Martes 10 de Febrero de 2026 |
Pareciera ayer cuando varios de nosotros vimos a este conejito malo presentarse en la Feria de Puebla, en tiempos de los Moreno Valle; quién diría que algún día lo veríamos, según la NBC, convertirse en el medio tiempo más visto de toda la historia, al ser visto por 135.4 millones de personas. Puede que su presentación nunca logre superar la realizada por Michael Jackson (que, siendo honestos, ¿quién podría?), pero Bad Bunny entendió el momento histórico que está viviendo la comunidad latina. Pero lo que no podemos discutir es que tuvo las agallas de fijar postura en el escenario, en un momento donde hacerlo implica costos políticos y económicos reales. Porque lo que ocurrió en el Super Bowl no fue solo un espectáculo musical. Fue una intervención cultural y política en el evento más estadounidense que existe, en medio de un contexto marcado por la persecución contra la población latina: redadas, deportaciones, criminalización del migrante, niños utilizados como carnadas para deportar a sus padres y un discurso oficial que insiste en denigrar a toda la comunidad latina (y sí, cuando hablo de toda, también aplica para ti, amiguito que nos lees y te sientes menos latino por ser un 10 % de descendencia española, francesa, libanesa, etc., etc.; que si Trump fuera Hitler, a ti también te volvería jabón). Lo que más me gustó fue que Bad Bunny no se americanizó para ser consumible; desde decir su nombre real, Benito Antonio Martínez Ocasio, fue un contraste enorme con la anterior presentación de Shakira y Jennifer López en el mismo escenario: basta recordar los inicios de Shakira para notar cuánto se ha transformado. Pero Bad Bunny hizo lo contrario, donde Puerto Rico estuvo presente de principio a fin. Un territorio colonizado, administrado políticamente por Estados Unidos, pero que nunca fue domado. Demostrando que la lengua sigue viva, la cultura sigue firme, la identidad latina nunca se perdió. Y Bad Bunny llevó ese mensaje al escenario más visto del planeta, tanto así que las marcas, por tan solo 30 segundos, llegan a pagar hasta 8 millones de dólares, aproximadamente. El Super Bowl fue colonizado: el símbolo del orgullo nacional estadounidense se transformó por una noche en una fiesta latina, ocupado por referencias culturales dirigidas directamente a la comunidad latina, dentro y fuera de Estados Unidos (y que todos entendimos). Las imágenes no fueron casuales: el niño dormido en una silla —una escena que muchos vivimos en la infancia—, el taquero de la calle, los raspados, lo cotidiano, lo que no suele aparecer en los libros de historia, pero que forma parte de nuestra memoria colectiva. Y la aparición de una figura clave: María Antonia Cay, dueña del Caribbean Social Club, que durante 50 años ha sido un refugio de la comunidad puertorriqueña en Nueva York. Sí, esa mujer adulta mayor que sirve un trago a Bad Bunny es un símbolo de resistencia viva de la comunidad latina en Estados Unidos, una figura tan respetada por la comunidad boricua que incluso el 22 de junio es considerado su día. Y como si de Yakko Warner, de los Animaniacs, se tratara, Benito dio una lección de geografía a los estadounidenses, donde nombró a todos los países que conforman América, desde Canadá hasta Argentina, rompiendo la idea de que “América” pertenece a un solo país. Y cambiar esa narrativa fue sumamente poderoso. Recordando con “Together we are América” que Estados Unidos no es dueño del continente, sino solo parte de él; ya me imagino la cara de Trump cuando vio ese balón. Y ni qué decir de la presentación de Ricky Martin, que, aunque breve, fue profundamente conmovedora, donde con solo una pequeña frase que alude a lo ocurrido con Hawái logró activar una memoria histórica incómoda que todo latinoamericano conoce: el despojo, la colonización y la apropiación de la que hemos sido víctimas siempre. “Quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya, no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái” no es una canción exagerada; es, en resumen, lo que todos sentimos cuando recordamos a Texas y Santa Anna. Donde Estados Unidos, como toda potencia imperial, ha construido su riqueza empobreciendo a los países más pequeños de América Latina: saqueo de recursos, intervenciones políticas, gentrificación que desplaza a los oriundos y, después, cuando esas poblaciones migran buscando sobrevivir, criminalizarlas. Y la famosa “casita” terminó reforzando el mensaje. La presencia de figuras internacionales como Karol G, Pedro Pascal, la mexicana Eiza González y la cantante lesbiana Young Miko, entre otros artistas, reforzó la interculturalidad del evento. No fue solo un show musical: fue resistencia. Y que Lady Gaga interpretara su música en ritmo latino, con sus intentos de baile, nos recuerda solo una cosa: no, no todos los estadounidenses son el enemigo. Aunque debo aceptar que hubiera sido genial escucharla en español. Así que aquí no se juzga la calidad musical de Benito. Tan poderoso que hubo reacción política por parte de Trump. Y lo que sonó esa noche a todo volumen en el corazón del espectáculo nacional más grande de Estados Unidos fue: |