Miércoles 11 de Febrero de 2026 |
México ha reformado leyes, ha cambiado nombres de instituciones, ha creado nuevos cuerpos de seguridad y ha incrementado presupuestos. Sin embargo, como país seguimos enfrentando un desafío estructural persistente: durante décadas, los modelos de seguridad pública se han construido privilegiando la reacción al delito por encima de la prevención. Ese enfoque, acumulado históricamente en distintos niveles de gobierno, hoy muestra con claridad sus límites. Desde el ámbito municipal —como primer nivel de contacto del Estado con la ciudadanía— este desafío se observa con particular nitidez. Tradicionalmente, la política de seguridad ha descansado en herramientas reactivas como el patrullaje, los operativos y la detención, lo que ha dejado en segundo plano una dimensión igualmente estratégica: la prevención social, territorial y comunitaria de la violencia. Reconocer este límite estructural no implica desvalorizar el trabajo policial. Por el contrario, una policía profesional, cercana y bien capacitada es una condición indispensable para cualquier política de seguridad eficaz. Sin embargo, la evidencia acumulada muestra que cuando el modelo se concentra únicamente en la reacción al delito, su margen de impacto es limitado, pues interviene cuando el daño ya se ha producido, la ruptura social ya se ha expresado y el conflicto ya se ha instalado en el territorio. La experiencia comparada y múltiples ejercicios locales coinciden en un punto clave: los entornos importan. El deterioro del espacio público, la falta de oportunidades para jóvenes, la fragmentación comunitaria y el abandono urbano generan condiciones que incrementan los riesgos de violencia. Atender estos factores no es una agenda paralela a la seguridad, sino una parte sustantiva de ella. En el ámbito municipal, la seguridad debe entenderse como una política transversal. No compete únicamente a las áreas policiales, sino también al urbanismo, al deporte, a la cultura, a la educación, al desarrollo social y a la recuperación del espacio público. La prevención situacional —mejor iluminación, diseño urbano seguro, parques activos y calles habitables— no es un lujo ni un complemento decorativo: es una herramienta concreta de protección ciudadana. Desde la Comisión de Seguridad y Justicia del Ayuntamiento de Puebla, que tengo el honor de presidir, hemos planteado la necesidad de avanzar hacia un enfoque integral que articule tres dimensiones fundamentales: una policía profesional, un territorio activo y una comunidad organizada. Este enfoque no busca sustituir funciones ni desdibujar responsabilidades, sino fortalecer la política de seguridad desde una visión más amplia, coordinada y sostenible. Un parque abandonado no es únicamente un problema urbano. Es una oportunidad perdida para la convivencia. Una colonia sin espacios seguros para jóvenes no es solo una carencia social. Es un factor de riesgo acumulado. Y una política de seguridad sin coordinación interinstitucional no es únicamente ineficiente: reduce el impacto real de las acciones públicas. Durante años se ha privilegiado una narrativa reactiva que pone el énfasis en el control inmediato, cuando el verdadero desafío está en construir prevención estructural. Cambiar este paradigma no es sencillo. Implica planeación, coordinación interinstitucional, inversión inteligente y voluntad política. Pero también abre la posibilidad de generar resultados más duraderos, legítimos y socialmente sostenibles. Los municipios tienen hoy una oportunidad estratégica: liderar procesos de transformación desde el territorio, aprovechar su cercanía con la ciudadanía y construir modelos de seguridad más humanos, preventivos y eficaces. No se trata de improvisar, sino de evolucionar institucionalmente. La seguridad del futuro no se construye únicamente con uniformes y sirenas. Se construye con comunidades activas, espacios públicos dignos, juventudes acompañadas y gobiernos que entienden que proteger no es solo vigilar, sino crear condiciones para vivir mejor. Ese es el desafío estructural que debemos transformar si aspiramos a ciudades más seguras, más justas y más humanas. |