Martes 17 de Febrero de 2026

Desde la madrugada del pasado sábado 14 de febrero, se han escrito decenas de notas, producido cientos de videos y generado miles de publicaciones en redes sociales en los medios de Puebla en torno a otra tragedia que sacude a la sociedad poblana. La constante ha sido la especulación y el sensacionalismo.

El caso ha tenido una peculiaridad respecto a las numerosas tragedias que hemos cubierto los medios de comunicación en los últimos meses, y que hace más visible la forma en que la mayoría de los medios gestiona sus coberturas. Esta peculiaridad tiene que ver con la rápida intervención de las fuerzas de seguridad para asegurar a los responsables de tan terrible hecho.

Asegurar casi de forma inmediata a quienes dispararon contra varias personas en el bar Sala de Despecho, y que las autoridades lo informaran puntualmente, desató aún más la prisa de los medios de comunicación por dar a conocer cada uno de los detalles. Existió y existe, entonces, una profunda presión mediática que obliga a autoridades de los tres órdenes de gobierno a reaccionar y a ir soltando información.

La presión mediática desbordada tampoco ayuda a que las autoridades hagan bien su trabajo. Al contrario, las empuja a salir a declarar a prisa, con titubeos, datos incompletos o versiones que luego se caen. Así, el ruido mediático no aclara los hechos: los enreda y termina debilitando aún más la confianza pública.

Las redes se llenaron de rumores, las audiencias de especulaciones, y los medios de comunicación poblanos soltamos, de forma fragmentada, cada uno de los pequeños avances que la autoridad iba comunicando, pero también decenas de conjeturas en torno al terrible caso.

Audios que señalan un ajuste de cuentas, notas periodísticas que refieren un ataque premeditado y directo, voces que señalan a una de las personas atacadas como parte del crimen organizado. Periodistas que se suman a discursos victimizantes, que matizan narrativas como “las malas compañías”, “daños colaterales” y “cobro de piso”.

La prisa, la maldita prisa por ganar el click, el view, por caerle bien al algoritmo, es deshumanizante. Aun cuando algunos medios buscan “el lado humano de la historia”, irónicamente también se suman a esa deshumanización, porque al exponer la intimidad de personas que ya no pueden decidir cómo quieren ser recordadas, se corre el riesgo de reducirlas a un relato funcional al consumo informativo, donde sus vidas se convierten en material narrativo más que en sujetos de dignidad. Las víctimas pasan de personas a personajes.

Con estas prácticas, los medios en general perdemos credibilidad y respeto, sobre todo frente a las familias de las víctimas. Son ellas quienes terminan saliendo a pedir, con dignidad, que no manchemos los nombres de quienes ya no están. Cuando eso ocurre, el periodismo deja de informar y se convierte en un vehículo para lucrar con la desinformación y el dolor ajeno.

En un mercado poblano donde más del 90 por ciento de los medios vive del financiamiento público y necesita llegar a la mesa de negociación con gráficas bajo el brazo para presumir audiencias, el sensacionalismo suele llevar ventaja. La lógica es simple: más clicks, más views, más números que vender.

El problema es que esa carrera por inflar el tráfico termina marcando la agenda y empujando a muchos medios a privilegiar el click fácil sobre el contexto y la responsabilidad periodística.

Las plumas que aún predican desde la gestión de reputaciones escupen, con su rentable abyección, que el sensacionalismo inhumano con el que lucran es un valor; que el insulto y la degradación de las víctimas y sus familias es “buena información”, y que esta es un bien exclusivo de quienes han asumido la nota roja como una licencia para ser miserables.

Estas plumas seguirán repitiendo las mismas prácticas mientras sigan siendo rentables y funcionales a los intereses que las sostienen. No cambiarán mientras el escándalo les garantice acuerdos en lo oscurito, información privilegiada y acceso al poder. Su ética no se mide en principios, sino en la utilidad que tienen para servir, desde la pluma, a quienes prefieren operar en la sombra.

A veces, vale mucho la pena perder un click.

Hasta la próxima.