Martes 12 de Mayo de 2026 |
¡Vecinas, vecinos!
Ahí viene otra vez el tema que en Puebla provoca más discusiones que el fútbol y las herencias familiares: el aumento al pasaje del transporte público. Y miren, hay que decir algo con honestidad, y es que no se puede fingir que el diésel cuesta lo mismo que en 2019 o que mantener una unidad sale barato. Pero el detalle está en la otra mitad de la ecuación, y es que, si va a subir el precio, pues ahora sí que suba también el servicio. Porque hay rutas del transporte público que parecen simulador extremo: ventanas que no abren, asientos que se inclinan más que algunos políticos y choferes que manejan como si estuvieran escapando de una película de acción.
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¿Ahora sí tendremos transporte público digno o solo un tarifazo premium con la misma experiencia de supervivencia?
La secretaria Silvia Tanús Osorio dice que el aumento estaría condicionado a modernización, nuevas unidades y mejor servicio. Y ahí es donde en la vecindad levantamos una ceja, pero concedemos el beneficio de la duda. Porque, siendo justos, también es cierto que Puebla se quedó rezagada en tarifas frente a otros estados, pues mientras en algunos lados ya andan cobrando casi como boleto de concierto, aquí seguimos en 8.50.
¡Claro!
También hay que decir que en varios de esos estados ya tienen unidades climatizadas, sistemas digitales y rutas menos caóticas que un tianguis en quincena. Así que el reto no es solo cobrar más, sino demostrar que el dinero se verá reflejado en algo más que en el humor del concesionario. Y ojo, porque hay puntos interesantes en lo que plantea el gobierno: digitalizar rutas, ordenar ramales, acabar con invasiones y meter nuevas concesiones. Eso, en teoría, podría ayudar a dejar atrás el clásico deporte poblano de “a ver cuál microbús llega primero, aunque no quepa ni un alma más”. La pregunta es si esta vez sí veremos cambios reales o si otra vez nos venderán la promesa del “transporte público del futuro” mientras seguimos viajando con bocinas tronadas, puertas amarradas con alambre y estampitas protectoras haciendo más trabajo que los frenos.
En la vecindad, por ahora, toca observar. Porque el gobierno todavía ni siquiera dice cuánto subiría el pasaje y ya hay quien anda haciendo cuentas como si fueran economistas del Banco de México. Pero si el aumento viene acompañado de unidades decentes, rutas ordenadas, seguridad y trato digno, quizá muchos poblanos estén dispuestos a aceptarlo. A fin de cuentas, nadie se queja de pagar más cuando sí recibe algo mejor.
Eso sí, si al final resulta que el único cambio es que ahora el camión viejo cuesta más caro, entonces sí se va a poner buena la conversación. Porque el poblano aguanta tráfico, lluvia, baches y hasta el chofer escuchando cumbias a todo volumen, pero pagar más por el mismo relajo, eso sí cala.
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Acuérdense que el que se enoja pierde.
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