21 de Junio de 2026 |
Cuando hablamos de seguridad pública solemos pensar en patrullas, cámaras de vigilancia, ministerios públicos o reformas legales. Rara vez pensamos en árboles.
Sin embargo, una investigación publicada en 2019 por la Universidad de Cornell plantea una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿y si parte de la violencia urbana pudiera reducirse mediante algo tan aparentemente simple como aumentar las áreas verdes?
El estudio titulado The Impact of Green Space on Violent Crime in Urban Environments, revisó decenas de investigaciones desarrolladas en distintas ciudades estadounidenses.
Aunque los autores reconocen que la delincuencia es un fenómeno complejo que no puede explicarse por una sola variable, encontraron una asociación consistente entre la presencia de espacios verdes y menores niveles de violencia.
La conclusión resulta contraintuitiva porque durante décadas hemos entendido la seguridad casi exclusivamente desde la óptica policial. Más patrullas, más operativos, más vigilancia.
Sin embargo, el trabajo de la Universidad de Cornell apunta hacia otra dirección: la forma en que diseñamos nuestras ciudades también influye en la conducta humana.
La explicación no es mágica. Los árboles no detienen delincuentes ni sustituyen a las instituciones encargadas de impartir justicia. Lo que ocurre es que generan condiciones urbanas distintas. Reducen la temperatura, hacen más agradable caminar, invitan a permanecer en el espacio público y favorecen la convivencia cotidiana.
Cuando una calle resulta cómoda para el peatón, aumenta la presencia de ciudadanos.
Cuando aumenta la presencia de ciudadanos, también aumenta la vigilancia informal.
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¿Cuáles son las calles más seguras?
Hace décadas, la urbanista Jane Jacobs llamó a este fenómeno “ojos en la calle”.
Su idea era tan simple como poderosa: las calles más seguras no son necesariamente aquellas donde hay más policías, sino aquellas donde hay más personas.
La señora que barre la banqueta, el comerciante que observa desde su local, el vecino que pasea a su perro o la familia que ocupa una banca forman parte de una red de vigilancia espontánea imposible de replicar mediante cualquier sistema tecnológico. Bajo esta perspectiva, el árbol deja de ser un elemento ornamental para convertirse en infraestructura urbana. Produce sombra, mejora el confort térmico y favorece que las personas utilicen la ciudad. La consecuencia indirecta es un espacio público más activo y menos propicio para ciertas conductas antisociales.
Puebla sustituyó vegetación por concreto
La reflexión resulta particularmente relevante para Puebla. Durante décadas, gran parte de nuestras intervenciones urbanas privilegiaron las superficies duras. Con frecuencia se sustituyó vegetación por concreto, adoquín o explanadas abiertas bajo la idea de modernizar la ciudad o facilitar la organización de eventos.
El resultado es visible en numerosos espacios públicos donde el sol domina durante buena parte del día y la permanencia se vuelve incómoda.
En el Centro Histórico esta situación adquiere una dimensión adicional. La conservación patrimonial ha sido entendida muchas veces como la preservación de edificios, fachadas y monumentos.
Sin embargo, una ciudad histórica no es únicamente un conjunto deinmuebles valiosos. También es un entorno donde las personas viven, trabajan, caminan y conviven. Cuando ese entorno pierde habitabilidad, el patrimonio corre el riesgo de convertirse en un escenario cada vez más vacío.
Algunos defensores de una visión más estricta de la conservación suelen argumentar que el arbolado puede afectar fachadas o alterar la lectura de la traza histórica. Es una preocupación legítima que debe atenderse mediante criterios técnicos, selección adecuada de especies y programas de mantenimiento. Lo que resulta difícil de sostener es que la alternativa óptima sea una ciudad cada vez más mineralizada, expuesta al calor y menos amigable para el peatón.
La experiencia de otras ciudades patrimoniales demuestra que patrimonio y vegetación no son conceptos incompatibles. Basta recorrer algunas calles del Centro Histórico de Oaxaca para observar cómo la presencia de árboles contribuye al confort urbano sin que ello implique renunciar al valor histórico de sus edificios.
No se trata de copiar modelos de manera acrítica ni de afirmar que los árboles explican por sí solos las diferencias entre una ciudad y otra.
La lección es más sencilla: la naturaleza puede formar parte del patrimonio urbano en lugar de ser considerada una amenaza para él.
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¿La manera cómo diseñamos nuestras calles tiene que ver con la seguridad?
Durante años hemos discutido la seguridad pública en términos de presupuestos, corporaciones y estrategias policiales. Todos esos elementos siguen siendo indispensables.
Sin embargo, la evidencia científica comienza a sugerir que la conversación está incompleta. La calidad del espacio público también importa. La sombra importa. La caminabilidad importa. La manera en que diseñamos nuestras calles importa.
Quizá la pregunta correcta no sea cuántas patrullas adicionales necesitamos, sino cuántas decisiones urbanas hemos tomado que desalientan la presencia de ciudadanos en nuestras calles.
Porque una ciudad se vuelve más segura cuando sus habitantes la ocupan, la recorren y la hacen suya. Y en esa tarea, un árbol puede hacer mucho más de lo que estamos acostumbrados a reconocer.
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