Lunes 26 de Enero de 2026

El 21 de noviembre de 2018, Emmanuel Vara Zenteno salió de su casa, ubicada en la 4 Poniente, sin saber que sería su último día con vida. En la intersección de la 4 con la 11 Norte, al cruzar en bicicleta para incorporarse a la ciclovía frente al Mercado de Sabores, un conductor de transporte público se pasó un alto y lo atropelló. Manu fue impactado y falleció. Mucho tiempo después supimos que no murió al instante: seguía con vida al caer, con una fractura grave en el brazo y la clavícula. Lo que lo mató fue, tal vez, el intento irracional de huir por parte del conductor.

Julio, el conductor, tenía apenas 19 años. Era padre de un menor, estaba casado y manejaba una ruta de Galgos del Sur. Fueron los propios usuarios de la unidad quienes lo detuvieron, lo obligaron a parar y no le permitieron bajar para huir.

He tardado casi ocho años en escribir esta memoria. Aquel día se me hizo tarde para llegar a la universidad y tomé un Uber a la misma hora del siniestro. Cuando íbamos sobre la 11 Sur, vi en mi teléfono una foto de una bicicleta enviada al grupo de Urbanófilos. Armando escribió que era de Manu. En paralelo, escuchaba en la radio a López Díaz decir que había ocurrido un choque entre la 11 y la 4, y que un ciclista había fallecido. Las manos se me paralizaron, me dio una crisis nerviosa. Con un dedo, como pude, desbloqueé mi teléfono y le escribí a Armando que Manu había muerto.

La noticia conmocionó a la ciudad y al país. Manu no solo era funcionario público: era activista, compañero, y sobre todo un pionero en la agenda ciclista en Puebla. El dolor nos llevó a las calles sin pensarlo. De inmediato convocamos a una protesta. Sus compañeros de trabajo sacaron pintura y comenzaron a escribir su nombre en las
ciclovías. Nos reunimos en Profética para pintar una manta que decía “La velocidad mata”. Al caer la noche, éramos cientos de ciclistas afuera de la fiscalía, gritando consignas.

Nos organizamos incluso para traer bicicletas de la Vía Recreativa y prestarlas a quienes quisieran rodar. Amigas y amigos de Manu se movilizaron desde la Ciudad de México y otros estados para sumarse. Éramos tantos ciclistas y peatones que hubo que bajarse de la bici y caminar. En pocas horas logramos una convocatoria que colapsó el corazón de la ciudad. El Centro Histórico se llenó de gritos y de dolor. No teníamos megáfonos potentes ni bocinas dignas de una movilización, pero la indignación colectiva hizo un ruido inmenso. Queríamos justicia, sin entender aún qué significaba.

Llegamos a la 11 y la 4. Cerramos el carril del Metrobús y, de pronto, todo fue frío y silencio. Mientras se levantaba la bicicleta blanca, hicimos sonar nuestras campanitas, mientras una luna creciente acompañaba nuestras lágrimas.

En los primeros días, naturalmente, queríamos que el responsable fuera detenido y vinculado a proceso. Muchas personas querían verlo refundido en la cárcel. Hoy, gracias a la trayectoria de Manu Vive y al cierre de la batalla legal, mucha gente cree que Julio está preso. Pero no es así.

Desde el primer momento en que Armando perdió a Manu, tuvo la entereza de decir que esta tragedia no era un hecho aislado, sino sistémico, y que respondía a un fenómeno que llamamos “hombre camión”. Lo dijo afuera de la fiscalía, entre nosotros, sus amigos, y ante la prensa. Desde el principio colocó la flecha de nuestra energía a señalar a los verdaderos responsables y dio dirección hacia la verdad. Al principio no todas las personas lo entendieron, pero poco a poco nos subimos a ese barco.

Julio tenía 19 años. Trabajaba más de 10 horas al día, sin vacaciones ni prestaciones dignas. Era un trabajador explotado, obligado a acelerar y a pelearse el pasaje, todo para llevar un sustento a su familia. Fue responsable, sí, pero el principal responsable fue el Estado: el que le permitió conducir una unidad a esa edad, le otorgó una licencia de conducir, el que jamás garantizó sus derechos laborales, el sistema que fomenta la explotación y un modelo de movilidad que enriquece a un patrón a costa de quien maneja y de quien padece un servicio deficiente. Una autoridad sin control de las rutas, cuando incluso estaba prohibido que esas unidades circularan por la 11 desde la entrada del RUTA. Todo era un nido de irregularidades.

Para que Julio se volara un alto existieron muchas condiciones que lo permitieron. Y, sobre todo, si la movilidad se hubiera entendido como un derecho y no como una mercancía, esto no habría pasado y Manu estaría vivo.

El proceso jurídico estuvo plagado de irregularidades y violaciones a los derechos de sus padres, Luz del Carmen Zenteno y Ramón Vara Pizzini. Muy pronto fue evidente que el “dueño de la concesión” quiso deslindarse de Julio, obligándolo a firmar su renuncia a la aseguradora y al acompañamiento legal. Los padres de Manu tuvieron que intervenir para impedir que el concesionario se hiciera a un lado y evadiera su responsabilidad. Y entonces, aun siendo víctimas, comprendieron que Julio también lo era.

Después de varios meses, cuando el proceso avanzó y logramos que la aseguradora no se deslindara, Luz y Ramón tomaron una decisión inmensa y profundamente nobleperdonar a Julio y llegar a un acuerdo absolutorio. Desde Manu Vive teníamos un sueño: que Julio se convirtiera en aliado, que ayudara a hablar con otros conductores de transporte público, que se sumara a la causa, impulsara la organización de su gremio y, juntas y juntos, transformáramos radicalmente la movilidad y el transporte público en Puebla.

Ese sueño se apagó pronto. Al salir de la cárcel, Julio difícilmente quiso mantener el contacto y no expresó gratitud por la decisión. En lo personal, me enojé mucho.

Pero los padres de Manu me calmaron. Hoy entiendo que sus propias limitaciones humanas lo llevaron a tomar esas decisiones.

No todos los siniestros viales son iguales, no en todos hay condiciones para tener estas reflexiones. Cada víctima decide cómo vivir su duelo y cómo entender la justicia, porque no hay una, sino muchas. Esta es la historia que nos tocó vivir.

En el marco de nuestro séptimo aniversario, convencí a Luz de inscribirse en el Premio Carmen Serdán. Me organicé con nuestro equipo más cercano para apoyar la postulación y su difusión. Semanas después recibimos la noticia: era finalista y estaba convocada a la ceremonia. Ahí supimos que sería la ganadora.

En enero de 2026, la familia de Julio buscó a Luz y Ramón para informarles que estaba gravemente enfermo y que sentían que no mejoraba porque cargaba con la culpa por la muerte de Manu.

Sin dudarlo, Luz y Ramón fueron al hospital. No pudieron verlo porque estaba en terapia intensiva, pero grabaron un video para que se lo acercaran y pudiera escucharlo mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Aunque lo habían perdonado desde casi el inicio, nunca habían tenido un encuentro para dialogar esa herida. Hace una semana, en una comida familiar de Manu Vive, en el marco de una pequeña celebración íntima para Luz del Carmen por recibir el Premio Carmen Serdán, nos compartieron esta situación.

Julio falleció en Puebla el 24 de enero, a los 27 años, casi la misma edad que tenía Manu al morir. Se fue perdonado por la familia Vara Zenteno y por la familia que conformamos Manu Vive. Hay una dignidad profunda en el perdón, porque lo que verdaderamente nos daría justicia es que nadie más muriera en las calles.

Daríamos todo porque Manu y Julio estuvieran aquí y porque nada de esto hubiera ocurrido. Los llevamos en la memoria para seguir luchando, para que nadie más muera en las calles, para abolir el sistema del hombre camión y para dignificar el transporte público de Puebla.

 

 

 

 

Descansa en paz, Julio.
Un abrazo grande a tu familia.
Solidaridad y amor para ustedes.