Viernes 13 de Febrero de 2026 |
El lector debe enfrentarse a la sensación de estar de pie sobre una tierra arrasada una vez que termina de leer La libertad de las sombras de Martín Licona Rosales (Ciudad de México, 1985). Como si en el suelo donde acontecen los cuentos jamás volviera a crecer planta alguna. Ni vida animal. Ni ser humano. Los quince cuentos que integran el volumen son dolorosos. Martín ofrece poco respiro para sensaciones agradables y llena de angustia a quien se mete en sus páginas. Los comentarios de esta reseña no coinciden con el orden de los cuentos dentro del libro, más bien tienen que ver con las filias y, sobre todo, fobias de este Guajolote que Lee, porque los temores son la materia prima con la cual se escribieron los textos: Una tarde comienzan a llover ranas en un pueblo. Y llovieron ranas por días, de manera tal que sus habitantes, en lugar de preocuparse por dónde ponerlas –o al menos barrerlas–, las dejaron que se fueran acumulando. Hasta aquí pareciera que se trata de una escena cargada de humor negro. Sin embargo, nos encontraremos con el desarrollo de un cuento todavía más oscuro. La lluvia cesa hasta que las ranas comienzan a crecer y crecer no sólo en número, sino que comienzan a crecer hasta alcanzar el tamaño de un ser humano. O quizá más altas. Y entonces se meten en las casas de los pobladores que no pudieron –o no quisieron– echarlas y las ranas tienen sexo con sus mujeres y con sus hombres. Y comienzan a comer de su comida. Las ranas ocupan los puestos en los trabajos que los seres humanos ya no pueden realizar. Las ranas se ríen de las personas. Las ranas ocupan las vidas que ellos dejaron ir. Atlixco es el lugar donde Martín Licona vive. La cercanía de este pueblo mágico con el volcán Popocatépetl le da una configuración fantástica –en el más amplio sentido de la palabra– a sus historias. En el cuento “Miguel”, el volcán tiene un significado relevante y crucial para entender la historia. A Miguel, un niño con hidrocefalia, lo molestan en la escuela, en el pueblo y en todas partes donde se aparece. Su condición física es la burla de quienes lo observan. El narrador es muy cercano a Angelina –mamá de Miguel– y por ambos siente un cariño enorme. El volcán se pone inquieto y arroja ceniza y material incandescente. El pueblo tiene que ser desalojado para evitar una desgracia. Los únicos que permanecen en su casa, abrazados, son Angelina y el narrador, quien, durante la madrugada, se dará cuenta de que Miguel no está en su cama; ha salido al patio, para que, en medio de la milpa, ocurra una abducción. Una luz azul se lo lleva. El niño con hidrocefalia no era de este mundo. La libertad de las sombras nos presenta personajes femeninos violentados, rotos; en ocasiones sus cuerpos se empequeñecen y, en otras, son seres con dos cabezas. Una violencia simbólica y sexual las atraviesa en estos cuentos: la sonrisa de una mujer se convierte en granos de maíz después de ser raptada, para terror de quienes la leemos. Es entonces cuando uno se pregunta: ¿en qué país estamos? No puede ser en otro sentido la reflexión: la aridez que deja la violencia jamás permitirá el renacimiento de la vida. Así son las historias de Martín Licona Rosales: extrañas, fulminantes y dolorosas.
La libertad de las sombras de Martín Licona Rosales. Editorial Universidad de Guadalajara/Centro Universitario del Sur, 2025. |