Jueves 23 de Julio de 2026 |
A Zalacaín no le asombró la noticia leída aquella mañana, más bien le confirmaba las ancestrales técnicas de quienes al no contar con gas, leña, carbón o electricidad, conseguían el cocimiento de sus alimentos simplemente con la energía solar, no tan sofisticada como hoy. Una recomendación de Solar Cookers International había sido retomada por varios medios informativos catalanes a manera de simplificar el uso del calor solar, tan intenso en estos días en Europa y con ello conseguir eliminar altos costos en el hogar. La llamada “gastrononma sostenible” privilegiaba, leía Zalacaín, reducir el impacto ambiental con energías limpias y recomendaba algunos métodos como la concentración de la radiación solar, la conversión de la luz en calor y la retención térmica a manera de un invernadero. No hacía mucho al aventurero le habían invitado a conocer los métodos más aceptados por la modernidad: Uno consistía en la concentración del calor por medio de una “cocina solar parabólica”, al aire libre; otra utilizaba los paneles solares reflectantes para dirigir la energía hacia el recipiente donde se cocinaban los alimentos; y un tercer método consistía en un “horno solar”, una caja para cocinar digamos a “fuego lento”. Años antes, había expresiones coloquiales de gente de Monterrey sobre la facilidad de “freír un huevo” en el cofre de un automóvil, pues la lámina funcionaba como un sartén por la temperaturas alcanzadas en aquella ciudad. La energía solar por tanto siempre ha tenido algunas utilidades, improvisadas quizá en muchos casos y ahora alimentadas con nuevas tecnologías. Según los datos divulgados era posible alcanzar entre los 90 y los 220 grados centígrados con tan solo la energía solar reflejada en una especie de paraguas recubierto de un acabado de aluminio. Décadas atrás se presentaron estos modelos de cocción en espacios despoblados, cubiertos de hielo, el polo Norte y el Sur, donde el “sol quema” se decía. Esta lectura le llevó a Zalacaín a recordar las experiencias de su abuela en la cocina de la primeras décadas del siglo pasado, cuando el gas no era precisamente el combustible casero, se usaba la leña y el carbón y, recordaba el aventurero “la energía solar”. La abuela de Zalacaín había aprendido de su madre, y ella de la suya, un método para “cocer” los chiles jalapeños con los rayos del sol. La abuela compraba los jalapeños o cuaresmeños, según la época del año, los cortaba a lo largo y les sacaba las “venas”. En un frasco limpio, pasado por agua hirviendo colocaba, acomodaba, los chiles acompañados de rebanadas de cebolla, zanahoria, dientes de ajo, granos de pimienta negra, orégano, todo fresco, sin haber sido hervido o cocido. Una vez lleno el frasco o vitrolero de la época, lo llenaba de vinagre blanco o de tibicos de piña o de manzana, o una mezcla de los tres. Tapaba perfectamente bien los frascos o vitroleros y al día siguiente, los subía a la azotea donde recibían los rayos del sol de todo el día. Cuando empezaba la tarde y se iba el sol, los bajaba y los guardaba en la alacena. Al día siguiente los volvía a subir. Y así repetía la operación los días necesarios hasta observar cuando los chiles se pudieran apreciar “cocidos”, bajo el efecto de los rayos solares. A veces bastaba con tres o cuatro días, otras hasta una semana. Cuando ya estaban listos, los abría y cambiaba el vinagre, alineaba con aceite de oliva y sal de grano y nuevas ramitas de orégano. Los Chiles en vinagre así preparados eran muy populares en la familia, se cotizaban. Una de las tías, vaciaba esos frascos y los depositaba en un vitrolero gigante, comprado en las fábricas de vidrio verde de “El Alto” o “La Luz” y ahí los conservaba; cada día iba sacando un poco de los chiles en vinagre y su sabor iba mejorando con el paso del tiempo. Los chiles en vinagre de la abuela fueron muy famosos a mediados del siglo pasado, incluso llegó a venderlos, pero cuando llegaron los chiles industrializados, se acabó la cocina artesanal hecha con los rayos del sol. Una de las costumbres de la niñez de Zalacaín, según recordaba, era colocar una galleta salada, eran cuadradas y juntas formaban un rectángulo, encima colocaban unas rajas de esos chiles con zanahoria y cebollas y rociadas con crema fresca… Vaya antojo.
Pero esa, esa es otra historia.
Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana” Editorial Planeta.
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