Jueves 28 de Mayo de 2026

Los municipios no existen para obedecer al gobierno en turno. Existen para representar a los ciudadanos de la ciudad. Parece una obviedad, pero en Puebla comienza a convertirse en una anomalía.

Cada vez se vuelve más evidente que los Ayuntamientos han dejado de comportarse como un poder autónomo y empiezan a funcionar como una extensión administrativa del Ejecutivo estatal.

El problema no es únicamente político. Es institucional. Y sus consecuencias pueden ser profundas para la ciudad en los próximos años.

Los ediles llegan a la presidencia municipal con la responsabilidad de defender los intereses ciudadanos, administrar su territorio, proteger su patrimonio urbano y ejercer las facultades que la Constitución otorga al municipio libre.

No fueron electos para convertirse en operadores territoriales del gobierno en turno.

Sin embargo, los hechos comienzan a dibujar otra realidad.

 

Te puede interesar: El arte de destruir instituciones

 

¿Por qué el ayuntamiento de Puebla cedió el Paseo Bravo?

 

El Paseo Bravo, por ejemplo, uno de los espacios históricos y simbólicos más importantes de la ciudad, termina cedido al gobierno estatal bajo el argumento de que el Ayuntamiento “no tiene recursos”.

Después vienen los proyectos estatales que avanzan sobre espacios, vialidades y decisiones urbanas municipales.

Luego aparece la intención de que el estado participe en la recaudación de los prediales, es decir, en la principal fuente de autonomía financiera de un municipio.

Finalmente llegan los permisos acelerados para proyectos polémicos como el cablebús, aun cuando existen cuestionamientos técnicos, urbanos y ambientales que merecerían una discusión mucho más seria y transparente.

Todo parece seguir la misma lógica: el Ayuntamiento cede; el estado decide.

 

¿Para qué sirven los Ayuntamientos?

 

El problema no es que exista coordinación entre niveles de gobierno. Eso es normal y muchas veces necesario.

El problema aparece cuando desaparece cualquier forma de tensión institucional.

Cuando el Cabildo deja de comportarse como un órgano deliberativo y se convierte en una oficialía de partes.

Cuando la planeación urbana deja de responder a criterios técnicos y comienza a responder a prioridades políticas definidas desde Casa Aguayo.

Ahí es donde empieza el deterioro democrático.

Puebla necesita gobiernos municipales que piensen como municipio, no como sucursal del Ejecutivo estatal. Porque el gobierno tiene intereses distintos a los de la capital.

El estado piensa en control político territorial, en megaproyectos, en narrativa pública, en operación presupuestal y en consolidación de poder.

El municipio, en cambio, debería pensar en banquetas, drenaje, comercio local, movilidad real, patrimonio, barrios, servicios públicos y calidad de vida cotidiana.

Esa diferencia existe por una razón histórica.

 

No te vayas sin leer: Gobierno del estado tomará control de tres parques para construcción de Cableblús

 

El artículo 115 constitucional no fue diseñado para decorar libros de Derecho.

Nació para impedir precisamente la concentración absoluta de poder en los gobernadores.

 

¿Qué sucede cuando en un estado deja de haber contrapesos?

 

Durante décadas, México padeció sistemas políticos donde los alcaldes eran simples subordinados del Ejecutivo estatal. El municipio libre buscó romper esa lógica creando gobiernos locales con autonomía política, administrativa y hacendaria.

Por eso resulta tan delicado lo que ocurre.

Porque si un gobierno controla el Congreso estatal, concentra el presupuesto, domina políticamente a buena parte de las estructuras partidistas y además cuenta con un Ayuntamiento dispuesto a concederlo todo, entonces desaparecen los contrapesos reales.

Y cuando el poder deja de tener límites, inevitablemente aparece el abuso.

La historia política de México está llena de ejemplos. Los gobernadores que acumulan demasiada influencia terminan creyendo que el estado les pertenece.

Empiezan interviniendo proyectos urbanos; después subordinan instituciones; luego colonizan organismos públicos; finalmente convierten la legalidad en un trámite adaptable a su voluntad política.

Ningún sistema democrático funciona correctamente cuando una sola figura concentra simultáneamente capacidad presupuestal, control legislativo, influencia territorial y obediencia municipal.

Por eso preocupa tanto la actitud de los Ayuntamientos. No solamente por lo que ya cedieron, sino por el precedente que está construyendo. Porque las instituciones no se destruyen de golpe. Se erosionan poco a poco.

Un comodato aquí, una atribución allá, una autorización flexible, una excepción “temporal”, una coordinación “extraordinaria”.

Cuando la ciudadanía se da cuenta, la autonomía municipal ya existe solamente en el papel.

Puebla debería entender algo fundamental: una ciudad pierde mucho cuando su gobierno local renuncia a defenderla.

El alcalde no fue electo para agradarle al gobierno. Fue electo para representar a la ciudadanía, incluso cuando eso implique decirle no al poder estatal.

Esa es, precisamente, la función de un contrapeso democrático.