Lunes 24 de Agosto de 2026 |
La noche del 27 al 28 de septiembre de 1530, el fraile dominico nacido en España, Julián Garcés tuvo un sueño, vio un valle verde donde había agua y flores, pasaban por él algunos ríos y unos ángeles bajaban del cielo con cordeles de oro y plata para trazar las manzanas de lo que sería una ciudad, “La Puebla de los Ángeles”. Era la madrugada de la fiesta de San Miguel Arcángel, quien así se convirtió en el patrono de la nueva ciudad en el Virreinato. Y desde entonces ha habido muchos sueños y soñadores. Como aquella leyenda que le da protagonismo a los ángeles como responsables de haber subido la Campana María, de ocho toneladas, a la torre norte de la catedral. Los trabajadores de la época no encontraban la forma de subirla y cuenta la leyenda que un día apareció en su actual lugar y había sido subida por los mismísimos ángeles. A la ciudad le han rodeado muchas leyendas y sueños, como aquella cuando el Paseo Nuevo, Bravo hoy, pretendía ser comparado con los paseos europeos del Imperio Austriaco para beneplácito de la esposa de Maximiliano. Y en consecuencia muchos gobiernos lo han intervenido, para salpicarse de la impronta original. Pueden contarse muchas leyendas y algunas anécdotas más actuales. Como aquella idea de Gonzalo Bautista O’Farril de hacer una macro plaza que uniera el atrio de la catedral con el Paseo Bravo, es decir, desaparecer todos los inmuebles de la zona, salvando sólo las iglesias. A ese periodo de gobierno municipal se le debe la desaparición de la Plaza de Toros de Puebla en un intento por convertir a la capital en una copia de cualquier ciudad moderna del Norte de México, como Monterrey. Otro sueño fue el de Carlitos Ramírez Abaroa de construir un teleférico entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, o de algunos presidentes municipales de esa época de hacer un desarrollo inmobiliario a un lado del Fuerte de Loreto, incluido un hotel de gran lujo, cuya primera piedra fue colocada. Años antes otro Presidente Municipal quiso construir un mercado en Los Sapos pues el de La Victoria estaba sobrepoblado. Gobiernos más recientes, como el de Manuel Bartlett quiso devolverle el uso navegable al Paseo del Río de San Francisco, desistió por recomendaciones técnicas. Incluso pretendió cambiar la sede del gobierno frente al zócalo, en una especie de “permuta” del Palacio Municipal, al no poderse hacer, mandó acondicionar el edificio donde estuvo el Banco Longoria, 2 Norte y Ávila Camacho, al que se le denominó “Salón de Protocolos”. Y es que Bartlett no comprendía cómo la sede del gobierno estuviera en un edificio que había sido bodega de cervezas. A Luis Paredes se le ocurrió construir el estacionamiento subterráneo debajo de la plancha del Zócalo de la Ciudad. Y a Rafael Moreno Valle hacer un teleférico que arrancaba en la Zona Militar y llegaba al CENCH y de ahí a los Fuertes. Sólo pudo construir el pequeño tramo en los Fuertes. Y es que después de Fray Julián Garcés, todos los gobernantes quieren transcender “tocando”, “interviniendo” la Ciudad de Puebla de una u otra forma, es algo así como la manera más confiable, para ellos, de ser recordados como grandes transformadores de una ciudad que desde su época virreinal, no ha podido trascender más. Hay muchos ejemplos. Cada uno tendrá en su mente algún recuerdo de charlas, pláticas con candidatos, como uno no muy lejano de convertir los barrios de la ciudad en una especie de Epcot Center. Todo esto viene a colación porque finalmente el Ayuntamiento de Puebla ha dado el permiso para el inicio de obras de lo que será el moderno sistema de transporte por cable, como lo hay en otras ciudades y ante el escepticismo de los críticos y la duda de los expertos. En todos los “sueños” se ha impuesto la razón, la tecnología y la ingeniería han estado por encima de los sueños. Ahora los poblanos estamos atentos a esta que seguramente promete ser la gran obra del sexenio. En fin, soñar no cuesta nada, aunque a veces los sueños se convierten en realidad y otros en pesadilla. O como escribiera Antonio Machado: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar”, o simplemente el refrán popular, de barrio: “Quien no arriesga un sueño, no gana una realidad”.
O por lo menos, así me lo parece.
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