Lunes 11 de Mayo de 2026

Banxico volvió a recortar la tasa. Lo hizo en marzo y lo repitió el 7 de mayo, de modo que en dos movimientos de 25 puntos base pasó de 7.00% a 6.50%.

La decisión de mayo, además, volvió a dividir a la Junta de Gobierno, y no es un detalle menor, porque cuando un banco central baja la guardia mientras la inflación sigue fuera de la meta ya no está haciendo una travesura técnica, sino tomando una decisión con consecuencias políticas y sociales muy concretas.

La inflación general anual de abril fue 4.45% y la no subyacente 5.08%, pero en lo que sí sienten las familias en la calle los números son todavía más duros, porque alimentos y bebidas no alcohólicas subieron 6.36%, restaurantes y alojamiento 6.89% y salud 5.25%.

Según Banxico, la meta sigue siendo 3%, y esa es precisamente la parte del país que no cabe en el discurso complaciente.

Hay veces en que el poder no necesita confesarse para exhibirse y le basta con aparecer siempre del mismo lado del resultado.

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La inflación supera la meta establecida

 

Hoy el resultado es claro: Banxico le abarata al gobierno el costo de su deuda en un momento en que la inflación sigue muy por encima de la meta del 3%.

Si se toma la sensibilidad oficial de Hacienda, cada 100 puntos base mueven alrededor de 29.5 mil millones de pesos en el costo financiero; traducido a los 50 puntos base acumulados de este año, estamos hablando de un alivio potencial cercano a 14.75 mil millones de pesos. Es margen real.

Ese margen no le cae a la Tesorería como un saco de billetes listo para repartir mañana; no funciona así, pero sí le da aire al gobierno hacia el cierre de 2026 y hacia 2027.

Para un régimen que ha hecho del reparto de recursos una herramienta de control político, tener margen es tener tiempo y poder, es capacidad de sostener gasto, de comprar tranquilidad, de seguir pateando correcciones y de seguir presentando como “justicia social” lo que muchas veces no es otra cosa que administración electoral del dinero público.

El punto no es que esos casi 15 mil millones ya estén en la caja; el punto es que Hacienda gana espacio justo cuando la presidenta necesita margen para maniobrar.

La pregunta seria no es si gana el gobierno, sino quién paga ese respiro, porque el dinero no sale de la nada y alguien lo tiene que pagar.

Si Banxico abarata arriba mientras la inflación sigue alta abajo, alguien absorbe el desgaste y, como lo sabemos bien en México, ese alguien nunca es el gobierno, sino la población.

¿Quién sale más afectado si el Estado se ahorra intereses?

 

Este es el mecanismo: el Estado se ahorra intereses, pero si el banco central baja la tasa cuando la inflación sigue alta, el costo reaparece por otro lado, en un peso que protege menos, en ahorros que rinden menos, en precios más altos y en salarios que alcanzan para menos.

El gobierno gana margen, pero en la calle todos lo pagamos.

Banxico mismo reconoció en su comunicado de mayo que las expectativas de inflación para el cierre de 2026 aumentaron y que la convergencia a la meta de 3% sigue viéndose hasta el segundo trimestre de 2027.

Es más, ni siquiera Banxico puede decir que el problema ya pasó y, aun así, ya concedió 50 puntos de alivio al gobierno. No se necesita tener doctorado en Economía para verlo.

Los primeros que pagan son los que viven de su quincena, porque a ellos no les sirve de mucho escuchar que la inflación general bajó unas décimas si la comida, la salud y los servicios siguen subiendo por encima de lo que crece su ingreso.

También pagan los que ahorran con prudencia y descubren, una vez más, que el saldo nominal puede seguir ahí mientras el valor real se adelgaza.

Pagan los pequeños negocios, que compran insumos más caros, venden a clientes más apretados y quedan atrapados entre costos que suben y márgenes que se encogen.

Pagan los que deben o los que están por pedir crédito, porque una economía con inflación terca nunca regala estabilidad, aunque la tasa de referencia baje un poco.

Tristemente, pagarán también nuestros niños y jóvenes cuando entren a trabajar, porque patear el bote no corrige nada de fondo y el problema regresa después en forma de más deuda, más inflación o más impuestos.

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¿Estamos atravesando una crisis Economía?

 

Eso es lo que vuelve tan delicada la conducta de Banxico. No porque estemos ya en una crisis como la de los setenta o los ochenta, no estamos allí, sino porque México conoce demasiado bien la lógica de un banco central complaciente con el Ejecutivo.

Todo empieza con decisiones que se presentan como razonables, un ajuste pequeño, un recorte “prudente”, un voto dividido que se vende como equilibrio.

Luego viene la narrativa de que la inflación importante ya está cediendo, de que la economía necesita estímulo, de que el banco central todavía sigue siendo restrictivo, y así la línea se mueve.

La prioridad deja de ser defender la moneda y empieza a ser no incomodar demasiado a la presidenta.

Ese es el fondo político del recorte de mayo.

No hace falta demostrar una obediencia formal para sostener una subordinación funcional, porque si el banco central toma decisiones que alivian al Ejecutivo y trasladan el riesgo a la población, entonces el servicio al poder ya no está en la orden, sino en el efecto.

Y el efecto está a la vista: 50 puntos base acumulados que se traducen en casi 15 mil millones de pesos de alivio para el gobierno federal, mientras la inflación sigue por encima de la meta y las familias siguen sintiendo, en lo que sí compran y sí pagan, aumentos mucho más cercanos a 5 o 6% que a la meta del 3%.

Banxico sigue hablando de autonomía, pero si sus decisiones le bajan presión a la presidenta y le dejan el costo a la población, entonces la autonomía empieza a parecer más una fórmula administrativa que una realidad económica. Al final pagan los mismos de siempre, primerolos más pobres.

 

 

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