POSTERGAR EL ABANDONO DE DESECHABLES ¿HASTA CUÁNDO?

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Invitado


26 May 2021

Por: Mtro. Bertrand Rault Duvernoy

En el transcurso de los años 2020 y 2021, se lograron importantes avances en la reglamentación de la entrega de envases y bolsas desechables. No solamente se publicaron reglamentos estatales y municipales en Puebla, sino que empezamos a ver cómo la mayoría de los comercios eliminaron la entrega sistemática de envases y plásticos de transporte. La irrupción de la pandemia desde 2020, no solamente frenó un cambio que ya estaba sucediendo, sino que empezamos a observar un uso intensivo de envolturas, motivado en particular por las preocupaciones sanitarias de los consumidores. ¿En las siguientes fases de la pandemia, seremos capaces de continuar con el esfuerzo de disminuir, colectivamente, la producción y el consumo de desechables no esenciales?

Desde la perspectiva ambiental, el uso intensivo de desechables es un problema creciente para las sociedades humanas. Los plásticos con los que se producen los desechables son fabricados a partir de recursos naturales no renovables (en particular derivados del petróleo) y usan una gran cantidad de agua y energía para su producción. Como su nombre lo indica, los desechables, aunque nos esforcemos por reutilizarlos, tienen una vida útil corta y en general no llegan a ser reciclados. A pesar de su bajo costo para el consumidor, tienen entonces un alto costo para la sociedad en general porque y participan en elevar el gasto público. En efecto, elevan significativamente el volumen de la basura tanto en los rellenos sanitarios como en el espacio público donde solemos encontrarlos. A nivel global, se ha reconocido la creciente acumulación de plásticos en el medioambiente, en particular en los cuerpos de agua y en los océanos, donde podrían tener efectos dramáticos en la preservación de la fauna, la flora, el agua potable y el calentamiento global.

Una de las alternativas que se presentan, es la existencia de desechables producidos con materiales biodegradables. Aunque podrían llegar a reincorporarse en pocos meses o años en la materia orgánica, no representan una solución idónea. Por una parte, como se obtienen a partir de granos y otros vegetales, también requieren de una gran cantidad de energía y de agua para producirse por lo que la presión sobre el medioambiente sigue presente. Por otra parte, su costo es muy alto en comparación a los desechables comunes y representan un desincentivo a la competitividad y la productividad de muchos sectores. Cabe mencionar que ya encontramos muchos desechables comunes que tienen la leyenda “biodegradable”, un ícono ambiental o el característico color beige y podrían considerarse como falsificaciones. También muchos productos tienen la leyenda “oxodegradable” que indica que se pulverizan rápidamente pero no se degradan en elementos orgánicos y seguirán durante varios siglos presentes en nuestra biósfera.

Parece que la principal alternativa viable no vendrá del avance de la tecnología sino de la innovación a nivel familiar, comunitario, y empresarial. Si somos capaces de continuar en la dirección que emprendió la región poblana antes de la pandemia, podríamos participar de un cambio gradual de hábitos. Considerando que uno de los elementos de estas leyes es prohibir la entrega gratuita de desechables, los empresarios o los consumidores tendrán que encontrar soluciones que les permitan proteger y transportar productos con un menor consumo de desechables. Quizás el hábito más icónico para promover una cultura de consumo responsable es cargar con bolsas de mandado. Muchos mexicanos recuerdan todavía la época en la que era una costumbre común usar bolsas no desechables e incluso envases para transportar sus compras y podría ser una alternativa al plástico desechable de transporte cuyo uso se normalizó en las últimas décadas. Estamos ante una innovación que no viene de la tecnología sino de la memoria y la identidad. Si logramos “reciclar” este hábito del siglo pasado en el siglo XXI, habremos contribuido a la cultura ambiental y podríamos dar paso a una evolución positiva.

Aunque la pandemia obligó a muchas personas a consumir más productos desechables por razones de salud, pronto tendremos que volver a pensar en el equilibrio de nuestra biósfera, valorando que se trata de un organismo vivo que es la primera y la única casa que tenemos y que se encuentra en peligro. Con la adecuada presión de los consumidores y los ciudadanos, podemos aprovechar todo el potencial de innovación y adaptación que caracteriza nuestra condición humana y aminorar la gigante deuda ecológica que estamos dejando a las generaciones venideras. Una vez superada la crisis sanitaria, quedarán otras crisis por atender y una buena forma de ponernos en camino hacia un mundo más saludable, podría ser eliminar de nuestras calles, casas, drenajes, ríos, playas, bosques y océanos, toneladas de plástico que dejamos durante siglos por usarlos durante un día.

El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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