Miércoles 22 de Julio de 2026 |
En cada Mundial de Futbol ocurre algo muy curioso: mientras millones de personas nos reunimos a ver lo que sucede alrededor de una pelota, también construimos historias sobre quienes están en la cancha y la afición que les apoya. Por todos los medios hemos visto la pasión y el orgullo por las selecciones, pero también el odio hacia algunos equipos. En esta ocasión, por ejemplo, muchas personas en América Latina expresaron su rechazo hacia la selección argentina debido a los estereotipos que existen sobre las y los argentinos: que son soberbios, arrogantes o provocadores. Y seguramente, muchas personas argentinas han escuchado también los estereotipos que existen sobre las y los mexicanos: que somos flojos, ingenuos, ruidosos, fiesteros o excesivamente amables. Pero ¿de verdad somos todxs iguales? Los estereotipos existen porque nuestro cerebro busca simplificar el mundo. Son como cajones mentales que nos ayudan a ordenar rápidamente la enorme cantidad de información que recibimos. El problema aparece cuando olvidamos que las personas no somos objetos que puedan clasificarse y guardarse en un cajón. Un estereotipo puede comenzar con una percepción, una broma o una experiencia personal. El riesgo está en convertirlo en una verdad general. Que algunos jugadores tengan una determinada actitud no significa que todo un pueblo sea así. Una selección nacional no representa, por sí misma, la personalidad completa de un país. Y un jugador tampoco representa a todas las personas que comparten una nacionalidad. La selección argentina no es Argentina entera. La selección mexicana tampoco es México (¿Se acuerdan cuando se le denominaba "La selección Azteca"?). En ambos países hay personas alegres y serias, humildes y orgullosas, generosas o introvertidas. Hay millones de historias distintas. La rivalidad deportiva no necesita un enemigo. Podemos querer que nuestro equipo gane, criticar una conducta o sentir antipatía por un jugador. Todo eso forma parte de la pasión y de la libertad de opinión. Pero para celebrar a "los nuestros" no necesitamos deshumanizar a los otros. El problema es que esta forma de pensar no se queda únicamente en lo deportivo. En la política, los estereotipos se han utilizado una y otra vez para señalar, dividir y construir enemigos. Se dice que un grupo es flojo, ignorante, peligroso, inferior o incapaz. Se reduce a millones de personas a una sola característica y después se utiliza esa etiqueta para justificar el rechazo y la violencia en su contra. La historia nos ha demostrado las consecuencias más terribles de esa lógica. Las personas afrodescendientes o indígenas han enfrentado durante siglos prejuicios que pretendían justificar la esclavitud, la segregación y la desigualdad. Los estereotipos contra el pueblo judío fueron utilizados para alimentar una de las formas más brutales de persecución y exterminio. Los estereotipos sobre el pueblo palestino se están usando para argumentar a favor de su aniquilación y el despojo de sus territorios. Por eso, aunque un comentario en redes sociales parezca inofensivo, vale la pena preguntarnos qué ocurre cuando repetimos una etiqueta sobre todo un pueblo. La cultura de paz nos invita a mirar de otra manera. No nos pide que todos nos caigamos bien ni que renunciemos a nuestras diferencias. Nos invita a convivir sin convertir esas diferencias en razones para odiar, excluir o deshumanizar. También nos invita a reconocernos. Reconocer que un pueblo puede ser distinto al nuestro y, aun así, tener la misma dignidad. Reconocer sus historias, sus luchas y sus aportaciones. Y aprender que la solidaridad entre los pueblos no exige que seamos iguales. Muchas veces nace precisamente de descubrir que, a pesar de nuestras diferencias, compartimos necesidades, esperanzas, pérdidas y sueños. Los pueblos no son bloques de una sola piedra. Son mosaicos. En México caben muchas formas de ser mexicanx. Hay quienes aman la fiesta y quienes disfrutan la soledad; quienes viven en una gran ciudad y quienes habitan una comunidad rural; quienes tienen raíces indígenas, europeas, afrodescendientes o una mezcla de muchas historias. Ninguna de esas formas agota lo que significa ser mexicana o mexicano. Lo mismo ocurre en Argentina y en cualquier otro lugar del mundo. Quizá por eso necesitamos pensar qué le queremos enseñar a las siguientes generaciones. Debemos rechazar que las niñas y los niños de hoy hereden tres generaciones de estereotipos que, de fondo, lamentablemente promueven racismo y xenofobia. Tal vez sería preferible evitar que aprendieran a desconfiar de un pueblo antes de conocer a una persona o que confundieran una etiqueta con una verdad. ¿No sería mejor que heredaran algo distinto? Como la capacidad de competir sin odiar, de disentir sin humillar, de conocer antes de juzgar y de reconocer al otro cuando necesita solidaridad. Porque para celebrar a los nuestros no necesitamos que exista un enemigo. Podemos defender una camiseta con toda el alma y, al mismo tiempo, recordar que debajo de cada camiseta hay personas: distintas, complejas, irrepetibles. Personas que nunca caben por completo en un estereotipo. La rivalidad puede ser intensa, la pasión puede ser enorme. Pero la cultura de paz nos recuerda que siempre podemos elegir una forma más humana de mirar al otro. Y quizá, para las nuevas generaciones de seres humanxs, ese sea el mejor triunfo: no enseñarles a heredar nuestros prejuicios, sino darles la libertad de conocer al mundo sin las etiquetas que nosotros aprendimos a cargar. Porque un mundo más pacífico también se construye cuando un pueblo es capaz de mirar al otro y decir: somos diferentes, sí, pero podemos reconocernos, respetarnos y acompañarnos. Y eso, quizá, también es una forma de ganar.
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