Lunes 02 Febrero 2026

Cada 2 de febrero, con la llegada del Día de la Candelaria, las cocinas mexicanas se llenan de vapor y olor a masa caliente. No es casualidad, pues significa que toca pagar los tamales que se prometieron desde enero, cuando alguien encontró el muñeco en la Rosca de Reyes

Pero detrás del antojo hay siglos de historia. La palabra tamal proviene del náhuatl tamalli, que significa “envuelto”, una descripción directa de su preparación. De acuerdo con hallazgos arqueológicos, existen desde alrededor del año 100 a.C. Para los pueblos originarios eran un alimento práctico y energético. 

Los mexicas los rellenaban con pavo, rana, ajolote, pescado, frutas o frijoles, ingredientes que hoy suenan exóticos, pero que entonces formaban parte de la dieta cotidiana.

 

Con el paso del tiempo, cada región creó su propia versión y hoy se calculan más de 500 recetas diferentes en todo el país. Cambia la masa, el guiso y hasta la envoltura: hoja de maíz en el altiplano, de plátano en el sureste, de maguey o incluso de aguacate en otras zonas. 

También sobreviven creencias populares que acompañan la preparación: hay quien canta mientras bate la masa para que no se agriete, o evita que alguien llore cerca porque “se salan” los tamales. Más que reglas, son parte del folclor culinario.

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Entre las variedades más curiosas están los llamados “tamales tontos”. No llevan relleno ni salsa: solo masa nixtamalizada, manteca y sal. También se conocen como tamales blancos o simples, y suelen servirse como acompañamiento de moles o pipianes, casi como si fueran una tortilla al vapor. Su sencillez demuestra que el tamal puede ser básico y aun así indispensable en la mesa.