Miércoles 08 de Julio de 2026 |
Hubo un momento durante la última Copa Mundial de Futbol en que millones de mexicanas y mexicanos sentimos algo que hacía tiempo no aparecía con tanta fuerza. No era solo la emoción por un partido. Era esa sensación, tan humana, de pensar: ¿y si sí? ¿Y si esta vez era posible llegar más lejos? ¿Y si podíamos sorprendernos a nosotros mismos? El futbol tiene esa extraña capacidad de recordarnos que la esperanza puede aparecer de golpe y convertirse, aunque sea por unos días, en un idioma compartido. Personas que normalmente no hablan entre sí terminan abrazándose, discutiendo una alineación o celebrando un gol. Durante un instante dejamos de ser individuos aislados para sentirnos parte de algo más grande. Siempre me ha parecido curioso que muchas veces desconfiemos de la esperanza. Quizá porque también sabemos que puede doler cuando no se cumple. El filósofo Friedrich Nietzsche llegó a decir que la esperanza podía prolongar el sufrimiento. Y, sin embargo, otros pensadores como Ernst Bloch respondieron que, justamente, la capacidad de imaginar un futuro distinto es lo que ha movido a las sociedades a transformarse. Tal vez ambos tenían algo de razón. Porque la esperanza no siempre ha sido una emoción ingenua. Muchas veces ha sido una decisión profundamente política. Pienso en quienes, durante décadas, lucharon por el derecho al voto, por la jornada laboral de ocho horas o por la educación pública. Pienso en los movimientos obreros, campesinos y estudiantiles que imaginaron un país más justo cuando parecía imposible. Pienso en las madres que siguen buscando a sus hijas e hijos desaparecidos y que, aun en medio del dolor, se niegan a aceptar que el olvido sea el destino. También pienso en las comunidades indígenas organizadas alrededor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Más allá de las distintas posturas que existan sobre su historia, hay algo difícil de negar: recordaron al mundo que las comunidades podían construir formas propias de organización, educación y salud cuando el Estado parecía no alcanzarlas. Su apuesta nunca fue solamente resistir, sino demostrar que otro modo de convivir podía ensayarse desde abajo. Algo parecido ocurrió con muchos movimientos juveniles que protagonizaron distintas primaveras políticas en el mundo. Desde las plazas ocupadas hasta las redes sociales, miles de jóvenes salieron a decir que la democracia no podía limitarse al día de las elecciones y que la dignidad también debía sentirse en la vida cotidiana. Algunas de esas movilizaciones lograron cambios; otras fueron reprimidas o se diluyeron. Pero todas dejaron una enseñanza: incluso cuando un movimiento no alcanza todos sus objetivos, puede ampliar el horizonte de lo que una generación considera posible. La historia latinoamericana también está llena de esperanzas complejas. La Revolución Cubana despertó, en buena parte del siglo XX, la expectativa de construir una sociedad más igualitaria frente a profundas desigualdades sociales. Con el tiempo, muchas de esas expectativas convivieron con nuevas tensiones, restricciones y críticas. Quizá esa historia recuerda que ninguna esperanza política está exenta de contradicciones y que los proyectos colectivos necesitan conservar siempre espacios para la libertad, la autocrítica y la participación. Hay una idea del feminismo que siempre me ha parecido profundamente esperanzadora: los grandes cambios empiezan en la forma en que nos relacionamos todos los días. La esperanza no está únicamente en las leyes, en los gobiernos o en las grandes movilizaciones, sino también en la capacidad de cuidar la vida, de reparar vínculos, de organizarnos con otras personas y de sostenernos mutuamente cuando el camino parece demasiado largo. Tal vez por eso las transformaciones más duraderas no suelen ocurrir de golpe. Se parecen más a un tejido: miles de manos haciendo su parte, convencidas de que ningún esfuerzo por construir una sociedad más justa es insignificante. Esa idea me gusta porque cambia la escala desde donde entendemos la esperanza. Ya no depende únicamente de grandes líderes ni de acontecimientos extraordinarios. También vive en quienes organizan una biblioteca comunitaria, recuperan un parque, preparan alimentos para sus vecinas y vecinos durante una emergencia, acompañan a una mujer que decide denunciar violencia o siembran árboles sabiendo que quizá será otra generación quien disfrute su sombra. Desde la cultura de paz solemos pensar que la paz no consiste únicamente en que no haya violencia. Significa construir condiciones para que las personas puedan desarrollar sus proyectos de vida con dignidad. En ese camino, la esperanza deja de ser un sentimiento pasivo para convertirse en una práctica compartida. Me gusta pensar que la esperanza funciona un poco como una fogata. Una persona sola tal vez puede mantenerla encendida durante mucho tiempo, pero le requerirá mucho esfuerzo y energía. Cuando varias se acercan con cuidado, cada quien aporta un poco de leña y todas procuran que el fuego no se apague, entonces alcanza para alumbrar y dar calor a muchas más. Quizá por eso Paulo Freire decía que la esperanza, por sí sola, no transforma el mundo, pero tampoco puede transformarse el mundo sin esperanza. No creo que la esperanza sea cerrar los ojos ante los problemas. Al contrario. Creo que la esperanza más valiosa nace cuando miramos la realidad completa, con sus heridas y sus posibilidades, y aun así decidimos seguir participando. La esperanza no elimina los conflictos. Nos ayuda a no renunciar a resolverlos. Y tal vez ahí empieza todo: en el momento en que dejamos de preguntarnos quién vendrá a cambiar las cosas y comenzamos a preguntarnos qué pequeña acción podemos ofrecer hoy para que otra persona también encuentre razones para creer que un futuro distinto sigue siendo posible.
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