El poeta de la inteligencia, José Gorostiza

  • La obra de Gorostiza ronda las ideas de la génesis del universo
 Agencias MÉXICO, DF.- Con Muerte sin fin, el poeta José Gorostiza impactó para siempre a la literatura mexicana, dotando de sangre y latidos propios al sentir de toda una generación que se abría camino entre la influencia del pasado y la modernidad. Uno de los miembros más brillantes y queridos de la llamada generación de los Contemporáneos, José Gorostiza, nació el 10 de noviembre de 1901 en la comunidad de San Juan Bautista, hoy conocida como Villahermosa, Tabasco. Falleció en la Ciudad de México el 16 de marzo de 1973. Representante del postvanguardismo Considerado uno de los maestros del simbolismo en la poesía, creó en cada obra imágenes poderosas a las que muchos críticos describieron como arquetípicas. Su obra ronda las ideas de la génesis del universo, el juego armónico entre lo vivo y lo muerto, la relación entre Dios y el hombre, el infierno y la muerte, y Dios y el tiempo, entre otros temas en los que la muerte aparece como epítome de la belleza y esplendor del mundo. Del grupo de los Contemporáneos, en el que destacan grandes figuras como Xavier Villaurrutia , Carlos Pellicer y Gilberto Owen, a Gorostiza se le reconoce en el ámbito poético por su destreza para moldear la belleza en palabras vivas que a menudo cruzan la frontera con lo onírico. Se dedicó a la crítica literaria y de artes plásticas. La diplomacia Trabajó en el servicio exterior desde 1927, representando a México en Italia e Inglaterra, entre otros países. En su papel de diplomático, Gorostiza invertía todo su tiempo libre en la creación de su obra literaria. Fue jefe del Departamento de Bellas Artes de la SEP y en 1958 trabajó como subsecretario de la Secretaría de Relaciones y como secretario de la misma en 1964. En 1944 se desempeñó como ministro plenipotenciario y director general de Asuntos Políticos y del Servicio Diplomático, siendo en 1946, asesor del representante de México ante el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Fue embajador de México en Grecia, de 1950 a 1951. De 1953 a 1964 participó como delegado en muchas conferencias internacionales y de 1965 a 1970 ocupó la presidencia de la Comisión Nacional de Energía Nuclear. La Academia A mediados de los años 50, el poeta ingresó como miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, y se desempeñó en la docencia como catedrático universitario. En 1968 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura. Sus obras Canciones para cantar en las barcas, Muerte sin fin, Del poema frustrado y Notas sobre poesía.
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