Viernes 10 de Julio de 2026

La euforia que desató el Mundial 2026 en México no viene solo del futbol, viene de una carencia.

Durante años, los jóvenes y adultos de 12 a 45 años han vivido sin buenas noticias ni eventos mundiales que los hicieran sentir parte de algo colectivo.

El Mundial y la Selección nos dieron poco más de 400 minutos para volver a creer, gritar goles y preguntarnos: "¿Y si sí?"

Esa unión no fue casualidad: fue hambre de país, respuesta a la ausencia de espacios donde coincidir sin divisiones.

El reto ahora es convertir esa emoción en estrategia.

Necesitamos replicar la convocatoria del futbol en ciencia, cultura, emprendimiento y deporte base: crear "mundiales" de innovación, ferias de oficios y ligas locales con apoyo real.

La narrativa de resiliencia que dejó la Selección debe llegar a aulas, campañas y capacitación laboral.

Y se requiere una agenda de 24 meses entre gobierno, IP, universidades y federaciones, para canalizar el entusiasmo en becas, canchas, centros comunitarios y fondos para jóvenes.

Fuera de la cancha el marcador está 0-0: o traducimos el "sí se puede" en escuelas, empleos y seguridad, o regresamos a la apatía.

Este es nuestro minuto 38: reaccionamos o solo miramos.

Tómelo con atención

Las lluvias atípicas y los eventos atmosféricos extremos dejaron de ser excepción: son la nueva regla.

Esta semana, aguaceros intensos volvieron a colapsar vialidades, viviendas y servicios en el centro del país y en la zona norte de Veracruz.

Escenas que se repiten cada temporada con mayor fuerza y menor aviso.

El dato ya no sorprende: año tras año, las precipitaciones rebasan promedios históricos, desbordan drenajes diseñados hace décadas y exhiben la vulnerabilidad de ciudades que crecieron sin planeación hídrica.

Ya no hablamos de "temporada de lluvias", hablamos de un patrón climático que golpea con más frecuencia y con menos margen de reacción.

Lo grave no es solo el agua que cae, sino lo poco que hacemos cuando no cae. A pesar de que las inundaciones son cada vez más recurrentes, no se consolidan acciones concretas para crear una cultura real de prevención.

Seguimos sin sistemas de alerta que funcionen a nivel colonia, sin mantenimiento preventivo a la red pluvial y sin una política seria de gestión de residuos.

La basura en calles y coladeras sigue siendo el detonante de la mitad de los encharcamientos severos: botellas, plásticos y desechos tapan el poco drenaje que tenemos.

Mientras normalizamos la imagen de gente rescatando su patrimonio con cubetas, ignoramos que gran parte del desastre es evitable.

No habrá infraestructura que alcance si no cambiamos hábitos, si no entendemos que prevenir no es limpiar después del caos, sino evitar que la tormenta se vuelva tragedia.

Tómelo con interés

Los casos de Javier Duarte, Roberto Borge y César Duarte muestran el mismo problema: procesos que empezaron con gran impacto mediático, pero con carpetas débiles o mal sustentadas por la Fiscalía General de la República.

Prisión preventiva excesiva, delitos ajustados sobre la marcha y pruebas mal integradas terminan en amparos, reclasificaciones o absoluciones.

El Estado apuesta a lo espectacular antes que a lo técnico, y eso alimenta la percepción de impunidad.

La falla es institucional. Faltan ministerios públicos que integren con rigor, peritajes sólidos y pruebas financieras bien trazadas.

Abundan imputaciones genéricas de peculado o lavado sin acreditar el nexo causal. El mensaje es doble: el ciudadano ve justicia simbólica y el político entiende que el tiempo y una buena defensa diluyen casi cualquier acusación.

Sin pruebas firmes desde el inicio, la corrupción se sanciona en medios, no en tribunales.