Potencializando la potencia

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Luis J. L. Chigo


28 Abr 2021

En cosas que ya no son noticia, el 10 de marzo del año en curso, después de que los diputados aprobaran en lo general la regulación en el consumo de marihuana, la diputada del PRI Cynthia Iliana López Castro tomó el micrófono y protestó. Sabemos cómo terminó dicho discurso, al menos en redes sociales.

La sátira se volcó sobre los viajes “de cuatro días” y, en cosa de minutos, la diputada estaba en boca de todos. Si bien los datos falsos sobre los efectos de la marihuana son risibles, un pleonasmo llama más mi atención: según Iliana López, cuando la marihuana pasa por el hígado, “se potencializa la potencia en un mayor grado”.

En su conferencia ¿Qué es la filosofía?, el alemán Martin Heidegger advierte que la ausencia del ejercicio filosófico es la razón de la demagogia. Cuando fingimos pensar y la oratoria es nuestra aliada, movemos masas. Porque, seamos sinceros, ensalzamos el pensamiento y qué complicado es motivar a un solo individuo a llevarlo a cabo. Sin embargo, la política mexicana no sólo no piensa, tampoco es demagógica. Su estética es fatal, equiparable a aquellas enseñanzas familiares donde lo importante es tener una fachada limpia, aunque el interior sea un desastre. Contrario a todo lo aprendido en la infancia, el político mexicano no es ni siquiera un traficante de la palabra.

Si comprendemos la lengua como un sistema de signos y reglas para transmitir un mensaje, evidentemente la mayoría de los políticos mexicanos conocen en lo mínimo el sistema de la lengua española. Fuera máscaras, ¿acaso no todos tenemos una carencia respecto a nuestra lengua de nacimiento? Sin embargo, al político se le juzga algo más: la validez de sus argumentos. En apenas un minuto, la diputada incurre en un uso incorrecto de la lengua y lanza al menos dos argumentos falsos.

Ya es pan de todos los días la exigencia de una lengua cercada por la moral. Sí, lo de Iliana López es condenable. Pero también es pan de todos los días la incongruencia en el pensamiento de la ciudadanía. Quienes fungen como policías de lo dicho y lo escrito no sólo se burlan de lo antes expuesto, también, por ejemplo, se enojan frente al uso del lenguaje inclusivo. Todes o todxs, les parece una aberración y exponen, con base en el Diccionario de la RAE, la ridiculez.

¿Por qué reírse de la diputada y enojarse por el lenguaje inclusivo? Bueno, a diferencia de la diputada, quienes no ostentamos puestos de poder no podemos amenazar de muerte o, en el menor de los casos, provocar una injusticia administrativa. Según dictase el sentido común, mi enojo estaría más con el político malhablado y no con la persona con quien comparto el asiento de autobús. Digamos, a la vieja usanza, “así es el mexicano”. ¿Cualquier mexicano? No. El mexicano ilustrado, impotente por naturaleza.

Nuevamente, el problema no se resuelve. Mientras fabricamos el lenguaje de la burla, la diputada priísta vuelve todos los días a San Lázaro –o eso espero, porque en 2019 era una de las más incumplidas de su bancada– para llenar de ignorancia la construcción de eso que parecen leyes. Y nosotros se lo celebramos, a ella y a todos los políticos –peor aún, ¡les pagamos para que lo hagan!

Dentro de todo este lenguaje, una de las cosas que como policías de la lengua condenamos de la intervención priísta fue su conservadurismo. ¿Cómo es posible que se haya opuesto a la aprobación de una regulación en el consumo de la marihuana? Últimamente, me da la sensación de que asumirse como “liberal” o de “izquierda” es interiorizar un concepto vacío.

Estoy de acuerdo, la legalización de la marihuana tiene carácter de urgente. En México, a diferencia de Holanda, el control del mercado de drogas desembocó en una guerra interna aún vigente. Legalizarla es el primer paso para detener el problema de la violencia emanado del narcotráfico. Esto y la idea de que el derecho a recrearnos cuatro días con THC es universal, parecen ser los puntos fuertes.

Pero ¿qué haremos con quienes irremediablemente se vuelvan adictos a cualquier droga? Se trata de un problema de salud pública y no lo digo en el sentido moral –ya saben, la ficción de ver a gente deambulando como vagabundos enfermizos. Es decir, ¿el Estado tiene la capacidad para rehabilitarlos y asegurarles alguna calidad de vida? Si acudir a cualquier seguro médico público por una gripa implica que te retiren el apéndice –si bien te va– o que los médicos se nieguen a realizar legrados por cuestiones morales-religiosas, por supuesto, la respuesta a dicha pregunta es un no rotundo.

Son estos mismos ‘intelectuales’ de la palabra quienes publican orgullosos fotos de sus plantas de marihuana en casa, como si en ello residiera un acto en contra del Estado –que, a todas luces, controla el mercado de dicha droga. ¡Y qué atrasados! ¡Mejor publiquen fotos de cómo fuman piedra en focos o se inyectan fentanilo! La marihuana ya no ostenta el puesto principal en este problema, pero es el logo, el símbolo central. De ese consumidor feliz que presume su plantío al narcotraficante que usa una hebilla con la forma de la hoja, el nivel de uso de lenguaje es casi indistinto: los dos tienen el mismo argumento, uno para consumirla y el otro para venderla. En medio de ellos dos, el Estado como un dios.

Entonces, si Estado y sociedad son incapaces de enseñarle al ciudadano promedio un uso correcto del lenguaje y dos o tres reglas mínimas de pensamiento, mucho menos lo pueden preparar para recrearse con alguna droga. Y antes de atacarme con argumentos de izquierda, pensar en el lugar que ocupa la educación en estos asuntos.

El otro lenguaje, el de la violencia, es igual de cotidiano. El 27 de abril del año en curso, Efrén, niño de Baja California, es encontrado sin signos vitales después de salir a jugar en un parque cercano a casa. Su rostro fue desfigurado a golpes. Claro, la solución es sencilla: si la recreación mínima le es vedada al infante porque no podemos garantizarle seguridad, que recurra a las drogas.

En fin. Entre dimes y diretes de cómo deberíamos usar la lengua, los políticos y la sociedad en conjunto demuestran su nula capacidad de resolución. En esa misma sesión en San Lázaro, Hirepan Maya Martínez, diputado por MORENA, elaboró su propio churro, con marihuana real y no con orégano –como los mostrados por Iliana López cuando argumentaba. Él es el bueno, por ser liberal, por romper la estructura moral desde las entrañas del órgano legislativo.

Y nosotros somos todavía más buenos porque, mientras todo esto se discute al calor de las risas y de un churro de marihuana, a diferencia de los políticos, tenemos la capacidad de corregir la lengua de los demás, de imponer nuestras decisiones personales sin repercusiones colectivas.

Wittgenstein, filósofo colocado por la Historia como contrario a Heidegger, dijo en una de sus sentencias más famosas: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” . Así, sin contexto y de la forma más mundana, ¿cuál es el mundo del mexicano y sus límites? Ya perdí la cuenta de chistes sobre la diputada. La diputada seguramente ya prepara argumentos frescos para utilizar en cualquier otra discusión en el Congreso. Hirepan divaga justo ahora, mientras toma decisiones liberales para el bien de la nación. Y a todes sólo nos queda volver a despertar mañana para potencializar la poca potencia que nos queda.


Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla

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