Jueves 02 de Abril de 2026

No soy católica. Y quizá por eso me interesa tanto volver a la figura de Jesús de Nazaret en estos días de la Semana Santa. Porque cuando se le quita el peso de lo sagrado, aparece algo más incómodo… y también más cercano.

Hay una pregunta que no me suelta: ¿y si lo que incomodaba de él no era lo divino, sino lo profundamente humano?

En medio de una época atravesada por normas rígidas, jerarquías y exclusiones, su forma de estar en el mundo parecía un pequeño desajuste del sistema. No gritaba consignas, pero alteraba el orden. No hablaba de revoluciones, pero se sentaba con quienes no tenían lugar. No proponía teorías complejas, pero hacía algo más difícil: mirar de frente a las personas que el resto prefería no ver.

Tal vez por eso su historia sigue circulando. No tanto por lo que dice la religión, sino por lo que nos devuelve como espejo.

Porque si lo pensamos hoy, en clave de cultura de paz, lo suyo no era comodidad. Era una forma de tensión constante con lo injusto. Una manera de vivir donde el amor al prójimo no era una idea bonita, sino una práctica incómoda.

Amar así implica desordenar prioridades.
Implica, por ejemplo, dejar de pensar el mundo solo desde una misma persona. Implica preguntarse quién queda fuera cuando hablamos de comunidad. Implica asumir que la indiferencia también es una forma de violencia, aunque sea silenciosa.

Y ahí es donde su historia empieza a rozar con otras conversaciones actuales.

Desde el feminismo, su insistencia en la compasión abre otra grieta. Si el prójimo deja de ser solo quien se parece a nosotras y nosotros, entonces la pregunta se expande: ¿hasta dónde llega nuestra capacidad de cuidado? ¿A quién decidimos o no incluir y a quién seguimos dejando fuera?

Pero hay otra lectura menos evidente, quizá más incómoda: su relación con el castigo.

En un mundo donde castigar parece ser la respuesta automática —en lo legal, en lo social, incluso en lo personal—, su forma de actuar apuntaba hacia otro lugar. No hacia la impunidad, sino hacia algo más difícil: la transformación.

Eso hoy dialoga con lo que entendemos como antipunitivismo. No porque todo esté bien, sino porque reducir a una persona a su peor error cancela cualquier posibilidad de cambio. Pero castigar no siempre repara. Porque a veces solo perpetúa el daño.

¿Qué hacemos entonces con el conflicto? ¿Qué hacemos con el daño?

Aquí aparece otra clave: la no violencia activa.

No se trata de no hacer nada. Se trata de intervenir sin replicar la lógica de la violencia. De sostener límites sin deshumanizar. De buscar caminos que no pasen por el aniquilamiento del otro, sino por la posibilidad —incómoda, sí— de reconstruir.

Eso no es suave. Es profundamente exigente.

Implica hacernos responsables de cómo respondemos. Implica frenar la inercia del castigo inmediato. Implica preguntarnos si lo que estamos buscando es justicia… o solo desahogo.

No hay respuestas fáciles. Y quizá ahí está lo valioso.

Porque en el fondo, más que certezas, lo que deja su historia es una incomodidad persistente. Una especie de ruido de fondo que aparece justo cuando todo parece normalizado.

En ese sentido, el significado de la Semana Santa puede leerse distinto. No solo como una conmemoración, sino como una pausa incómoda. Un momento para mirar aquello que preferimos no cuestionar.

  • ¿De verdad estamos construyendo paz o solo evitando el conflicto?
  • ¿Nuestra idea de amor alcanza a quienes viven distinto, sienten distinto, existen distinto?
  • ¿Queremos castigar o transformar?
  • ¿Podemos sostener la no violencia incluso cuando estamos heridas o heridos?

Quizá no se trata de creer. Quizá se trata de notar.

  • Notar a quién no estamos viendo.
  • Notar dónde nos estamos acomodando demasiado bien.
  • Notar qué tanto estamos dispuestas y dispuestos a movernos, aunque sea un poco, para que la vida de otras personas —y otros seres— sea más digna.

Tal vez ahí empieza algo. No una respuesta, pero sí una forma distinta de estar en el mundo. Esa propuesta que, entre muchos otros, puso sobre la mesa Jesús de Nazaret.