Martes 03 de Febrero de 2026

Décadas y décadas han pasado en México y se nos ha vendido la idea de que trabajar más horas es sinónimo de compromiso, productividad y hasta de “ponerse la camiseta”. Jornadas eternas, salir de noche del trabajo y vivir cansados se normalizó tanto, que hoy pareciera radical pedir algo básico: dos días de descanso a la semana y una jornada laboral de 40 horas. Dicha exigencia es justicia laboral. Y es urgente.

México es uno de los países donde más se trabaja y menos se descansa, y aun así no somos líderes en productividad. La ecuación está rota. El problema no es la gente que trabaja; el problema es un sistema que exprime el tiempo, la salud y la vida personal de millones, especialmente de las y los jóvenes.

Hablar de la semana laboral de 40 horas no es hablar de flojera. Es hablar de dignidad laboral, de derechos humanos y de un nuevo modelo de desarrollo que ponga a las personas al centro. Países que ya avanzaron en este camino han demostrado algo claro: menos horas no significan menos resultados, significan trabajadores más enfocados, más sanos y más productivos.

Desde una visión ciudadana, la discusión no debería quedarse en el Congreso ni en los escritorios del poder. Esta es una conversación que le pertenece a la calle, a las oficinas, a las fábricas, a las y los jóvenes que hoy sostienen la economía con su tiempo y su energía. La política sirve cuando se conecta con la vida real, y hoy la vida real pide equilibrio.

Tan simple como decir que el futuro no se construye con personas agotadas. Se construye con ciudadanos libres, creativos y con tiempo para pensar, participar y soñar. Un país cansado no innova, no cuida y no avanza.

Reducir la jornada laboral también es una apuesta por la salud mental, por la igualdad (porque las jornadas largas afectan más a mujeres y jóvenes) y por una economía más humana. Es entender que el desarrollo no se mide solo en números, sino en calidad de vida.

México está en un momento decisivo. Podemos seguir defendiendo un modelo viejo que romantiza el desgaste, o podemos atrevernos a cambiar las reglas para vivir mejor. La juventud ya entendió que trabajar sin descanso no es aspiracional; aspiracional es tener tiempo, bienestar y futuro.

 

 

Porque descansar también es un derecho. Y vivir, también.