Miércoles 15 de Abril de 2026 |
Una mañana cualquiera, en una colonia de Cholula, una imagen comenzó a circular entre el chat de vecinas y vecinos: un perro comunitario había sido agredido hasta causarle la muerte. No era la primera vez. Hubo mensajes de indignación, tristeza, ganas de hacer algo. Días después, la conversación se apagó. La vida siguió. Pero hay preguntas que no desaparecen tan fácil: ¿en qué momento dejamos de sorprendernos por estos hechos brutales?, ¿cuándo el dolor de otros —aunque no sean humanos— empezó a volverse parte del paisaje? El maltrato animal en Puebla no es un hecho aislado. Cada año se registran cientos e incluso miles de reportes por violencia, abandono o negligencia hacia animales de compañía y fauna urbana. Muchos no llegan a denuncia formal, lo que deja ver una realidad más amplia: no solo es lo que ocurre, sino lo que dejamos pasar. Un animal en la calle no es casualidad. Es consecuencia de decisiones humanas: abandono, falta de esterilización, desinformación o una idea persistente de que su vida importa menos. Así, la ciudad se llena de presencias visibles que aprendimos a no mirar del todo. Este escenario forma parte de un problema mayor de fauna urbana, que también impacta la convivencia diaria y el entorno común. Desde la antrozoología —la disciplina que estudia la relación entre humanos y otros animales— se plantea algo esencial: la forma en que tratamos a los animales refleja cómo entendemos el cuidado, la responsabilidad y la empatía. Durante mucho tiempo, hemos habitado el mundo desde una mirada antropocéntrica: como si todo girara en torno a lo humano. Bajo esa lógica, los animales quedan relegados a lo utilitario o a lo prescindible. Sin embargo, esta visión empieza a cuestionarse, especialmente cuando entendemos que los animales son seres sintientes, capaces de experimentar dolor, miedo y bienestar. Este cambio de mirada no es menor. Nos invita a salir del centro y a reconocernos como parte de una red de vida compartida. Y en ese reconocimiento aparece algo clave: la empatía. La empatía no siempre surge sola, se construye. Se aprende en lo cotidiano, en gestos simples que transforman la manera en que vemos el mundo. El cuidado de los animales de compañía implica observar, atender, responder. Implica hacerse responsable de una vida que no puede expresar con palabras lo que necesita. Es, en muchos sentidos, una práctica silenciosa de humanidad. Y esa práctica no se queda ahí. Se expande. Quien aprende a reconocer la vulnerabilidad en un animal también desarrolla mayor sensibilidad hacia otras personas. La empatía se ensancha, se vuelve una forma de relacionarse. Por eso, hablar de bienestar animal en Puebla también es hablar de tejido social. Pero también ocurre lo contrario. Cuando la violencia o el abandono se repiten sin consecuencias, cuando ver a un animal en sufrimiento deja de incomodarnos, algo se va apagando. Poco a poco, la indiferencia se vuelve costumbre. Y una sociedad que se acostumbra al dolor —incluso el de un animal— corre el riesgo de volverse más distante y más fragmentada. Por eso, el maltrato animal no es solo un tema de protección. Es un asunto de convivencia urbana, salud pública y cultura de paz. Donde hay abandono también aparecen otros problemas: riesgos sanitarios, sobrepoblación, conflictos entre vecinas y vecinos. Pero donde hay cuidado, también se teje comunidad. En Puebla, y en todo el país, existen esfuerzos colectivos, campañas de esterilización, adopción y protección animal que demuestran que las soluciones existen cuando hay participación. Aquí también vale la pena hacer una pausa y reconocer a quienes, muchas veces sin recursos suficientes y desde el compromiso personal, sostienen esta causa todos los días: personas rescatistas, organizaciones animalistas, voluntarias y voluntarios que alimentan, esterilizan, curan, buscan hogar y acompañan procesos que otros abandonaron. Su trabajo no siempre es visible, pero es fundamental. Son una red silenciosa de cuidado que mantiene viva la empatía en la ciudad. Cuidar también es una forma de encontrarnos. No se trata de hacer algo extraordinario (aunque también). A veces comienza con lo más sencillo: no ser indiferentes. Hablar del tema es confrontar, observar lo que ocurre en nuestro entorno, preguntarnos qué podemos hacer desde nuestro espacio. Y, sobre todo, mirar hacia lo más cercano: los animales que ya forman parte de nuestra vida. La tenencia responsable de mascotas no es solo un concepto, es una práctica diaria. ¿Reciben atención, cuidado, tiempo? En muchos casos, el problema no está lejos, está en lo cotidiano. Ahí también empieza la solución. Tal vez no podemos cambiar todo de inmediato. Pero sí podemos cambiar algo: un gesto, una decisión, una forma de responder. Y a veces eso es suficiente para empezar a mover algo más grande. Porque las ciudades no cambian solo con leyes. Cambian cuando cambia la forma en que nos relacionamos. Y en esa transformación, la manera en que tratamos a los animales importa más de lo que parece. Porque al final, cuidar a los animales no es solo cuidar de ellos. Es recordar, con una suavidad que a veces olvidamos, que la vida —toda vida— merece atención. Y que en ese gesto, casi imperceptible, también se reconstruye algo en nosotras y nosotros. |