Lunes 23 de Febrero de 2026

México está listo. Dicen en discurso. Listo para recibir al mundo, para inaugurar estadios, para que las cámaras internacionales enfoquen sonrisas, mariachi y folclor. Lo que no sabemos es si también estamos listos para lo que siempre pasa cuando cae una cabeza del narcotráfico.

La noticia del abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue presentada como un golpe histórico por el secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, el mismo que, irónicamente, hace unos años sobrevivió a un atentado atribuido al CJNG en 2020. Aquel día intentaron asesinarlo en pleno Paseo de la Reforma y hoy le tocó coordinar el operativo contra el hombre que ordenó matarlo, con información de inteligencia proporcionada por Estados Unidos, al mero estilo de una serie de Netflix.

Donde nuestra presidenta deja atrás el discurso de “abrazos, no balazos” de su antecesor; quiero creer que este cambio no se debe a la presión del presidente del país vecino.

Un objetivo prioritario menos, eso es indiscutible.

Pero la pregunta incómoda que todos pensamos, pero nadie hace, es: ¿matar a los líderes realmente debilita al narcotráfico… o solo lo fragmenta?

La historia reciente no es alentadora. Cuando capturaron a Joaquín Guzmán Loera, el cártel no desapareció. Cuando detuvieron a Ovidio Guzmán López, cuando Ismael Zambada García terminó ante la justicia estadounidense, lo que vino después en Sinaloa fue una escalada de violencia, disputas internas, desapariciones y ciudades paralizadas por el miedo.

Las plazas no se vacían: se disputan. Y cada disputa se paga con sangre civil.

El propio Mencho es prueba de ese ciclo. Proveniente de una comunidad rural de Michoacán, creció en condiciones de precariedad. Migró, fue deportado, trabajó incluso como policía municipal antes de integrarse al Cártel del Milenio. Cuando su líder cayó, no se extinguió la estructura: se transformó. De esa fractura nació el CJNG. Es el ciclo perfecto: cae uno, surge otro. La hidra de mil cabezas que se alimenta del vacío.

Hoy, tras su muerte, ya vimos bloqueos, ataques, centrales camioneras cerradas en 15 estados. Jalisco, Guanajuato, Michoacán, que arden. Y todo esto a solo cuatro meses de que llegue el mundo a nuestro país (sin mencionar que Jalisco es sede del mismo).

Pero ¿está el Estado preparado para contener la reacción? ¿Para garantizar la seguridad no solo de los turistas, sino de quienes vivimos aquí?

Reconozco —y lo digo con respeto— a las fuerzas armadas. Son ellas las que ejecutan los operativos; los que, en pocas palabras, son la carne de cañón. Son las familias de soldados y marinos las que viven con la zozobra permanente. En este tablero de ajedrez brutal, ellos son las piezas que avanzan de frente. Y muchas veces, las que caen. Ellos son nuestro pueblo.

Pero el problema no es únicamente táctico. Es estructural.

Porque mientras las condiciones laborales sigan siendo precarias, mientras la desigualdad siga ampliándose, mientras la gente esté obligada a vivir para trabajar y no trabajar para vivir (tan solo si hubieran aprobado las 40 horas laborales con 2 días de descanso, esto, aunque no lo parezca, sería parte de esta lucha contra el narco), mientras las raíces no se atiendan, el narcotráfico seguirá siendo una opción ante la desigualdad social, donde los que se unen comienzan a tener el dinero suficiente para una vida digna para ellos y sus familias; comienzan a sentir el poder para proteger a los que aman y dejan de ser víctimas de la sociedad para, sí, pasar a ser victimarios; donde en el narcotráfico contarán con tiempo para recreación y una salida —aunque sea mortal— a la falta de oportunidades. No es justificar a los narcotraficantes. Es entender su origen: personas que no siempre quisieron meterse en esto, sino que estaban, sí, desesperadas.

Si hubiera verdadera voluntad de dignificar la vida de los de abajo —mejoras laborales reales, jornadas humanas, oportunidades efectivas— quizá menos jóvenes verían en el narco la única posibilidad de ascenso. Pero preferimos operativos espectaculares a reformas profundas. Preferimos cortar cabezas en lugar de transformar raíces.

Y así, entre conferencias triunfales y un país en llamas, Narcolandia se alista para recibir nuestro Mundial 2026.