Lunes 19 de Enero de 2026 |
Mientras Estados Unidos de Norteamérica continúa su campaña de saqueo de los pueblos libres del mundo —secuestrando presidentes, bombardeando ciudades, imponiendo “democracias” a punta de misiles y tiros—, muchas personas de México y de América Latina se preguntan si es que hay una salida diferente, si es posible construir algo distinto cuando vemos como la máquina de guerra norteamericana avanza contra los países débiles. La respuesta, desde luego, no está en los discursos de los “analistas” pagados por el capital, que escriben en los diarios o comentan en la televisión, en la radio y las redes sociales. Algunos de ellos sostienen que sólo nos queda esperar nuestro turno para ser ayudados por EE. UU. (invadidos, despojados y humillados), al estilo de la ayuda que nos dio España durante la Colonia o el mismo Estados Unidos cuando nos quitó más de la mitad de nuestro territorio en 1848. Los mismos que hoy bombardean Venezuela y secuestraron al presidente Nicolás Maduro, que destruyeron Irak, Afganistán, Líbano, Yemen, Siria y ayudan al genocidio en Gaza, son los mismos que impusieron dictaduras militares en Chile y Argentina, tienen los ojos puestos en nuestros recursos naturales, en nuestro territorio, en nuestra fuerza de trabajo barata. Frente a esto, la alternativa que ofrece la clase política mexicana (siempre dispuesta a hacerle caso al gobierno de Estados Unidos desde hace varios siglos) es la rendición disfrazada de que no hay más caminos por andar. Pero eso no está bien, porque los perjudicados somos los mexicanos pobres y trabajadores. El Movimiento Antorchista, con un análisis basado en la realidad, ha diseñado una nueva forma de enfrentar los problemas que hoy golpean al mundo y a México. Y un ejemplo de eso es Tecomatlán, que era un municipio pobre, inseguro y que era gobernador por los caciques, para ser ahora un municipio con alto desarrollo de infraestructura, con tasa de delincuencia cero (en el que no hay cárcel, porque no es necesaria) y en donde gobierna —literalmente— el pueblo trabajador. Tecomatlán se ha convertido, gracias a que la mayoría de los habitantes están organizados, educados, politizados y hacen trabajo colectivo y conocen sus derechos y luchan como clase social, en un municipio que define su política, soberano y al que nadie se atrave a darle órdenes, porque está respaldado por una organización poderosa a nivel nacional. Tecomatlán, a diferencia de muchos municipios de la zona que se han quedado desolados por la migración, es un atractor de jóvenes que llegan a sus escuelas a estudiar la preparatoria o una carrera. Mientras en la Mixteca la pobreza, la migración y la desesperanza son el pan de cada día, Tecomatlán brilla con indicadores que parecerían imposibles para un municipio rural marginado. No es magia. Es organización, politización y lucha a pie de calle: es el modelo antorchista. Tecomatlán tiene el Índice de Desarrollo Humano más alto de toda la región mixteca y de casi todo el estado, con 0.699, y lidera la zona en ingreso, con un índice de 0.7987. Cuenta con 36 centros educativos y una tasa de alfabetización del 98.9%, muy por encima de la media estatal y regional. Entre 1990 y 2010, redujo la pobreza alimentaria en 20.9%, la de capacidades en 20.3% y la de patrimonio en 14.2%. Hoy, sólo el 14% de su población tiene carencias de vivienda, el porcentaje más bajo de la zona, y cuenta con cobertura de servicios como agua potable (78.2%), drenaje (95.9%) y electrificación (99.5%). Además, posee un Hospital Integral Comunitario con 15 médicos y equipamiento especializado (algo impensable en municipios vecinos como Acatlán de Osorio o Chiautla, que arrastran décadas de abandono y corrupción). ¿Cómo se logró esto? No fue con dádivas del gobierno federal, ni con “inversión responsable” de empresarios. Fue con lucha organizada. Con plantones de casi un año para conseguir el hospital. Con cooperativas populares que desde 1986 venden productos básicos a precios justos. Con la construcción colectiva de escuelas, teatros, auditorios, unidades deportivas y hasta una plaza de toros con capacidad para 17 mil 500 personas. Todo esto es fruto de un proyecto integral que pone en el centro a la población, no al lucro ni al enriquecimiento de unos cuantos. Desde 1974, el Movimiento Antorchista ha sido el motor de esta transformación. Un modelo científico de desarrollo que demuestra que, cuando el pueblo se organiza, se educa y lucha, puede vencer incluso las condiciones más adversas. Tecomatlán no es un “milagro” aislado; es el ejemplo vivo de que otro México es posible. Un México donde la educación, la salud, la cultura y el deporte son derechos, no mercancías. El mundo está en llamas. Los Trump de hoy y siempre no dejarán de venir por lo nuestro. Frente a esto, sólo hay dos caminos: someternos y ver cómo nuestro país se convierte en otra colonia saqueada, u organizarnos y luchar por un mundo mejor. El modelo antorchista muestra al país la ruta correcta, una que funciona y tiene bases científicas. El pueblo trabajador de México debe aprender la lección: la fuerza capaz de lograr el cambio profundo es la nuestra, la de los trabajadores, pero está desorganizada, dividida, dormida. Necesitamos inyectarnos conciencia, unirnos, formar un verdadero partido de nuevo tipo que tome el poder y lo ponga al servicio de las mayorías. Para construir una nación próspera, sin pobreza, sin hambre, con trabajo digno, educación y salud para todos, no necesitamos a los gringos. Necesitamos ser una clase para sí, que salga a la lucha por el poder. Tecomatlán es la prueba. Antorcha es el camino. Es el momento para llamar a México a organizarse. |