VARIELALIA

Miguel Campos Ramos  Las patrullas de tránsito y policía dan miedo  Qué bueno que el ayuntamiento que preside Eduardo Rivera se esté preocupando y ocupando, vía la Secretaría de Seguridad Pública, en incrementar el número de vehículos así como de agentes viales y policíacos. Qué bueno porque, de acuerdo con los parámetros internacionales y hasta nacionales, hay un déficit de dichos agentes por cada cierto número de habitantes. Tan es real el notorio aumento de patrullas, que se las ve circular por todas partes y a toda hora (aunque quizá más por las noches, y sobre todo en fines de semana). Hasta aquí todo bien. El problema es que existe una percepción contradictoria, pues los habitantes de esta ciudad no se sienten protegidos. Más aún: se sienten atemorizados, o al menos presionados, por la presencia de tanta patrulla. Por poner algunos ejemplos: existe la sensación de que no pocos de los agentes dan “pitazos” a delincuentes para que roben en determinados domicilios. Si esto es falso, bien ganado se lo tienen estos guardianes del orden y la vialidad, debido a las malas acciones de uno que otro de ellos, pues no es infrecuente que en algún acto delictivo estén involucrados. Otro ejemplo: los conductores de vehículos, tanto automovilistas como comerciantes, y desde luego los choferes del transporte público, cada vez que ven patrullas o luces de éstas, ven una potencial extorsión. Si no todos, muchos hemos sido víctimas de estas actitudes, y ni los susodichos agentes, ni sus jefes, lo pueden negar. Por dondequiera es común ver choferes del transporte público negociando con algún patrullero. Por dondequiera hemos visto camionetas pick up, algunas muy humildes, de albañiles, transportando trozos de madera que usan en sus trabajos de construcción, y detenidas con la certeza de que algo les sacarán de mordida, sobre todo si es sábado, día habitual de raya. Ni qué decir de familias que se atreve a transportar en su vehículo algunos enseres porque se está cambiando de casa, o porque los compró en algún almacén para su hogar, y a las primeras de cambio caen víctimas de la voracidad de los agentes viales. Alguna vez, al verme en una de estas situaciones por haberme pasado supuestamente un alto, salió una patrulla de algún lado y me alcanzó. Discutimos, y les reclamé por qué no en lugar de andar cazando conductores cazaban baches y los reportaban. La respuesta fue: no es nuestra función, además, lo hacemos pero no nos hacen caso. Honestamente, la percepción de potencial agresión o de nula seguridad por la profusa presencia de agentes viales y policíacos, obliga a los habitantes de esta ciudad a protegerse a sí mismos, sobre todo de los patrulleros, repito, a quienes ven como delincuentes o extorsionadores en potencia, en vez de ángeles guardianes, que es lo que deberían ser. miguel@edicionesmagno.com www.edicionesmagno.com
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