Expectativas electorales

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México 2021, una vez más se acercan elecciones intermedias y la disyuntiva central para los ciudadanos vuelve a ser la misma: decidir entre candidatos malos y candidatos peores; esto es, entre potenciales gobernantes deshonestos y potenciales gobernantes aún más deshonestos.

Uno de los sociólogos más prominentes en los últimos tiempos, Niklas Luhmann, heredero del pensamiento parsonsiano, se ha referido a la honradez de los políticos en La moral de la sociedad (2013: 153) a través de tres aproximaciones que a la luz de un lingüista parecerían cualquier cosa, menos infranqueables, pero que la racionalidad social no llega ni siquiera a plantearse, ya no digamos a comprenderse.

La primera pregunta que plantea el sociólogo de Luneburgo, es si los políticos tienen que ser honrados, cuestión a la cual no cabría duda -en principio- de que tienen que serlo; pero este es un acercamiento equivocado, porque en términos así expuestos, en realidad -señala el hardvardiano- nadie tiene que tener que ser, todo mundo es como es, porque si no fuese de ese modo y si un político fuese honrado porque tuviese que serlo y no porque fuese una persona honrada, entonces en ese mismo momento sería deshonesto y no podría ser considerado un político honrado.

Así llegamos a una propuesta más cerrada, más pulida; es decir, si los políticos deben ser honrados, lo cual tampoco deja duda a la respuesta de que deben serlo; pero este acercamiento también resulta ser imperfecto y nos conduce a problematizaciones aún más profundas como las que resultan de definir quién prescribe que deben ser así, qué tendría que suceder si no lo fueran, y nosotros agregaríamos una cuestión más: se trata de un deber aspiracional o de un deber posible.

Luhmann cierra toda esta idea planteando lo que parece ser, la verdadera cuestión a resolver: ¿los políticos pueden ser honrados?, y con ello el mundo se nos viene encima, porque la experiencia vital nos responde en sentido negativo, no pueden serlo; un pensamiento terrible pero verificable, y no porque los políticos no puedan conducirse con honestidad, sino porque el ser político o el ser médico no define la calidad moral del profesionista, lo que define la rectitud de una persona es ella misma; así, la espeluznante conclusión a la que llegaríamos es que los políticos en nuestro país no pueden ser honestos porque sean políticos, sino porque son personas deshonestas, y cuando se suceden generaciones que provienen de distintas clases socioeconómicas, de diferentes tradiciones familiares, intelectuales, formativas, religiosas, profesionales, y todas ellas se conducen con la misma deshonestidad cuando ocupan espacios de poder político, entonces ese caso con el que se suelen ejemplificar las falacias argumentativas: si todos los políticos son corruptos y Juan es político, entonces Juan es corrupto, tendría que mudar para convertirse en un paralogismo como el siguiente: si todos los políticos mexicanos son corruptos y Juan es mexicano, entonces Juan es un político corrupto.

La disyuntiva central en 2021 que es decidir entre candidatos que al parecer serán gobernantes deshonestos o aún más deshonestos, queda en manos de ciudadanos que si llegaran a ser políticos también serían gobernantes deshonestos o aún más deshonestos, o al menos esos nos indican los párrafos anteriores y peor aún, nuestro propio historicismo.

La opinión expresada en este artículo es responsabilidad del autor y no refleja el punto de vista del Tecnológico de Monterrey.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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