VARIELALIA

Miguel Campos Ramos  Cuidado con el odio La tradición establecía que los mexicanos tenemos la virtud de saber ser buenos por naturaleza; buenos amigos, buenos vecinos, buenos compañeros, generosos, etcétera, y de ello han dado cuenta las reacciones en situaciones de desastres. Por ejemplo, en el terremoto de 1985, y en general en cualquier desastre natural (incluida la sequía y la miseria en la sierra tarahumara), nos volcamos en apoyos hacia nuestros paisanos, ya sea en especie o con dinero. ¿Qué es lo que ha pasado, entonces? ¿Ya no somos así? Los hechos que estamos viviendo, la excesiva violencia, verdadera sevicia en algunos casos, habla de que nuestra idiosincrasia está cambiando. La pregunta es: ¿Qué nos está haciendo cambiar, sobre todo porque seguimos siendo un país religioso, creyente, de lo cual es prueba la devoción con que cada año y en fechas determinadas los peregrinos se vuelcan en adoración a la virgen de Guadalupe? ¿Será acaso que la religión católica, siendo tan permisiva (total, basta confesarse y arrepentirse para quitarnos las culpas), tiene parte de responsabilidad, sobre todo por la actitud más mundana que divina de algunos prelados y muchos sacerdotes? ¿O será la actitud de la mayoría de los políticos, quienes en aras de afianzar el poder son capaces de sacrificar a su madre? Y es que para nadie es desconocido que en el mundo de la política priman las venganzas, los desquites, las burlas, las injusticias, la prepotencia, etcétera? ¿O será acaso reflejo de lo que pasa en el mundo? Sea por lo que sea, lo cierto es que hoy es muy delicado el manejo lingüístico agresivo de los políticos y en general de los hombres del poder. Desde sus descalificaciones hasta los retos, pasando por las amenazas y las acusaciones sin pruebas. Un ejemplo es el discursos de odio homófobo del dirigente juvenil panista, el tal Juan Pablo Castro, cuando criticó a López Obrador y a los perredistas por apoyar el “matrimonio entre jotos”, y recientemente, vía su cuenta de twitter, su comentario diciendo que la activista poblana Agnes Torres, víctima al parecer de un crimen de odio, se mereció lo que le hicieron. Habría que reflexionar acerca de esto. El horno no está para bollos, y menos en tiempos previos a las elecciones de julio. Los dirigentes religiosos y políticos, los responsables de empresas, todos aquellos que tienen alguna responsabilidad pública, deben de moderar muchas de sus opiniones, o de lo contrario seguirá exacerbándose el odio entre los mexicanos. Por cierto, la mayoría de producciones telenovelescas adolecen también de este problema, pues abundan los parlamentos en los cuales los personajes sólo destilan odio, venganza, desamor, rabia, y otras “virtudes” por el estilo, y si se considera que las telenovelas son la verdadera Secretaría de Educación Pública de millones de mexicanas (y cientos de miles de mexicanos), entonces vamos de mal en peor. Al respecto, no está de más recordar las palabras sabias del político francés Jean Paul Marat: “Las revoluciones empiezan por la palabra y terminan por la espada”. miguel@edicionesmagno.com www.edicionesmagno.com blog:elpanoptico.bligoo.com.mx twitter:@miguelcamposram
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