Varielalia

Miguel Campos Ramos Los presidentes municipales ya no respetan a sus diputados Preguntaba Mario Vargas Llosa en su célebre novela Conversación en La catedral: “¿En qué momento se jodió el Perú?” Igual me he preguntado (y lo escribí en un mensaje en mi cuenta de Twitter hace poco): “¿En qué momento se jodió el poder en México?” En aras (o bajo el señuelo) de la democracia, que en México está muy lejos, pero muy lejos, de ser una realidad, se ha pulverizado el ejercicio del poder político. Y ahora ya cada quien hace lo que se le da su gana. Hace décadas, por ejemplo, cuando un gobernador actuaba mal, recibía una llamada del secretario de gobernación federal, quien le decía algo como: “Señor gobernador, el señor Presidente, por mi conducto, le está haciendo una cordial invitación para que acepte ser embajador en Argelia”. Y el gobernador tenía que apechugar. Igual sucedía con los presidentes municipales, con respecto al secretario de gobernación. Lejos quedaron aquellos tiempos en que un Presidente o un gobernador salían de gira, con una maleta de dinero, y cuando veían alguna injusticia la resolvían, o cuando alguien les pedía ayuda económica se la daban, tomando simplemente de la maleta. Recuerdo un apólogo acerca de un rey de Persia. Un día salió a recorrer su reino, y se topó con un anciano, quien estaba plantando nogales. Asombrado, el soberano le preguntó para qué plantaba unos árboles cuyos frutos no iba a poder disfrutar ya, dada su edad. A lo cual el anciano respondió: “Los planto, oh, rey, para que otros los disfruten como yo disfruté en mi juventud los que otros plantaron”. El rey, sorprendido con la respuesta, le dio unas monedas de oro. Claro, con tanto poder se cayó en el abuso. Los gobernantes se sintieron reyes, casi dioses, sólo que se les olvidó que los buenos reyes y los dioses son buenos por naturaleza. Y con los abusos vinieron las revoluciones y los cambios. Y el poder se subdividió; y con las leyes, la nueva subdivisión se legitimó. México no fue la excepción. Los presidentes y gobernadores, y hasta uno que otro presidente municipal, actuaban como todopoderosos. Por eso se crearon nuevas leyes, que acotaran un poco su poder. Y para regir el ejercicio de las presidencias municipales se creó el artículo 115 constitucional. Pero con otras revoluciones, ahora de carácter social, el 115 se modificó, y otorgó a los presidentes municipales poderes casi autónomos. Y se empezó a perder la sana relación que existía entre éstos y sus diputados. Ahora, a menos que sean sus amigos, ya casi ningún presidente municipal le hace caso a su diputado. Peor cuando son de otros partidos. La duda es si en realidad se debe a la rigidez del mencionado artículo, o a la falta de sentido político que, en aras del pragmatismo y de las conveniencias, se está dando. Todo indica que es por esto último, y que falta mucho trabajo político. Después de todo, se suponen que todos trabajan para lo mismo, ¿no? miguel@dicionesmagno.com www.edicionesmagno.com twitter: @miguelcamposram blog: www.elpanoptico.bligoo.com.mx
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