Miércoles 20 de Mayo de 2026

El pasado 10 de mayo, en el National Post de Canadá, se publicó, en letras rojas, un desplegado que debería ser motivo de reflexión en México, no por morbo comparativo, sino porque pone a la luz algo que aquí repetimos como diagnóstico: estamos escasos de políticos a la altura del reto.

El anuncio, pagado por Thomas S. Caldwell, presidente de Caldwell Financial Ltd, no es una vacante de empleo. Es un SOS.

Y el texto habla de Canadá, pero bien podría haber salido en la sección de opinión de cualquier diario mexicano.

“Se solicita ayuda. Una nueva generación de políticos, para los tres niveles de gobierno”.

La frase suena a convocatoria de reclutamiento, pero la lista de requisitos revela la dimensión del vacío.

No piden carisma ni manejo de redes. Exigen entender que el crecimiento económico de base amplia genera empleo.

Reconocer que el exceso de impuestos y regulaciones lo mata.

Trabajar dentro de un presupuesto sin tapar hoyos con más deuda.

Poner la prosperidad del país por encima del interés personal, de partido o de grupo.

Restaurar la confianza en el gobierno y el orgullo nacional.

Si eso suena básico, es porque lo es. Y si suena utópico, también lo es.

Porque el problema no es que no sepamos qué hacer. El problema es que no hay quién lo haga.

En Canadá, una economía avanzada con instituciones sólidas, un financiero con peso se ve obligado a comprar una plana completa para decirle a la clase política: “hace falta otro tipo de líder”.

En México llevamos años diciendo lo mismo desde tribunas menos costosas, pero con la misma frustración.

La diferencia es de grado, no de naturaleza.

La crisis de liderazgos es regional. Mientras en Canadá se debate la fuga de talento joven hacia economías con mejores sueldos y menores impuestos, en México discutimos la captura de instituciones por intereses de grupo.

Mientras allá piden políticos que celebren la historia y los logros del país, aquí celebramos más la lealtad al jefe en turno que la capacidad de gestionar.

El común denominador es la degradación del oficio político: convertirlo en gestión de incentivos a corto plazo, en administración de lealtades y en simulación de resultados.

El desplegado canadiense tiene una virtud incómoda: no culpa al sistema. Culpa al insumo.

Dice que hace falta “una nueva generación de políticos”. No pide reforma constitucional.

Pide carácter, sentido común y patriotismo operativo. Eso no se legisla. Se recluta, se forma y se exige.

México está en el mismo punto, con agravantes.

Nuestro calendario electoral es permanente. Nuestro incentivo al político es sobrevivir al ciclo, no dejar obra. Y nuestro mercado de talento político está cada vez más cerrado: los partidos reclutan entre los mismos apellidos, los mismos grupos y las mismas canteras agotadas.

El resultado es el que vemos: gobiernos que heredan problemas y los devuelven más grandes; oposición que critica, pero no propone; y ciudadanía que vota por hartazgo, no por convicción.

La lección del anuncio de Caldwell no es que Canadá esté peor que nosotros. Es que nadie está blindado.

Las democracias maduras también se vacían cuando el oficio político deja de atraer a los mejores. Cuando ser servidor público se convierte en sinónimo de sospecha, el talento se va al sector privado, a la academia o al extranjero.

Y se quedan los que ven la política como trinchera o como negocio.

Si México quiere romper ese ciclo, tiene que hacer lo que el desplegado canadiense sugiere sin decirlo: cambiar el estándar.

Dejar de premiar al político que sabe sobrevivir y empezar a buscar al que sabe construir.

Dejar de medir al candidato por su lealtad y medirlo por su expediente. Dejar de conformarnos con “el menos malo” y exigir “el que sabe”.

No es un problema de partidos. Es un problema de oferta.

Mientras no haya políticos con el perfil que Canadá está pidiendo en una plana de periódico, seguiremos teniendo el gobierno que merecemos.

Y ese es un mal que, como se ve, no respeta fronteras.

Tómelo con atención

La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) volvió a tomar las calles. Esta vez, no solo piden más dinero.

Amenazan con algo que va más allá de sus demandas: advierten que “el balón no rodará” en los estadios sede del Mundial 2026, si no les cumplen.

La educación mexicana hoy está en una paradoja: se negocia el salario de los maestros con la Copa del Mundo como moneda de cambio.

Y mientras tanto, en las aulas, el verdadero partido se está perdiendo.

La pandemia de COVID-19 dejó una herida abierta: miles de niños y jóvenes abandonaron la educación básica y media. No regresaron.

Pero el golpe más fuerte vino después. Porque varios años sin clases regulares, sin evaluación y sin acompañamiento generaron un rezago educativo que hoy es una losa.

Los datos son tercos: los niños de primaria no leen al nivel que deberían. Los de secundaria no dominan matemáticas básicas. Y los de bachillerato llegan a la universidad arrastrando carencias que ya no se tapan con buena voluntad.

El problema ya no es solo que el maestro gane poco. Es que el sistema dejó de enseñar.

Y aquí está el error de diagnóstico: creer que la solución a la crisis educativa se resuelve en la mesa de negociación salarial.

Mejorar las condiciones laborales de los maestros es justo y necesario.

Nadie forma ciudadanos sin maestros bien pagados, bien capacitados y bien respetados.

La crisis del sistema educativo mexicano tiene tres frentes:

Primero, la recuperación de aprendizajes. Necesitamos un plan nacional para detectar a los alumnos con rezago y nivelarlos. No hay tiempo que perder.

Segundo, la permanencia. Si un joven abandona la escuela a los 14 años, difícilmente regresa a los 18. Hay que ir a buscarlo, con becas, con acompañamiento y con escuelas que sean más que cuatro paredes.

Y tercero, la calidad. No podemos seguir evaluando el éxito de la educación por la cantidad de plazas entregadas o de paros evitados.

Hay que medir por lo que el alumno sabe, por lo que el alumno puede hacer cuando sale de la escuela.

Amenazar con boicotear el Mundial 2026 no resuelve el problema de la niñez que en sexto grado no sabe leer bien.

Parar las calles no devuelve al joven que dejó la preparatoria por falta de acompañamiento.

El Mundial va a llegar. Y México tiene que mostrar su mejor cara. Pero la mejor cara de un país no está en un estadio. Está en sus aulas.

Si seguimos confundiendo la negociación laboral con la política educativa, vamos a tener maestros mejor pagados… y alumnos peor preparados.

La educación no aguanta otro sexenio de parches. El Mundial es en 2026. Pero el examen para México es hoy. Y se está haciendo en cada salón de clases del país. Ojalá lo pasemos.

Tómelo con interés

Campesinos, transportistas y otras organizaciones se suman a las protestas magisteriales.

A menos de un mes de que inicie la Copa del Mundo en nuestro país, las demandas son variadas y numerosas, así como el camino para que la gente sea escuchada, que parece ser la manifestación y la violencia en las calles de las ciudades sede del campeonato mundial.

Mientras miles de turistas arribarán a México con el plan de disfrutar de la contienda futbolística, combinando cultura, gastronomía y tradición, se enfrentarán a grupos con distintas protestas e inconformidades que afectarán, más allá de la imagen y las experiencias, la reputación de México como anfitrión y organizador de la Copa del Mundo.