las cosas desde el ángulo positivo: este juicio no dilató más de una semana, y ahora que ha llegad a su fin se puede dar por plenamente concluido el desastroso mandato pasado. Esta coyuntura nos da la oportunidad de dar una última mirada hacia atrás, y darnos cuenta de que la presidencia Trump representó un fascinante experimento político. Fascinante, porque el ex mandatario generó una multitud de situaciones extremas, que ni siquiera se habían planteado de manera hipotética para tratar de imaginar cuáles serían sus implicaciones.

Al colocar su propio gobierno e incluso su propio país bajo escenarios tan imprevistos, Trump contribuyó a mejorar nuestro conocimiento del sistema político y del orden social estadounidense: nos permitió observar cómo reaccionaban los diferentes actores, instituciones y normas al ser sometidos a presiones tan extremas como inéditas.

Si bien en tiempos “normales” el entorno sociopolítico estadounidense daba una impresión de coherencia y de robustez, estos momentos caóticos pusieron de manifiesto la existencia de debilidades mucho más profundas de lo que sospechábamos. Entre las lecciones de este experimento en condiciones reales destacan las siguientes:

1) En una democracia, la combinación entre incompetencia y prepotencia trae consecuencias dramáticas. Trump no quería tener asesores, sino solamente a personas que confirmaran sus propios prejuicios: por esta razón los integrantes de su equipo fueron sustituidos a un ritmo tan sostenido. Como consecuencia, su propia incompetencia no podía ser compensada, ni siquiera en parte, por el desempeño de otras personas que sí fueran aptas para gobernar y que tomaran cierta distancia con sus obsesiones, ilusiones y caprichos. Resultado: una sucesión interminable de decisiones en el mejor de los casos desatinadas y muchas veces catastróficas – con más razón aún en un contexto tan crítico como una pandemia.

2) Los “pesos y contrapesos”, que supuestamente son la base del sistema político estadounidense, están fuera de servicio. En dos ocasiones, el titular del poder ejecutivo fue sometido a un juicio político por actuaciones que eran ejemplos por excelencia de lo que sería un motivo de destitución (abuso de poder, obstrucción de la justicia, llamado a la insurrección): en ambas ocasiones pudo contar con un número suficiente de senadores republicanos quienes sólo buscaban protegerlo, dejando por completo a un lado su obligación moral y legal de fungir como jurado imparcial.

3) El potencial de manipulación de la gente sigue siendo considerable. Tiempos atrás, se atribuía esta posibilidad a la falta de educación, a un limitado acceso a la información o a la operación de una formidable maquinaria propagandística centralizada. Aunque la sociedad estadounidense no presente ninguna de estas tres condiciones, una proporción increíblemente elevada de la misma (unos 40%) ha demostrado ser dispuesta a abandonar todo juicio crítico y seguirle la corriente a su líder ciegamente y a costa de cualquier circunstancia. Para que esto fuera posible, Trump pudo contar con el respaldo de figuras políticas y mediáticas quienes, con tal de preservar sus intereses inmediatos, no dudaron en justificar y racionalizar sus disparates.

4) Hasta las más descaradas mentiras representan un valioso instrumento para gobernar. Por supuesto, la política siempre ha destacado por ser el ámbito en el que la verdad sufría el peor trato. Sin embargo, existía la idea de que ciertos límites en la distorsión de los hechos no podían ser rebasados, so pena de perder credibilidad. Trump ha empujado estos límites más allá de lo imaginable, por ejemplo al cuestionar un proceso electoral sin la menor prueba, o al negar haber pronunciado ciertas palabras en discursos que fueron filmados, sin que esto alterara la fe de su base de seguidores – políticos incluidos.

5) La estabilidad social y las relaciones civilizadas no se pueden dar por sentadas, sino que descansan en bases frágiles. Si bien la división de la sociedad estadounidense en diferentes sectores antagónicos existía mucho antes del 2017, Trump capitalizó en ella y abrió todavía más las brechas existentes. Legitimó un discurso de rechazo y hasta de violencia hacia ciertos grupos. Contribuyó de manera directa a la fabricación de una realidad alterna donde el “otro bando” encarnaba el mal y tenía que ser vencido, por medio de la fuerza física de ser necesario. El asalto al Capitolio no es más que una muestra de lo que llega a generar este grado de polarización.

Por valiosas que sean las “lecciones” surgidas de este experimento, debemos tener presente dos puntos de gran relevancia. Primero, a diferencia de los experimentos clásicos, éste no se realizó en un “ambiente controlado”, sino que transformó profundamente el ambiente en el que se desarrolló. Segundo, al resaltar y reforzar la existencia en la primera potencia mundial de semejantes debilidades, este experimento sentó las bases para repetirse, inclusive a corto plazo.

Un experimento no solamente fascinante, sino también aterrador.

 

Sobre el autor: Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey en Puebla, en la carrera de Relaciones Internacionales – bmichalon@tec.mx

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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