Un segundo más de oxígeno

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Luis J. L. Chigo


05 Abr 2021

A poco más de un año del inicio de la pandemia, me pregunto si algo en lo más profundo de la esencia humana tiene un rostro distinto.

El contraste es desconcertante. A mediados del año pasado se celebraba la reducción de los niveles de ozono en la atmósfera y equipos internacionales conjuntos para el desarrollo de la vacuna. La máxima de redes sociales –“la humanidad es el cáncer de este planeta”– parecía tener cierta razón. Hoy, como todo en las redes sociales, se desvanecieron los rastros de esperanza.

Me pregunto también si nuestro concepto de muerte dio o dará algún giro. Porque, para ser sinceros, la mediocridad de esa otra máxima que afirma que celebramos la muerte, producto comercial de categoría hollywoodense, se la compran hasta los médicos de este país. Ojalá así fuera. Ojalá la muerte no nos significara este constructo. Sin embargo, alguna otra película animada nos espera a la vuelta de la esquina.

Está esa otra parte a la que llamamos pesimismo. No flojera, no amargura, no “realismo” –vea usted con qué descuido usamos las palabras. Pesimismo, esa cuenta regresiva terminándose según vamos nombrando a nuestros muertos. Crecer es ver morir a los nuestros, y por cada uno de ellos acontece un viacrucis. Así nos enseñaron a vivirla y así lo han dispuesto los gobernantes: qué difícil tramitar los papeles para un pedazo de cementerio, adquirir medicinas en el seguro, recibir pensiones, condonar un crédito hipotecario por fallecimiento –y, defensores del capital, no se hagan, ningún banco se muere de hambre.

Y luego, allá en el Palacio, el presidente se cura de COVID-19 en poco menos de 15 días, asegura sentir lo que todos cuando se contagian, pero recibe tratamiento experimental. Claro, un conejillo de indias por el bien de la patria. Y luego la fiesta y las risas. Después de todo, aquí, abajo y lejos del centro – ¡considere que ni estamos tan lejos! –, sigue la celebración por la muerte.

 

***

 

“Treinta y cinco”, me dice una voz al otro lado del auricular. Es mi primer intento buscando quién nos venda un tanque de oxígeno. No agrega nada, en su voz no hay rastro de emoción alguna. Gracias, le digo, y prometo llamar en cuanto sea posible. Sostengo a mi tío por el brazo izquierdo después de la consulta con el médico. Su saturación es de 75, es necesario el oxígeno. La cantidad no deja de darme vueltas en la cabeza. Treinta y cinco mil pesos. ¿Siempre costaron eso los tanques?

Mi tío se llama Lorenzo. Tiene 63 años. Vive en la misma colonia que yo. Es retirado del ejército y antes de ver a este médico visitó a otros 3. Estos tres primeros le dieron tratamientos totalmente distintos, como si cada uno de ellos hubiese visto algo totalmente distinto en él. Como si cada uno de ellos no hubiera colocado el estetoscopio en los pulmones, o revisado la cavidad bucal o medido la oxigenación. En efecto: tenemos a tres médicos recetando sin tener contacto con el paciente. Los dos primeros no diagnostican COVID-19 e indican nebulizaciones y hasta inhalador para asma. El tercero apunta en su receta “Probable covid”.

¿Cómo es posible que ante lo evidente se hallan fallado tres veces seguidas? La familia de Lorenzo invierte en tres tratamientos distintos y ninguno causa reacción alguna. El cuarto y último médico advierte que una semana de enfermedad es demasiado, hará todo lo posible pero no se responsabiliza. El error más grave de los profesionales de la salud, advierte, es no tener contacto con el paciente. A eso se le suman los tratamientos erróneos, la falta de investigación, prácticas ya descontinuadas. Todo eso se llama negligencia médica.

Acaso sea el enojo la causa de estos apuntes, dirá usted, lector. Yo me pregunto: ¿para qué se desbordan las facultades de medicina de este país si encontrar a un solo médico efectivo es un tormento? ¿De verdad el insuficiente 2.5% de PIB destinado para la salubridad en México no sirve para nada? Hoy les llamamos héroes y compartimos las fotos de sus rostros lastimados por el equipo médico, pero, hasta hace unos meses, ¿no nos causaba enojo ir al Seguro por una gripa estacional y recibir malos tratos por parte del personal? ¿Cuántos de esos médicos no pagaron su plaza o utilizaron sus influencias sólo para tener un buen salario?

Dos apuntes breves: por supuesto, la COVID-19 es algo novedoso. No sabíamos nada del virus ni de la enfermedad. Todavía un año después, poco sabemos. Segundo apunte, la infraestructura médica es un desastre en la mayoría de las instalaciones hospitalarias. Eso no es culpa de los médicos, pero no hay tampoco un intento profesional por remediarlo. ¿A cuántos médicos he escuchado decir que la muerte es algo natural, que a todos nos tocará? ¡Vaya verdad!

Sin embargo, la traducción de dicha ontología de la evidencia en negligencia no viene sino de la consumación de los aparatos de una lógica de frialdad ante la muerte, tan común en los médicos. Y aquello consumado como pensamiento detrás de las batas blancas se materializa en el mercado de la muerte.

Lorenzo tiene en su cuenta regresiva a su hijo. También se llama Lorenzo. Murió hace 13 años, de VIH. En sus últimos días, el médico que tomaba sus muestras de sangre temblaba con la jeringa en mano. Lorenzo padre observa todo desde la esquina del cuarto de hospital donde reposa Lorenzo hijo. Se revictimiza una y otra vez según se cuentan los días, ahora en una cuenta regresiva. Lorenzo padre no lo sabe en ese momento pero, años más tarde, serán necesarios dos días de burocracia para abrir la fosa donde está su hijo y ser enterrado donde mismo.

Pero ahí están los reclamos por no tener una sociedad científica, cuando a los científicos les hace falta una enorme formación humana. Nunca un segundo más de oxígeno tuvo precios tan elevados y de todo tipo.

Treinta y cinco mil pesos un tanque. Sin contar el relleno diario, los gastos funerarios y la inmensa cantidad de trámites para decirle al Estado que moriste. Las cantidades todavía dan vueltas en mi cabeza. Cantidad que se multiplica por los casi 300,000 mil fallecidos por COVID-19 hasta el día de hoy. Todos una historia con nombre, que se reducen a una conferencia vespertina y a la sonrisa del hombre en el Palacio.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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