Lunes 09 de Febrero de 2026 |
Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, 2026 Cada 11 de febrero se nos recuerda que las niñas y las mujeres también hacemos ciencia. Esa palabra “también” es incómoda y reveladora. Existe porque durante siglos la ciencia se pensó, se escribió y se enseñó como si fuera neutral y universal, cuando en realidad fue construida desde una sola experiencia del mundo: la masculina. Muchas ideas que se asumieron como verdades científicas no lo eran. Eran interpretaciones atravesadas por prejuicios culturales, de género y de poder. Y cuando una idea se legitima como “científica”, deja de discutirse. Así, el sesgo se convierte en norma. ¿Y las mujeres? Durante décadas, la ciencia explicó el origen de la civilización como una historia protagonizada por hombres: cazadores, fuertes, inteligentes, proveedores. Las mujeres aparecían como figuras secundarias, esperando en las cavernas con las crías. Paul S. Martin sostuvo que los hombres, al enfrentarse a grandes mamíferos como los mamuts, desarrollaron inteligencia, carácter agresivo y capacidad estratégica; la carne obtenida sería llevada a mujeres y crías que aguardaban pasivamente. Charles Darwin fue más lejos al afirmar que la caza requería habilidades intelectuales superiores, y concluyó que las mujeres, al no practicarla, habríamos desarrollado cerebros menos capaces, llegando incluso a compararlos con los de razas “inferiores”; conclusión no sólo machista, también racista. Todo eso fue presentado como ciencia. El problema no era la falta de datos, sino la incapacidad de imaginar a mujeres fuertes, activas y capaces. Cuando los hallazgos arqueológicos mostraban herramientas de caza, se asumía que pertenecían a hombres. No se analizaban restos óseos con perspectiva de género; se clasificaban desde el prejuicio. Lo que la ciencia ignoró… y hoy confirma Las investigaciones contemporáneas en paleoantropología y arqueología cuentan otra historia. Hoy sabemos que las mujeres no sólo participaron en la caza, como lo demuestra el trabajo de Randall Haas sobre cazadoras en las primeras Américas, sino que fueron el pilar de la supervivencia cotidiana. Sin la recolección sistemática de frutos, tubérculos y legumbres, que era realizada mayoritariamente por mujeres, las primeras comunidades humanas habrían muerto de hambre. Sin la domesticación de plantas, impulsada por ellas, no existiría la agricultura. Sin el diseño y confección de ropa, los climas extremos habrían provocado muchas más muertes. Sin el desarrollo del lenguaje asociado a la crianza y al cuidado, no habría surgido la vida social compleja que hoy llamamos civilización. Nada de esto es anecdótico. Es estructural. Y, sin embargo, fue invisibilizado durante siglos. Del mito prehistórico al cerebro moderno Estos sesgos no se quedaron en el pasado remoto. Se trasladaron a la biología, la medicina y la neurociencia. En el siglo XIX, Gustave Le Bon afirmaba, por supuesto, desde su autoridad científica, que incluso en las razas más inteligentes existían mujeres con cerebros similares al de un gorila. No era una opinión marginal: era ciencia aceptada. Así se sembraron mitos duraderos como el del “cerebro masculino” lógico y matemático frente al “cerebro femenino” emocional y multitarea. Estudios como el de Angus Bateman en 1948, con moscas de la fruta, reforzaron la idea de que los hombres estaban biológicamente programados para la promiscuidad y las mujeres para el cuidado del hogar. Durante más de seis décadas nadie revisó críticamente sus métodos, pero sus conclusiones se usaron para justificar desigualdades sociales muy reales. Incluso investigaciones más recientes sobre diferencias cerebrales entre hombres y mujeres omitieron variables básicas, como el volumen total del cerebro, generando conclusiones que, de ser ciertas, exigirían cerebros femeninos un 50 % más grandes de lo que realmente son. Otra vez, el problema no fue la ciencia, sino cómo y desde dónde se hacía. Neurosexismo, silencios y el efecto Matilda Estas ideas no sólo moldearon teorías, sino trayectorias de vida. El neurosexismo y el efecto Matilda explican cómo el trabajo de mujeres científicas fue sistemáticamente minimizado, negado o atribuido a colegas hombres. Desde advertencias médicas sobre los “peligros” de educar demasiado a las mujeres, hasta descubrimientos clave borrados de la autoría, la ciencia también ha sido un espacio de exclusión. Pero cuando las mujeres entran a los laboratorios, las preguntas cambian. Y cuando cambian las preguntas, cambian las soluciones. Ciencia hecha desde la experiencia de las mujeres Un ejemplo claro y actual es el trabajo de la Dra. Tatiana Fiordelisio Coll, quien encabeza un laboratorio en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Su equipo desarrolló una prueba portátil de ADN-VPH que arroja resultados en solo 30 minutos y permite que las mujeres tomen la muestra por sí mismas. Este avance no es solo tecnológico. Es profundamente político y social. Parte de una realidad que la ciencia tradicional ignoró durante décadas: para muchas mujeres, la exploración ginecológica implica vergüenza, miedo, barreras culturales o experiencias previas de violencia. Al permitir la autotomía, se rompen obstáculos que impedían la detección oportuna del cáncer cervicouterino. Aquí la ciencia no sólo mide, analiza y diagnostica, lo más importantes es que las mujeres escuchan a sus pares. Y cuando nos escuchamos y nos vemos reflejadas, salvamos vidas. Para las madres… y para las niñas Este texto no es sólo para celebrar una fecha. Es para abrir una conversación entre madres e hijas. Para las madres, porque sabemos que la ciencia que excluye también enferma, diagnostica tarde y cuida mal. Y porque enseñar a nuestras hijas a cuestionar no es sólo sembrar rebeldía, también es pensamiento crítico. Para las niñas, porque la curiosidad no es sólo un rasgo masculino. Preguntar “¿por qué?” es un acto científico. Porque su cuerpo, su mente y su experiencia importan en los libros, en los laboratorios y en las decisiones de salud pública. Necesitamos más niñas haciendo ciencia, sí. Pero, sobre todo, necesitamos una ciencia que deje de llamarle verdad a sus prejuicios. Honrar a las mujeres en la ciencia es también construir un futuro donde nuestras hijas no tengan que pedir permiso para saber.
Este texto inaugura Re-pensar la ciencia, un espacio quincenal para cuestionar lo que nos dijeron que era incuestionable y para mirar el conocimiento desde otros ángulos. La invitación está abierta: a madres que dialogan con sus hijas, a niñas curiosas, a jóvenes críticas y a todas las personas que creen que la ciencia no pierde rigor cuando se revisa, sino que gana justicia. Nos leemos cada quince días, para seguir preguntando, juntas y juntos, cómo construir un conocimiento que nos nombre, nos cuide y nos incluya.
|