Lunes 19 de Enero de 2026

Las fiestas decembrinas se construyen de recuerdos. A través del tiempo, esas remembranzas se transforman en simbolismos que se alojan como una bruma en nuestro andar torvo. Esas imágenes adquieren un valor específico y suelen detonar la añoranza por el pasado perdido, acompañada de la ansiedad del futuro incierto.

Hoy en día, la mayor parte de la gente vive estas fechas con la pesadumbre de enfermedades, empleos inmisericordes, distanciamientos o el cansancio de soportar reuniones superficiales, que se alejan de los preceptos de buena convivencia y se acercan más a motivaciones producto sólo de la mercadotecnia.

Al iniciar un nuevo año, el deseo de metamorfosis invade el discurso social. Las reflexiones suelen tener como conclusión que algo extraordinario tiene que suceder para transformar el camino destinado al fracaso hacia carreteras llenas de prosperidad y bonanza. La culpa por no haber hecho lo suficiente se acumula como cadáveres en nuestra mente.

Conviene someter a juicio estas peroratas y fortalecer el aparato crítico que reclama sopesar en todo momento el contexto político y social que nos determina. Por supuesto, siempre reconociendo nuestro papel en la ecuación y teniendo claro que toda convivencia con lo ajeno exige la combinación de energías y buenas voluntades para llevar a puerto el encuentro.

En cuestiones sociales, es menester la gentileza. La cantidad de desgracias que puede soportar un cuerpo es incalculable, por lo que guardar cierta compasión por el vecino, el transeúnte e incluso formas no humanas son cualidades de toda sociedad que busque aplazar su aniquilación.

La depresión contemporánea está representada por el scrolling de los teléfonos inteligentes, donde la cantidad de información infinita a la que podemos acceder palidece por la relevancia y deconstrucción de ésta.

Un propósito coherente y necesario para este 2026 sería irse alejando poco a poco de las conexiones ficticias y optar por experiencias corporales y afectivas, pues, si bien el internet favorece combatir las limitantes geográficas, suelen abrir brechas gigantes y generar confusión acerca de los atributos que definen a lo humano, fortalecida por el uso de la inteligencia artificial.

Espetar felicitaciones por doquier puede ser una burla dentro de una sociedad profundamente injusta, desigual y carente de aparato crítico. Plantearse formas más honestas de usar el lenguaje es rebelarse a los protocolos incómodos y a las reuniones impostadas. Valdría la pena hacer el experimento de limitarse ante dichos eventos y propiciar la reflexión individual acerca de lo colectivo.

Guardar silencio es imprescindible en esta época marcada por el ruido sordo. Nunca olvidar que el éxito es un fin que solo crea caos en el mundo, y que sería mejor plantearse pequeñas realizaciones que muestren signos de vitalidad y amor a la vida. No existe camino bueno ni malo, a veces sólo el que se puede recorrer —como pensaría Ignatius Reilly, protagonista del libro La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole—.

Los deseos y propósitos suelen ser confusos. La mayoría siempre dependerá de una serie de circunstancias y actores complejos. Recordando a Virginia Woolf, lo mejor es no tener ninguno, ya que seguramente nacerán ataduras. Buscar la libertad, promover la ajena y aprender a vivirla en compañía son una buena forma de comenzar.

Leer siempre que se pueda. Convivir cuando sea necesario y quedarse en casa para replantearse las pequeñas luchas cotidianas es una necesidad. Mientras tanto, ante falta de motivos para unirnos, aún podemos escuchar todos a Juan Gabriel e imaginar que estamos de fiesta.