Viernes 20 de Febrero de 2026 |
Estimado lector: En los últimos días han trascendido un par de hechos relevantes que, más allá de darnos algo con qué entretenernos, confirman la fragilidad actual del régimen gobernante. Por un lado, el pleito entre Julio Scherer —exconsejero jurídico de López Obrador— y Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de asesores de la Presidencia. Por el otro, la destitución de Marx Arriaga como director general de Materiales Educativos de la SEP. Si no sabe quién es, es aquel que diseñó los libros de texto gratuitos; si usted cursó la primaria entre 2018 y 2025, seguramente pudo “disfrutar” su trabajo. Lo de Marx Arriaga se volvió tendencia en redes porque se atrincheró —y sigue en ello— dentro del edificio de la SEP, inició una protesta y se autoproclamó “director legítimo”, al más puro estilo de ya saben quién. Pero más allá de la pose heroica o de la narrativa de “defensa de ideales”, el episodio revela algo más profundo: los pleitos están dentro, mucho más de lo que se quiere admitir. Estos casos no son aislados. Se suman a una cadena de tensiones que enfrenta el gobierno encabezado por Claudia Sheinbaum. Hace unas semanas, Adán Augusto López dejó su posición como coordinador de los senadores de Morena, un movimiento que llevaba tiempo cocinándose desde la aprehensión de Hernán Bermúdez Requena por sus presuntos vínculos con el grupo delictivo conocido como “La Barredora”. En su lugar ascendió el poblano Ignacio Mier Velazco, quien ya había ocupado ese rol, aunque en la Cámara de Diputados. El relevo fue estratégico: blindar a Adán del desgaste público y reposicionarlo como operador territorial. Sin embargo, también evidencia una fisura institucional. En la política mexicana, los movimientos rara vez son retiros: suelen ser reacomodos. Y en ese tablero, mantenerse vigente implica asegurar espacios, propios o heredados. Pero las grietas comienzan a multiplicarse. Todos tienen intereses, y algunos inevitablemente chocan. No es extraño; de hecho, es lo más natural en política. Cuando hay intereses en disputa, aparece la política como mecanismo de resolución. El problema no es el conflicto, sino la ausencia de mecanismos eficaces para procesarlo. A eso, en ciencia política, se le llama institucionalización. La institucionalización mide el grado de cohesión de una organización política: su capacidad para mantener unidad y reglas internas por encima de las pugnas personales. Sin ella, los proyectos se diluyen. Si no fuera relevante, habría que preguntarse cómo el PAN ha sobrevivido desde 1939, buena parte del tiempo como oposición, incluyendo el presente. Para Morena, este proceso está resultando mucho más complejo. La personalización extrema del poder tuvo consecuencias. No fueron necesariamente los ideales ni el “proyecto de transformación” los que explican sus victorias electorales, sino el liderazgo de su fundador. Al retirarse, dejó una estructura que poco a poco muestra su verdadera naturaleza: una maquinaria cohesionada más por gravitación que por institucionalidad. Y sin el centro de gravedad original, la tensión se vuelve inevitable. Algunos actores ya identifican los distintos frentes que se configuran dentro de la llamada 4T, incluyendo a sus aliados del Partido Verde y el PT, que tienen la mirada puesta en las 17 gubernaturas que se disputarán el próximo año. A nivel federal, la coalición implica ir juntos en diputaciones; pero en lo local, los partidos pueden competir por separado. Esa medición no es ideológica, es estratégica: el objetivo es quedarse, al menos, con 15 de esas 17 entidades. Desde Palacio Nacional han sido enfáticos en señalar ciertos casos que no respaldarán por razones de nepotismo —aunque la regla entre en vigor hasta 2030—. Curioso detalle, considerando que la propuesta original planteaba 2027. Estos ajustes, aparentemente técnicos, van erosionando poco a poco el nivel de cohesión interna. Recuerde, estimado lector, que en política no todo es lo que parece. Los movimientos en las altas y bajas esferas del poder rara vez son espontáneos. El intercambio de posiciones por embajadas sigue siendo una práctica vigente y hay quienes admiten, sin demasiado rubor, que los gabinetes se integran por cuotas políticas, no por afinidades técnicas (guiño, guiño). El mapa está cambiando. Las fracturas aún no son terminales, pero la pregunta relevante es otra: si habrá capacidad para contenerlas antes de que se vuelvan irreversibles. |