Miércoles 01 de Julio de 2026 |
La toma de espacios en la Alcaldía Cuauhtémoc por parte de Claudia Sheinbaum y Clara Brugada se articuló en dos frentes: por un lado, con el establecimiento del FIFA Fest en el Zócalo de la Ciudad de México; por otro, con la instalación de más de 30 pantallas por parte del Gobierno capitalino para que la población pudiera seguir los partidos de la Selección Mexicana y disfrutar de la fiesta del futbol. Sin embargo, el tema va más allá del Mundial de Futbol. En el ámbito institucional, el Gobierno de la Ciudad, encabezado por Clara Brugada, mantuvo el control de programas sociales clave y la relación con las bases territoriales de Morena que operan en la demarcación, lo que ha limitado el margen de maniobra de Alessandra Rojo de la Vega para construir una estructura propia. A nivel federal, Claudia Sheinbaum utilizó la proyección de la Presidencia para respaldar políticamente a Brugada y alinear a dependencias como Bienestar y Seguridad en la demarcación, desplazando la narrativa de gestión local de la alcaldía. El resultado ha sido, de acuerdo con el autor, un cerco político en el que las decisiones de mayor impacto —desde operativos hasta anuncios de obra— se originan en el gobierno federal. La posición de Alessandra Rojo de la Vega se debilitó por tres factores. Primero, llegó con una estructura partidista fragmentada tras su ruptura con el bloque opositor, sin operadores territoriales consolidados en colonias clave como Roma, Condesa o Guerrero. Segundo, el presupuesto y las facultades de las alcaldías de la Ciudad de México dependen en gran medida del gobierno central, por lo que Brugada pudo frenar o condicionar proyectos locales. Tercero, la estrategia mediática impulsada desde Palacio Nacional y el Antiguo Ayuntamiento priorizó el discurso de la "transformación desde arriba", presentando a la alcaldía como un eslabón administrativo más que como un contrapeso. Así, sin control de recursos, sin narrativa propia y sin territorio blindado, la alcaldía quedó expuesta a que la agenda fuera marcada por Sheinbaum y Brugada. Tómelo con atenciónEl Frente opositor vive su momento más débil, no por falta de votos, sino por ausencia de un proyecto y de figuras que lo encarnen. Tras la derrota de 2024, los partidos que lo integran regresaron a su lógica de feudos: el PAN disputando dirigencias estatales, el PRI administrando la estructura que conserva y el PRD prácticamente extinguido. No existe un liderazgo nacional que articule un discurso ni figuras con autoridad moral para convocar a la sociedad civil que salió a marchar en 2023. Sin cuadros competitivos en plazas clave como la Ciudad de México, el Estado de México o Veracruz, y con sus principales activos desgastados por escándalos o retirados de la contienda, el Frente quedó sin voceros. Esa ausencia de liderazgos dejó a la oposición sin capacidad para marcar la agenda ni capitalizar los errores del oficialismo. El vacío opositor se traduce, según el autor, en vía libre para Morena. Sin contrapesos visibles, el partido en el gobierno impone la narrativa, opera programas territoriales sin competencia real y atrae liderazgos locales que antes pertenecían a la oposición. La falta de actores que den la batalla mediática y territorial permite que Claudia Sheinbaum y las gubernaturas morenistas administren sus conflictos internos sin enfrentar un costo político externo. Mientras el Frente no resuelva su crisis de identidad —ni se define como derecha liberal, ni como centro socialdemócrata, ni construye nuevos perfiles—, Morena continuará avanzando en alcaldías, congresos y en la sucesión presidencial de 2030, con una resistencia mínima. La oposición no perdió por la fuerza del rival; perdió por no presentarse a la pelea. Tómelo con interésLos últimos tres años han dejado claro que el cambio climático ya no es una amenaza futura: es el agua hasta las rodillas en Ecatepec, el desbordamiento del río Tula, los socavones en Puebla y el colapso del drenaje en el Valle de México. Las lluvias atípicas dejaron de ser excepcionales para convertirse en una nueva normalidad. Cada temporada supera a la anterior en intensidad y daños, pero la respuesta oficial continúa enfocada en la reacción y no en la prevención. Se despliegan brigadas cuando ya existen damnificados, se reparten despensas cuando las familias perdieron su patrimonio y se anuncia el desfogue de presas cuando las colonias ya están bajo el agua. Tras tres años de inundaciones históricas, el autor considera que sigue sin existir un plan metropolitano de drenaje profundo, obras suficientes de contención en zonas de riesgo ni una actualización de los atlas de vulnerabilidad. La ausencia de medidas preventivas convierte cada tormenta en una crisis anunciada. Mientras continúa el debate sobre si la causa es exclusivamente el cambio climático o también la falta de mantenimiento, las familias de Chalco, Tlalnepantla, Ixmiquilpan y Cholula siguen pagando las consecuencias. Finalmente, el autor sostiene que no existe una coordinación efectiva entre Conagua, los gobiernos estatales y los municipios para desazolvar oportunamente, reubicar asentamientos irregulares y generar una cultura de prevención que modifique la forma en que la población enfrenta los riesgos derivados de las lluvias.
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