Viernes 10 de Julio de 2026

Hay pocas cosas capaces de detener un país entero.

Un terremoto. Una elección presidencial. Y un partido de la Selección Mexicana en una Copa del Mundo.

Lo demás puede esperar.

Conforme el Mundial avanzaba y las rondas eliminatorias elevaban la tensión, la fiebre del fútbol se propagaba con una rapidez difícil de explicar. No es casualidad. Tampoco es únicamente el resultado de una buena actuación de la Selección Nacional. Lo que estamos viendo es un fenómeno social mucho más profundo.

Los días de partido se convertían en días festivos. Oficinas que modificaban horarios, familias que organizaban reuniones, restaurantes llenos desde temprano y calles que, por noventa minutos, reducían su ritmo habitual. Millones de personas haciendo una pausa para mirar exactamente el mismo acontecimiento.

Pocas cosas logran eso.

El fútbol es, probablemente, el último gran ritual colectivo que sobrevive en una sociedad cada vez más fragmentada. En un país donde solemos discrepar sobre política, economía, religión o casi cualquier tema, basta un gol para que desconocidos se abracen en una plaza pública.

Durante noventa minutos desaparecen muchas de las diferencias cotidianas. El empresario y el obrero, el estudiante y el jubilado, el simpatizante de un partido y el de otro, celebran exactamente el mismo gol. Quizá por eso el fútbol despierta emociones tan intensas: porque nos recuerda, aunque sea por un instante, que todavía somos capaces de sentirnos parte de un mismo "nosotros".

Eso también explica por qué el Mundial despierta un sentimiento de patriotismo tan particular.

No se trata únicamente de un equipo jugando al fútbol. Se trata de una bandera, un himno y una identidad compartida que encuentran en la cancha una forma de expresarse.

Durante unas semanas, millones de mexicanos sienten que representan algo más grande que ellos mismos.

Y sí, aunque a algunos les incomode reconocerlo, eso también tiene una dimensión política.

No porque el fútbol deba utilizarse como propaganda, sino porque toda comunidad política necesita símbolos capaces de generar identidad, pertenencia y cohesión social. Pocas actividades consiguen despertar ese sentimiento con la fuerza que lo hace una Copa del Mundo.

Incluso existen estudios que han encontrado una relación entre el desempeño de las selecciones nacionales y el estado de ánimo de la población. Cuando los resultados deportivos son positivos, aumenta el optimismo colectivo y, en algunos casos, mejora incluso la percepción sobre el rumbo del país. No significa que un gol resuelva los problemas nacionales, pero sí demuestra que las emociones compartidas también forman parte de la vida pública.

Sin embargo, incluso las pasiones más nobles necesitan límites.

La alegría colectiva no puede convertirse en una justificación para perder de vista la responsabilidad.

Entender el significado político del fútbol es, quizás, una de las conversaciones más incómodas en las que el aficionado puede verse envuelto.

Celebrar también implica responsabilidad. El entusiasmo nunca debería desplazar el respeto por quienes nos rodean. La pasión puede explicar muchas cosas, pero jamás justificar la apatía y el desinterés por las causas justas.

Quizá esa sea la reflexión más importante que nos deja este Mundial.

El fútbol tiene una capacidad extraordinaria para sacar lo mejor de nosotros: solidaridad, compañerismo, orgullo y esperanza. Ojalá no permitamos que también saque lo peor: la violencia, la intolerancia, el racismo o la xenofobia que, en ocasiones, aparecen disfrazados de pasión deportiva.

Porque el verdadero triunfo de una sociedad no consiste únicamente en ganar partidos.

Consiste en demostrar que todavía somos capaces de celebrar juntos, de reconocernos como parte de una misma comunidad y de entender que la identidad nacional no se construye únicamente levantando una copa, sino también cuidando de quienes celebran a nuestro lado.

Dicen que en la mesa no se habla de política, de religión ni de fútbol.

Tal vez porque las tres cosas hablan, en el fondo, de lo mismo: de aquello que somos cuando decidimos creer que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.